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CUARESMA: FORMACIÓN
 

CUARESMA, MISTAGOGIA DE LA PASCUA

J. ALDAZABAL

LA PASCUA DE CRISTO SIGUE CRECIENDO

MISTERIO-PASCUAL: El sentido de la Cuaresma cristiana se puede resumir así: la Cuaresma nos introduce en la celebración, cada año más intensa, del Misterio Pascual de Cristo.

Se habla mucho, desde hace algunos años, del Misterio Pascual. La expresión existía ya en la liturgia: "Jesucristo, tu Hijo, en favor nuestro instituyó por medio de su sangre el misterio pascual " (Viernes Santo, 1ª oración); "para celebrar dignamente el Misterio
Pascual" (jueves 3º de Cuaresma).

Puede existir el peligro de que para algunos la frase se convierta en un slogan bonito, pero vacío de sentido y de vivencia.

"Misterio Pascual" viene a expresar lo mismo que "misterio de la Redención", pero de una manera:

- más concreta: porque centra la atención, no en un concepto, sino en el gran acontecimiento que constituye la muerte y la resurrección de Cristo;

- más completa: porque no considera sólo la muerte de Cristo, sino también su resurrección, ambas como única intervención salvadora del poder de Dios;

- más dinámica: porque hace resaltar el paso poderoso de la muerte a la vida en Cristo.

Para Cristo, el Misterio Pascual es su PASO triunfal de la muerte a la Vida. El misterio total de la Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión. Es el PASO=PASCUA, el gran suceso de la historia, el acontecimiento salvador por excelencia. Acto vital, dinámico, del Dios poderoso,
que nos salva de la muerte por la Muerte de su Hijo, y nos introduce en la vida por la Vida nueva de Cristo.

Para nosotros, el Misterio Pascual es la participación en la muerte, resurrección y ascensión de Cristo. Se trata de que también nosotros PASEMOS, que nos incorporemos al tránsito pascual de Cristo. Cada año más profundamente.

Este es el eje de toda la historia de la salvación:
que lo que se ha cumplido en Cristo-Cabeza
se cumpla en todos sus miembros.

Cristo dio el gran Paso. Cumplió en Sí la Pascua.

Ahora el Cristo total, la Iglesia, prolonga y perfecciona esta Pascua del Cristo físico a lo largo de la Historia, pasando continuamente de la muerte del pecado a la vida nueva y fructífera de la gracia, camino de la salvación total y definitiva:

para que la nueva vida que nace de estos sacramentos pascuales
sea, por tu gracia, prenda de vida eterna (Noche de Pascua).


UN TIEMPO FUERTE DE NOVENTA DIAS

Todo el Año Litúrgico tiene como finalidad esta asimilación del Misterio de Cristo. Pero con mayor intensidad la Cuaresma y la Pascua:

- la Cuaresma nos inicia en la Pascua, nos entrena en el paso de la muerte a la vida;

- el TriduoPascual (Viernes, Sábado y Domingo de Resurrección) culmina la celebración del Tránsito del Señor (de la muerte y del sepulcro a la Vida) y del nuestro (del pecado, por el Bautismo, a la gracia);

- y el Tiempo Pascual prolonga la solemnidad a lo largo de cincuenta dias -la "pentecostés"- que se celebran como uno solo.

La Cuaresma no es, pues, fin en si misma, sino que culmina y se perfecciona en la Pascua. El proceso pascual decisivo para cada cristiano se realiza en tres tiempos: morir al pecado y al mundo; morir al egoísmo, que ya es estrenar nueva existencia; celebrar con Cristo el nacimiento a la nueva vida; y vivir con nueva energía y entusiasmo: como niños recién nacidos.

No se trata de "instruirnos" sobre la Pascua, sino de "iniciarnos" en su Misterio.

La atención y las fuerzas nos deben acompañar "in crescendo" a lo largo de los noventa dias: los cuarenta de preparación y los cincuenta de celebración. Con la cumbre de la Noche Pascual, meta y fuente de nuestra reforma de resucitados con Cristo, y la plenitud del Espíritu en Pentecostés.

No vaya a ser que lleguemos con esfuerzo, a lo largo de la Cuaresma, hasta la puerta, y no tengamos ya las fuerzas o la tensión necesaria para entrar en la Pascua y vivirla hasta su final.

