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Islas Canarias

EVALUACIÓN PARA SACERDOTES
 

Un magnífico material para la reflexión elaborado por el Obispo Emérito de Canarias, Mons. Ramón Echarren Ystúriz y destinado a los sacerdotes.

LLAMADA DE JESÚS A LA CONVERSIÓN
Retiro sacerdotal de Cuaresma.
Por Mons. Ramón Echarren Ystúriz
Obispo de Canarias


Reflexión:

Por aquel tiempo, Jesús dijo: Te alabo, Padre, señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que ocultaste a los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo quiera darlo a conocer. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os haré descansar. Aceptad el yugo que os impongo, y aprended de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontraréis descanso. Porque el yugo y la carga que yo os impongo son ligeros.

Mt. 11, 25-30

* * *

Queridos amigos sacerdotes:

Todos sabemos lo que representa la Cuaresma vivida en cristiano: unas semanas, que comenzamos con el Miércoles de Ceniza, y que entrañan un alegre y luminoso camino, hacia esa explosión de luz y alegría que supone la conmemoración de la Resurrección del Señor, la conmemoración de que Jesús, con su muerte y resurrección, ha vencido para siempre al pecado y la muerte. Sabemos muy bien que son semanas en las que los cristianos intensificamos la lectura y escucha de la Palabra de Dios; en las que vivimos más intensamente si cabe la Eucaristía y los Sacramentos; en las que procuramos rezar con más entrega e ilusión que nunca; en las que nos esforzamos también en atender y ayudar a los mas necesitados viendo en ellos una presencia de Jesús; en las que con total libertad y llenos de amor, ayunamos como expresión de nuestra solidaridad con los que nada poseen; en las que nos planteamos convertirnos, acercando nuestro corazón a una mayor fidelidad a la que el Señor nos pide en el Evangelio, convencidos que de ese modo, venciendo nuestras tentaciones más bajas y deshumanizadoras, más egoístas e injustas, nos aproximaremos a la más auténtica libertad, tanto cristiana como humana.

Pues bien, queridos amigos sacerdotes, en este contexto cuaresmal, vamos a meditar sobre esas palabras de Jesús que hemos escuchado y que constituyen una seria llamada a nuestra conversión, como cristianos, como evangelizadores y como sacerdotes.

No dudo en absoluto que contamos con una Iglesia Diocesana bien organizada, bien estructurada, apoyada en un Sínodo que elaboramos entre todos y que sigue constituyendo una muy buena referencia para nuestra pastoral y para nuestro ejercicio del ministerio.

No dudo tampoco en que la inmensa mayoría de Vds., de nuestro presbiterio, sin negar la existencia de cansancios, de sobrecarga de trabajos, de momentos de desánimos, de sectores críticos (de tendencia conservadora o progresista, ¡que de todo hay en la viña del Señor!) no dudo -repito- que la mayoría de los sacerdotes de nuestra Diócesis, constituyen un clero extraordinariamente bueno, entregado, sacrificado, disponible, orante, desprendido...

No dudo, por último, del valor evangelizador de nuestras programaciones que desarrollan nuestro Sínodo y su aplicación, así como de la entrega de los responsables de nuestras Delegaciones, Secretariados, Consejos, Arciprestazgos, Parroquias... etc. etc.

No dudo de nada de ello. Pero siendo todo ello verdad, no podemos quedarnos tranquilos, satisfechos, instalados..., como si todo ello fuera suficiente para poder decir que ya hemos hecho bien nuestros deberes, y que hemos conseguido o estamos consiguiendo los objetivos de la Misión, los objetivos del Sínodo, en último extremo, los objetivos que nos marca el Evangelio del Señor.

