DÍA DE LAS MIGRACIONES (26 de Septiembre de 2004)
CARTA PASTORAL
Queridos amigos:
Es este día, en el que la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II, y ya desde hace docenas de años, nos pide que reflexionemos y recemos por los emigrantes e inmigrantes. No se trata ni de analizar los factores sociales que están en la raíz de los movimientos migratorios, ni tampoco de tratar de los aspectos legislativos y políticos que se relacionan con ellos, ni tan siquiera de analizar los esfuerzos humanitarios y sociales que instituciones públicas, privadas y eclesiales, hacen con una maravillosa entrega y no sin sacrificios, para ayudar a los inmigrantes. Y no se trata de nada de ello porque la Iglesia y sus instituciones, como es el caso de Cáritas, durante todo el año, día tras día, sin descanso, no ha cesado nunca de tratar de los movimientos migratorios, de ofrecer la luz del Evangelio sobre ellos, de iluminar las conciencias de cristianos y de no cristianos respecto a lo que deben pensar y hacer, respecto a los inmigrantes, de condenar los racismos y la xenofobia de tantos, de ayudar material y socialmente a los inmigrantes más necesitados, de ayudar también entregando incluso sus vidas, mediante el maravilloso esfuerzo de nuestros misioneros y misioneras, a las poblaciones empobrecidas de aquellos países desde donde nos llegan los inmigrantes.
Es esta jornada o día de las migraciones, la Iglesia nos pide, una vez más, que vivamos el fenómeno de la inmigración como verdaderos discípulos de Jesús, es decir, en plena conformidad con el Evangelio de Jesús. Y ello supone muchas cosas de entre las cuales podemos entresacar algunas:
- Por encima de todo, hemos de tener claro que el inmigrante es un ser humano con idéntica dignidad que la nuestra, sujeto de los mismos derechos fundamentales que los nuestros, creado a imagen y semejanza a Dios al igual que nosotros, redimido por Cristo-Jesús como nosotros.
- Hemos de tener claro, también, que no existe “la inmigración” como concepto abstracto, sino que existen inmigrantes, seres humanos que salen de su tierra, no voluntariamente, sino porque no les queda más remedio que salir: es un ser humano que huye de unas situaciones sin salida, que es empujado a marcharse a la búsqueda de un lugar en el que pueda subsistir, algo que ya no puede realizar en su propia patria, o por razón de la miseria, o por razón de guerras regionales, o a causa de persecuciones políticas o religiosas... - El inmigrante es un auténtico pobre, un ser humano traumáticamente arrancado de su cultura y de su pueblo, para ser transplantado a un medio y a una cultura que no son las suyas: el inmigrante es un ser humano roto, socialmente desnudo, privado de sus raíces. El inmigrante es un ser humano que huye de una situación social y socio-económica que se ha convertido en insufrible e insoportable, es un pobre, un indigente que huye incluso hacia otra situación de pobreza, pero una pobreza menor, más soportable, con un cierto horizonte, aunque sea mínimo, de recuperación humana, social y familiar. - La alternativa para millones de seres humanos, no es vivir mejor o peor, sino de la de vivir o morir, subsistir o esperar la muerte en la más absoluta de las miserias o víctimas de la violencia. Y en no pocos casos, todo ello debido a los graves pecados sociales, de acción o de omisión, que cometen nuestros grandes países desarrollados.
Sirvan estas escasas y breves pinceladas para comprender lo que moral y religiosamente representan los inmigrantes: se trata de verdaderos pobres a los que los cristianos, en consecuencia, hemos de amar y de ayudar, de atender y de respetar, como al mismo Cristo.
En este día y a la luz de lo dicho, los cristianos tenemos que hacer un buen examen de conciencia en relación con los inmigrantes: ¿cómo los recibimos de hecho?, ¿cómo los tratamos?, ¿cómo los juzgamos?, ¿cómo hablamos de ellos?, ¿de qué manera los respetamos?, ¿cómo intentamos ayudarles, si es que lo intentamos?, ¿cómo convivimos con ellos?, ¿cómo les permitimos convivir con nosotros?, ¿los marginamos?, ¿los despreciamos?, ¿nos aprovechamos laboralmente de ellos?, ¿los consideramos adversarios, contrincantes, delincuentes o enemigos?, ¿rezamos por ellos?, ¿los acogemos en nuestras parroquias si son cristianos?, ¿los visitamos si están en la cárcel?.
Las respuestas que nos demos, permitirán que conozcamos la verdad o la mentira de nuestra caridad. Recemos, pues, por los inmigrantes y sus familias, y recemos por las instituciones de la Iglesia o de la sociedad que se desviven por ayudarles. Y hagamos todo recordando las palabras de Jesús, en la profecía del Juicio Final: “era extranjero y me alojaron”, o “era forastero y no me alojaron”. “¿Cuándo te lo hicimos, Señor?”, preguntarán unos y otros. Y Jesús respondió: “les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos, más pequeños, conmigo lo hicieron” (Cf. Mt. 25, 31-46). Y entre los hermanos más pequeños, están los inmigrantes que nos llegan, si es que han tenido la fortuna de no morir en la travesía.
¡Que el Señor-Jesús bendiga a los inmigrantes y a cuantos, en la Iglesia y fuera de ella, de desviven por ayudarles!. ¡Y que el Señor-Jesús ayude a los políticos y a los legisladores, para que humanicen al máximo les leyes y reglamentos relacionados con la inmigración y promueva servicios sociales suficientes para una atención cada día más eficaz de los inmigrantes!.
Las Palmas de Gran Canaria, 26 de Septiembre de 2004.
Ramón Echarren Ystúriz Obispo de Canarias
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