Noventa dias de "tiempo fuerte". Primavera espiritual de la Iglesia y de cada cristiano, que se renueva en su vida de gracia, en su "historia de la salvación", en su incorporación al Cristo que muere y resucita.

Con la suficiente energía como para aprovechar el impulso durante el resto del año.


CRISTlANOS QUE SE CONVIERTEN

La incorporación creciente al misterio de la Pascua de Cristo la expresa la liturgia cuaresmal en una palabra: conversión.

La palabra griega "metánoia" significa "cambio de mentalidad".

La latina "con-versio" viene a indicar lo mismo: "vuelta, cambio de dirección". Que es lo que se ha traducido en latín "paenitere, paenitentia", pero entendida en su sentido pleno de conversión total que es el que le viene dado en los textos cuaresmales:

- que nuestra mentalidad mundana, lejana al evangelio, se convierta en mentalidad cristiana;

- que nuestros caminos de pecado, nuestra vida carnal y materialista se dirijan ahora por los caminos de la gracia, una vida según el espíritu;

- que donde reinaba el egoísmo, cerrando las puertas a Dios y al prójimo, se inaugure una apertura de docilidad para con Dios y de amor práctico para con el prójimo:

Convertíos a mi de todo corazón,
convertíos al Señor Dios vuestro (miércoles de ceniza);
y Leví, dejándolo todo, se levantó y lo siguió

He venido a llamar a los pecadores para que se conviertan (sábado ceniza).

Un cambio, una nueva dirección en la vida. Empezando por la mentalidad, que es la raíz de toda conducta.


EL DEDO EN LA LLAGA

Una conversión auténtica hace "daño".

Porque nuestra Cuaresma y nuestra Pascua no debe dedicarse a jugar con las ideas. Ni contentarse con agua de rosas. Debe llegar al fondo.

Este "convertirse", que es "morir con Cristo para resucitar con El", debe entrar con decisión hasta lo más profundo de nuestro ser. Y reformar. Cortar. Cambiar.

Y nos dolerá. Como cuando el dentista nos toca el nervio enfermo.

Si no le hacemos "daño" al hombre viejo en Cuaresma, es que no le hemos puesto el dedo en la llaga.

A lo mejor nos hemos contentado con dar una limosna o abstenernos de unos caramelos o cigarrillos.

Si no nos hemos abstenido del pecado y del egoísmo, no ha entrado la Cuaresma en la raíz de nuestra personalidad. Y tampoco entrará la Pascua.

Si entendemos la "penitencia cuaresmal" como un pequeño ayuno, que no nos cuesta gran cosa, y no nos transforma interiormente, poco habremos conseguido de la Cuaresma.

Y mal podremos tocar las campanas de Pascua:
rasgad los corazones, no las vestiduras,
convertíos al Señor Dios vuestro (miércoles de ceniza).

Es adentro donde tiene que bajar la conversión, y no quedarse en la superficie. Celebrar la Cuaresma es mirarse sin ningún miedo al espejo de Cristo. Encararse en sus exigencias. Comparar su programa y su ideología con la nuestra: ¿qué nos falta?, ¿qué nos sobra? Y emprender con decisión la reforma:

Seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo (lunes primera semana).


UN RITMO SIEMPRE MODERNO

Esta conversión se predicaba en un tiempo de modo especial para los catecúmenos, que en Cuaresma se preparaban a su bautismo, y para los penitentes públicos, que recorrían el camino de su reconciliación.

Pero entonces y ahora se dirigía y se dirige con mayor fuerza a los ya bautizados. Porque aunque estamos ya incorporados a Cristo, nuestro hombre viejo nos crece cada año. Y de nuestro flamante vestido nuevo ("revestíos de Cristo") nos hemos ido despojando poco a poco por el camino.

Por eso cada año somos convocados a un nuevo catecumenado y a una nueva reconciliación. Somos invitados insistentemente a un "paso", a una conversión siempre necesaria.