Con frecuencia pienso -y lo digo con toda sinceridad, y sin excluirme a mí mismo de la correspondiente responsabilidad- que tenemos un cuerpo vivo y bien proporcionado, bien estructurado y organizado, pero que me inspira no pocas dudas (y sigo sin excluirme...) respeto a lo que podríamos llamar "alma" de nuestra iglesia Diocesana, respecto a ese maravilloso mundo de nuestras motivaciones, de nuestros anhelos e ilusiones, de nuestras relaciones más íntimas con el Señor y su Evangelio, de nuestra mutua comunión que promueve y cuida el Espíritu Santo, de nuestras actitudes que definen nuestras relaciones con los más cercanos y alejados.

A veces pienso (y sigo sin excluirme) que tenemos una especie de estupenda empresa, pero que sólo se preocupa de que funcionen bien, como tal empresa, sin internarnos en un serio examen, no de lo que se hace o se deja de hacer, sino de cómo lo hacemos, y de por qué lo hacemos o dejamos de hacer.

Pues bien: pienso que la Cuaresma tal vez sea un tiempo privilegiado para hacer ese serio examen de conciencia, en orden a convertirnos en ese campo preciso que he llamado "alma" de nuestra Iglesia, de nuestra pastoral, de nuestro ministerio; en orden también a convertirnos de esa tendencia, tan clerical, de criticar exclusivamente a los que, no sin sacrificios, se esfuerzan para que "la maquinaria pastoral" de nuestra Diócesis funcione bien, sin pensar que esa es siempre la primera responsabilidad de los que tienen como misión las funciones de gobierno de la Diócesis ("organizar los servicios de los santos", nos dirá San Pablo); en orden a convertirnos de esa inclinación, también muy clerical, de excluirnos de toda responsabilidad respecto a esos fallos en el "alma" de nuestra Pastoral, cayendo en una especie de "catarismo" según el cual, nosotros, los que criticamos, somos "los buenos", y los demás, "los malos".

Y en todo caso, a los críticos (sean de la tendencia que sean...) habría que explicarles, con todo cariño y paciencia, que el problema, en contra de lo que afirman, no está en la organización o en la programación, o en el hecho de organizar o de programar, sino que el problema está en el ámbito de la conversión de los corazones, y eso constituye algo que no se puede ni programar, ni organizar. Se trata de un don de Dios, que se acepta o no se acepta por parte de los destinatarios; que lo podemos y debemos pedir en nuestra oración; que podemos intervenir para que se produzca, en la medida que intensifiquemos los medios evangelizadores y los que ayudan desde una perspectiva espiritual, como son los Retiros, los Ejercicios, la cercanía, la amistad, la comprensión..., pero sabedores que, al final, se trata de algo que pertenece a las relaciones de cada uno con Dios, unas relaciones que se mueven en el misterio de Dios y en el misterio que constituye cada persona humana, sea sacerdote o no lo sea. En una palabra: no hay fórmulas mágicas, ni siquiera fórmulas de carácter práctico, a modo de recetas, para resolver este problema.

Por todo ello, vamos a rezar sobre lo que he llamado "alma" de la Pastoral, y lo vamos a hacer, pidiendo al Señor nuestra conversión, para que todos, presentes en el Retiro y ausentes, críticos y moderados, conservadores y progresistas, lleguemos a la más perfecta comunión, a la luz de la Palabra de Jesús, en orden a que todos, teniendo "un sólo corazón y una sola alma", nos ayudemos mutuamente y no caigamos en esa especia de pecado de escándalo, pecado de soberbia, que supone criticar a los demás y no criticarnos, para convertirnos, a nosotros mismos; en orden a no convertirnos en "profetas de calamidades", que en lugar de animar y a la alegría o gozo del Espíritu, lo que hace es hundir a los demás en la tristeza, en el desánimo, en el pasivismo.

Y vamos a partir del texto evangélico que hemos escuchado.

La estructura de ese texto es muy clara. Comprende tres grandes revelaciones de Jesús, todas diferentes, pero reunidas o vinculadas por San Mateo, a través de un lenguaje, si se quiere, muy rítmico o poético, pero no por ello menos real o menos práctico, en orden a nuestra conversión, personal y ministerial.