Hay un ritmo dialéctico en el rico formulario de la liturgia cuaresmal que puede ilustrar este "paso" del hombre viejo al nuevo:

- de la enfermedad a la salud: paralítico (4º martes), el hijo del centurión (lunes 4º);

- de la lucha y los peligros, al triunfo: historia de José (viernes 2º), de Susana (lunes 5º), de Jeremías (miércoles 2º y viernes 5º), persecución del justo (viernes 4º), de Ester (jueves 1º), Cristo tentado y transfigurado (domingos 1º y 2º);

- de la sed, al agua viva: el agua de Moisés al pueblo y de Cristo a la Samaritana (domingo 3º, A);

- de las tinieblas a la luz: el ciego de nacimiento (domingo 4º A);

- de la muerte a la vida: Lázaro (domingo 5º A);

- del pecado a la conversión: historia de Jonás y Nínive (miércoles 1º), el hijo pródigo (sábado 2º y domingo 4º C);

- del fermento viejo a la nueva levadura (domingo de Pascua);

- pero sobre todo con el gran ritmo, anunciado repetidas veces y cumplido gloriosamente, de la Muerte a la Resurrección de Cristo.

Es el "estilo" de Dios, el "ritmo pascual", de "paso", de tránsito dinámico y poderoso. Que se ha hecho esencia de la historia de la salvación y que nosotros asimilamos en nuestro proceso cuaresmal-pascual.

Una pauta sustanciosa, ésta, para la catequesis y para la vivencia de la Cuaresma como ejercicio del Misterio Pascual.

"De muerte a vida", es un ritmo fácil de entender para los jóvenes y los mayores. Todos tenemos algo que "matar" en nosotros: el orgullo, la pereza, la ira, el egoísmo. Todos tenemos algo que renovar. Hacernos "hombres nuevos", dejando al "hombre viejo".


CUARESMA CON CRISTO

No tenemos que perder de vista esta compañía: nosotros no hacemos una Cuaresma nuestra. No estamos solos en la subida a la Pascua.

Cristo, que una vez y para siempre subió a la muerte para merecer la vida, sigue con nosotros y en nosotros el mismo camino. Hoy, con una actualidad misteriosa pero realísima, se nos hace compañero de viaje, para realizar en nosotros su Cuaresma y su Pascua, la obediencia y el triunfo, la muerte y la vida.

El, perseguido por sus adversarios,
incomprendido por sus discípulos,
lleno de miedo y repugnancia ante la muerte,
derramando su vida en una muerte trágica,
para resucitar glorioso a su nueva vida de Kyrios, de Señor,
triunfador ya para siempre de la muerte.

Nosotros, perseguidos por la tentación y el pecado,
en choque abierto y doloroso con el mundo, la carne y el demonio,
llenos de miedo ante la renuncia y el sacrificio,
pero crucificados al mundo y a su mentalidad,
cara a la resurrección a una vida más fuerte y vigorosa
por los caminos de Dios, injertados en la vida pascual de Cristo.

Tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad (Dom. de Ramos).


LA CUARESMA, SACRAMENTO

Todo lo demás tiene categoría de medio.

Lo importante en Cuaresma es incorporarse a esa carrera del Cristo que muere y se levanta a una existencia nueva de resucitado. Lo importante es realizar con la ayuda de Dios en lo más hondo de nuestra persona esta "conversión", paso pascual de las sombras en que siempre andamos metidos, a la plena luz.

Los medios exteriores de la "observancia cuaresmal" son útiles, tienen importancia. Pero siempre como expresión de la postura interior, del empeño personal, y sobre todo, como expresión de la acción interior de Dios, que obra con nosotros la gran renovación pascual.

En este sentido se llama la Cuaresma "sacramento": porque es signo exterior de una realidad interior de conversión y de gracia de Dios que nos renueva para la Pascua: "celebrado el misterio de esta Pascua, podremos pasar un día a la Pascua que no acaba" (domingo 1º); "para que las penitencias exteriores transformen nuestro espíritu" (jueves 2º).


EL PAN DE LA PALABRA

¿Cuáles son estos medios que la Cuaresma nos ofrece?

Ante todo, y para subrayar que la iniciativa parte siempre de Dios, la Palabra divina.

La Iglesia se hace catecúmena. Nos sentamos de nuevo en la escuela de la Palabra, para aprender. Para entrar más a fondo en el conocimiento de los planes de Dios y su misterio de salvación. Para conocer mejor el dinamismo del Cristo que nos redime en un nuevo Exodo Pascual.

Cuaresma, tiempo de meditación en la Escritura. Contemplación de la historia de la salvación: "el que medita la ley del Señor día y noche, da fruto a su debido tiempo" (miércoles de ceniza).

La verdadera imagen de la Iglesia en Cuaresma no es solamente la de un pueblo que ayuna y llora, vestido de saco y cilicio, sino sobre todo la de una comunidad que se recoge en escucha orante de la Palabra de su Señor.

Cada día tiene su formulario de lecturas propio. Tenemos que valorar estas lecturas, su proclamación, la trasmisión de su mensaje: así será mi palabra: no volverá a mi vacía (martes 1º).

Qué bien estaría que cada día hubiera una pequeña homilía, recalcando precisamente este progreso hacia la Pascua. En estas lecturas se encuentra una pedagogía estupenda que prepara gradualmente a la Pascua. No hace falta ir a buscar temas peregrinos para la catequesis o la meditación.


CUARENTA DIAS DE RODILLAS

La lectura de la Palabra de Dios nos lleva a una más intensa oración.

La reforma que hay que cumplir en la Cuaresma no se puede realizar sin la ayuda de Dios. Es El el que purifica nuestro ser, el que nos renueva, el que convertirá nuestro viejo Adán en el nuevo Cristo.

Y por eso nos postramos en oración: pedid y se os dará, buscad y encontraréis (jueves 1º).

La Iglesia en oración. Sobre todo en Cuaresma. Para que no nos creamos que con el ayuno y los demás ejercicios ascéticos que podemos emprender en este tiempo, somos nosotros los que merecemos la nueva vida. La Iglesia, consciente de que la Pascua es obra de Dios, se pone en actitud de oración, pidiendo la salvación pascual para la comunidad entera y para cada uno de sus miembros.

"Encarézcase la oración por los pecadores ", recomienda la Constitución de Liturgia (SC 109) en el tiempo de Cuaresma. En esta categoría entramos todos, necesitados de renovada conversión. Toda la comunidad se reconoce pecadora y se hace penitente, implorando de Dios el perdón y los dones de su gracia para la conversión. Oración personal y oración litúrgica, colectiva. En unión de toda la Iglesia. O de la comunidad a que pertenecemos.


EL PAN PARA EL CAMINO

La oración, sobre todo, de la Eucaristía, donde en torno al nuevo Cordero Pascual, Cristo, e identificados con El, dirigimos al Padre nuestro sacrificio de acción de gracias para nuestra salvación pascual y participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo.

Aquí está el centro de nuestra jornada cuaresmal:

"concédenos avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en plenitud" (dom. 1º)

La Eucaristía como fuente de nuestra reforma y como motor de nuestra inserción en el misterio pascual.

La Eucaristía acelera en nosotros el proceso de la resurrección a la vida de Cristo: "purifícanos por la acción de este sacrificio" (domingo 50).

La Eucaristía concentra y actualiza la Entrega (el Paso) de Cristo al Padre en su sacrificio pascual. Participar en ella es participar de la Pascua del Señor.


UN AYUNO TREMENDAMENTE ACTUAL

Con la Palabra y la Oración, la Cuaresma estimula en nosotros un trabajo personal y colectivo de Ayuno.

Un ayuno con dimensiones profundas y personales. No el ayuno reducido a la abstinencia de alimentos, medido por una casuística sobre el peso de sus onzas. Eso seria tergiversar el sentido de la "paenitentia", que debe ser una vuelta de toda la personalidad a Dios.

El ayuno cuaresmal tiene un contexto mucho más radical que la simple abstinencia de alimento. Es el ayuno del hombre viejo. El ayuno del pecado. La renuncia a los propios caminos para abrazar los de Cristo.

Este es el ayuno principal. La lucha contra el pecado en nosotros mismos. Si uno se priva de un plato de carne, pero no de su rencor y de su deseo de venganza, se ha quedado meramente en la superficie de su ayuno.

Si sacamos dinero de la cartera para dar una limosna, pero no sacamos del corazón el odio al hermano, o la soberbia, no hemos progresado gran cosa.

En este contexto se entiende la observancia cuaresmal, en la cual ha tenido siempre un papel preponderante el ayuno.

La renovación interior va así acompañada y favorecida por una austeridad exterior que en la práctica puede adoptar muchas modalidades. Son muchas las apetencias, no necesarias a nuestra salud, que podemos negarnos en la Cuaresma. La "muerte al pecado" se puede avivar pedagógicamente con esos sacrificios que a la vez dan una agilidad mayor para correr por los caminos del espíritu.