La primera revelación corresponde a ese grito de alegría o de júbilo del Señor, con sus cuatro estrofas: "Yo te alabo, Padre..."; "porque has escondido estas cosas a los sabios y a los prudentes"; "y las has revelado a la gente sencilla"; y por último, "si, Padre, así te ha parecido bien".

La segunda revelación es la revelación de carácter sapiencial, también con cuatro estrofas: "Vengan a mí..."; "yo les aliviaré..."; "soy sencillo y humilde de corazón"; y, por último, "encontrarán descanso... porque mi yugo es suave y mi carga ligera".

La tercera revelación, es trinitaria, e igualmente, Jesús, la presenta en cuatro estrofas: "todo me lo ha entregado el Padre"; "nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a los que el Hijo se lo quiera revelar"; nadie conoce al Hijo sino el Padre".

Las tres revelaciones se expresan, además, en tres géneros literarios: la primera es un himno; la segunda es una invitación práctica; la tercera es una afirmación de carácter teológico o dogmático. En los tres casos, se trata de revelaciones fáciles de aprender y fáciles de retener en nuestra memoria.

La palabra clave que une la primera y la tercera revelación es la palabra "Padre". La otra palabra clave que une la primera y la tercera revelación, es precisamente la palabra "revelación": "estas cosas que se las has revelado a los sencillos", y que es el Hijo el que revela al Padre. Aunque los textos sean diferentes, las tres están estrechamente relacionadas entre sí.

Y es interesante resaltar tres pasajes del Evangelio de San Mateo que tienen una gran relación con este texto que hemos escuchado y que demuestra la importancia del mismo en el Nuevo Testamento.

En Mt. 6, 9, Jesús nos enseña a rezar diciendo: "Padre nuestro que estás en el Cielo...". En Mt, 28, 18, Jesús afirma que se le ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra, es decir, que "todo se lo ha entregado su Padre".

En Mt. 16, 17-18, el Señor le dirá a Pedro, tras su confesión, "eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre que está en los Cielos".

De ahí, que el texto que contemplamos sea un texto fundamental dentro del Evangelio de San Mateo, un texto que constituye una central y altísima revelación del Señor.

El texto, además, sigue inmediatamente a los grandes improperios que el Jesús lanza contra Corozáin, Betsaida y Cafarnaúm, porque no han escuchado ni aceptado su palabra.

Son ciudades cuyos habitantes viven encerrados en sí mismos, llenos de sí mismos, autosuficientes; constituyen las clases dominantes, prepotentes, con una capacidad orgullosa como para rechazar a Jesús. Y Jesús les rechaza a ellos, se lo echará en cara, y los corregirá.

Pero Jesús, sin embargo, nos da una lección importante para nosotros, sacerdotes: en lugar de refugiarse en la amargura, o en la depresión, o en el desánimo, explota en un grito de alegría: ¡Yo te alabo Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, a los inteligentes, a los de Corozaín, a los de Betsaida y Cafarnaúm, a los doctores de la ley, a los fariseos, y se lo has revelado a la gente sencilla. Es la reacción de Jesús ante la repulsa del Evangelio, en cuanto Jesús sabe leer en aquellas situaciones el designio del Padre, que ofrece el anuncio de salvación precisamente a los corazones de la gente sencilla, humilde, inculta.

Las palabras de Jesús son como una revelación que explica la clave de la salvación (es el Padre el que se revela; es el Padre que yo revelo) y que muestra la simplicidad de la misma (no es difícil creer, mi yugo es suave y mi carga ligera).

Se trata (algo importante para nosotros, que tan fácilmente nos desanimamos, nos cansamos y nos deprimimos...), en el fondo, da una puerta abierta a la alegría, en el ámbito de un ministerio difícil en un mundo hostil. De ahí que poco después, en el capítulo 12, se describan las muchas controversias y resistencias de los judíos al Mensaje del Señor.