El que no quiere renunciar a nada, el que se concede a si mismo todo en la comida, en la diversión, en el placer, es señal de que no se ha puesto en clima de conversión pascual. El privarse de algo es signo de nuestra vuelta a lo esencial en la vida: Dios y sus caminos. Lo demás es todo relativo. El ayuno subraya esta relatividad de las criaturas, mientras rinde homenaje a Dios.

Tal vez hoy día lo que más nos estorba a un sano recogimiento y a una agilidad espiritual no son tanto los alimentos, cuando las imágenes y la palabrería. Una discreta renuncia a espectáculos, a lecturas, a tantas cosas que nos ofrece la sociedad de consumo, pueden ser todavía más útiles que los sacrificios en la comida, en el tabaco o en los dulces.

"Foméntese la práctica penitencial de acuerdo con las posibilidades de nuestro tiempo y de los diversos paises y condiciones de los fieles" (SC 110). Se puede, pues, adaptar el "ayuno", pero valorando siempre más esta base radical de renuncia a lo que no es Cristo en nosotros para convertirnos a Dios.


CUARESMA DE CARIDAD

Una de las señales de la recta inteligencia del ayuno es que termine en la caridad. Ayunar, para dar al prójimo.

"Lo que cada uno sustrae a sus placeres, lo dé a favor de los débiles y pobres" (S. León, en un sermón cuaresmal). "Lo que tomamos en estas cosas de menos, aproveche para alimentar a los necesitados"(Sacrament. Veronense 929).

Este es el sentido de las campañas que en varias naciones y comunidades se llevan a cabo durante la Cuaresma para ayudar a paises o instituciones pobres. El ayuno cuaresmal no es meramente negativo, sino que es renuncia a nuestras apetencias, para abrir las puertas a Dios (oración, lectura) y al prójimo-(caridad). Las dimensiones del más auténtico cristianismo:

dejar libres a los oprimidos,
partir tu pan con el hambriento,
hospedar a los pobres sin techo...
el ayuno que yo quiero es éste (viernes de ceniza);
misericordia quiero y no sacrificios (sábado 3°).

Una Cuaresma de caridad. Optima iniciativa en cualquier comunidad cristiana que marcha hacia la Pascua.


BAUTIZADOS EN LA MUERTE

El ambiente bautismal que desde los primeros siglos impregna la Cuaresma entra totalmente dentro del proceso de tránsito de la Iglesia y de cada cristiano a la vida pascual de Cristo:

- los catecúmenos dejan las costumbres viejas, pasan de la tiniebla del pecado a la Luz y la Vida de Cristo.

- los ya bautizados renuevan cada año su experiencia de catecúmenos y bautizados, profundizando así en la raíz misma de su existencia cristiana.

Los temas bautismales se desarrollan, sobre todo, a partir de la tercera semana. En la reforma del Leccionario han pasado al 3º, 4º y 5º domingos de Cuaresma los tres evangelios más típicamente bautismales: el de la samaritana (Cristo, Agua viva), el del ciego de nacimiento (Cristo, Luz) y el de Lázaro (Cristo, Vida), que antes se encontraban en las ferias de la tercera y cuarta semanas.

Otros textos que ilustran en este período la transformación bautismal son la curación del leproso Naamán (lunes 3º), las aguas que brotan del templo (martes 3º), etcétera.

Con razón se llama a estas semanas "retiro bautismal de la Iglesia". Retiro que culmina en la Noche Pascual, alrededor del Agua, con las lecturas y los ritos del bautismo.

Los nuevos textos de la bendición del agua, del bautizo y de la renovación de las promesas bautismales en la Vigilia Pascual, pueden muy bien ser aprovechados para la catequesis a lo largo de la Cuaresma.

La fuerza pascual del Bautismo la descubrió sobre todo San Pablo, que entendió este sacramento como la mejor participación en el Misterio Pascual de Cristo: sumergidos en el agua para dar muerte al hombre viejo, y saliendo del agua resucitados a una nueva vida, en Cristo Jesús:

Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte,
para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos
por la gloria del Padre, así también nosotros andemos
en una vida nueva (lectura de la Noche Pascual).

Este es nuestro Bautismoy ésta nuestra Cuaresma: bautizados a la muerte, para resucitar con Cristo a nueva vida.

Revalorizar estos textos y su catequesis es vital para la pastoral de la Cuaresma.


LA CONFESION PASCUAL

La Eucaristía, cada día. El Bautismo, la Noche Pascual.

Un tercer Sacramento da el tono a la Cuaresma como preparación a la Pascua: el de la Penitencia, que viene a recoger y valorar los elementos "conversionales" de nuestra Cuaresma.

En la lucha contra el pecado, en el juicio contra todo lo viejo y anticristiano que hay en nosotros, la Reconciliación nos orienta, nos da la fuerza, nos proporciona una ocasión magnífica para someter nuestra existencia de pecadores al juicio y a la misericordia de Dios, que es el que en definitiva nos tiene que transformar. El leccionario de Cuaresma nos recuerda insistentemente la Alianza entre Dios y su Pueblo, Alianza que nos compromete a cumplir sus mandamientos, a vivir conforme al Evangelio de Cristo.

Este sacramento renueva la vida bautismal en nosotros y nos introduce en la Eucaristía, que es la renovación de la Alianza. Por tanto, nos inicia óptimamente en la Pascua. Nos ayuda a dar el paso definitivo.

La preparación cuidadosa de la confesión en este tiempo, ya desde su inicio, debe ser uno de los puntos de la catequesis cuaresmal.

Y mucho mejor si se realiza comunitariamente. Con un tono eclesial que se va por fortuna redescubriendo en el sacramento de la Penitencia. No faltan subsidios y directivas para la realización de Celebraciones de la Palabra como expresión de la penitencia de una parroquia, de un colegio, de una familia.

"Incúlquese a los fieles las consecuencias sociales del pecado... No se olvide la participación de la Iglesia en la acción penitencial (SC 109).


LA IGLESIA HACE EJERCICIOS

La dimensión comunitaria de la penitencia cuaresmal ha sido resaltada en el Concilio y seguramente está destinada a producir mucho fruto en la renovación postconciliar. La Iglesia entera se pone en camino a la resurrección y entra en el esfuerzo doloroso de la reforma y la conversión.

La Iglesia entra en Ejercicios: los Ejercicios cuaresmales de la Pascua. Junto al Esposo, unida a El en su lucha y en su muerte lenta: camino de la salvación.

Una comunidad que camina a la Pascua, que celebra la Cuaresma y trata de hacerla suya: todos unidos en el empeño común de renovación, todos unidos alrededor de la Palabra de Dios, en oración humilde y fervorosa, hermanados por los vínculos bautismales y alimentados por el mismo Pan eucarístico.

Una comunidad que lucha contra el mal, para asimilar siempre mejor la vida que nos trae Cristo.


CADA AÑO VUELVE LA PRIMAVERA

Nuestra inserción en Cristo es difícil. Y conoce ya una historia muy movida de conquistas y pérdidas.

Cada Cuaresma nos empeña en la misma tarea. Pero sin repetirse, porque es siempre distinta. Como son nuevos cada año los ecos del Aleluya Pascual. La lucha se va abriendo a nuevos campos. El hombre nuevo cristiano asimila nuevas formas vitales en nuestra personalidad. Y nos tenemos que ir haciendo más maduros en Cristo.

La ley de lavida cósmica, con el retorno de la primavera, se convierte en ley de la historia de la salvación, con el progresivo crecimiento y revitalización del Cuerpo Eclesial de Cristo, que desde el día de la Ascensión hasta el del retorno de Cristo, tiene un programa de maduración que se va haciendo historia en cada uno de sus miembros.

Y la Cuaresma, con la Pascua, es nuestra primavera en Cristo: mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis? (dom. 5° C). Está bien que cada año emprendamos con ilusión nuestra incorporación más decidida a Cristo y a su vida pascual.

Porque de Pascua en Pascua vamos caminando con confianza y seriedad hacia el Paso último, que nos debe introducir para siempre en Cristo.

La vida habrá sido una gran Cuaresma para una gran Pascua.

Un entrenamiento decisivo, una mistagogia de iniciación para la Pascua que nunca acabará:

cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con El, en gloria (2ª lectura del día de Pascua);

"de este modo, celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua, podremos pasar un día a la Pascua que no acaba" (pref. 1er. domingo de Cuar.).

J. ALDAZABAL
DOSSIERS-CPL/45




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