La exclamación llena de alegría de Jesús, llena de agradecimiento a Dios, es una de las muy pocas oraciones de Jesús, recogidas en el Evangelio, en las que se dirige directamente al Padre. También lo hará en Getsemaní ("¡Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz -o copa de amargura-; pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú!" Mt. 26, 39; y en el 26, 42, que exclama, "Padre mío, si no es posible que pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad"). Y también en la cruz dirá, "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt. 27, 46).

Y en el Evangelio de Lucas, se nos narra como Jesús, en la cruz, exclama: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc. 23, 46).

En el Evangelio de San Juan, también se nos ofrecen, en la oración de agradecimiento de Jesús, cuando va a resucitar a Lázaro, las palabras del Señor: "Padre, te doy gracias, porque me has escuchado" (Jn. 11, 41). Y en su oración sacerdotal, exclamará: "Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique" (Jn. 17, 1), y también, "te pido que todos sean uno, Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en tí, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has envidado" (Jn. 17, 21). Igualmente, en la misma oración sacerdotal, Jesús exclamará: "Padre, yo deseo que todos estos que tú me has dado puedan estar conmigo donde esté yo..." (17, 24) y, posteriormente, "Padre justo, el muno no te ha conocido..." (17, 25).

En los Sinópticos, por el contrario, apenas se recogen oraciones o plegarias de Jesús, son muy pocas, y entre ellas está esa preciosa oración que es un grito de alegría frente al hecho de que los poderosos rechacen el mensaje. El Señor agradece al Padre porque ha decidido revelar , de un modo especial, la Buena Noticia, a los pequeños y sencillos.

¿Quienes son para el Señor los sabios y los inteligentes?. ¿Quienes son los pequeños?. ¿Y quienes deben ser para nosotros, los sabios y los inteligentes, los pequeños y sencillos?.

En el texto original se habla de sabios e inteligentes, sin artículos, lo cual parece significar que el Señor se refería a aquellos que se creen sabios e inteligentes. En efecto, desde el momento que rechazan la revelación de Dios, no son en realidad sabios e inteligentes, pero se creen que lo son. Podemos pensar que se trata, en concreto, de los jefes del pueblo, de los doctores de la ley, de los que pertenecían a determinadas sectas muy cualificadas de aquel tiempo, a diferentes movimientos religiosos muy valorados (como los esenios, los del Qumrá, los de los grupos apocalípticos), es decir, todos aquellos que se consideraban participar de un profundo conocimiento de los misterios de Dios, y que, sin embargo, y acaso por ello, se niegan a escuchar y a recibir el Evangelio.

Pero por lo demás, la paradoja de los sabios que no comprenden, de los inteligentes que no entienden, ya había sido subrayada por el profeta Isaías y por otros profetas. Así, el Señor cita el texto de Isaías, dirigiéndose a los fariseos, cuando les dice: "¡Hipócritas!, bien profetizó de Vds. Isaías cuando dijo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; en vano me dan culto pues las doctrinas que enseñan son preceptos humanos" (Mt. 15, 7-9), y el profeta Isaías (29, 16) continúa diciendo: "Por eso volveré a realizar prodigios extraordinarios, para que desaparezca la sabiduría de sus sabios y se eclipse la inteligencia de sus inteligentes". Más tarde, el propio Isaías, dirá: "volverán los humildes a alegrarse con el Señor y los más pobres exultarán con el Santo de Israel" (Is. 29, 19).

Por tanto, el Reino de los Cielos es una revelación gratuita de Dios, que no se adquiere con dinero, ni tampoco a fuerza de estudiar, de saber y aprender, porque se trata de un don de Dios.

¿Quienes, por tanto, pueden recibir ese don de Dios?: los pequeños, incluso los niños, gente que todavía no sabe hablar, los más pequeñuelos, como nos recuerda el salmo: "te has preparado una alabanza de la boca de los niños y de los lactantes". En un sentido más amplio, se trata de los menores de edad, de los incapaces de valerse por sí mismos, los analfabetos, "los paletos", aquellas personas que nunca han estudiado. Incluso, los estúpidos, es decir, aquellos que no pueden tener acceso a un conocimiento serio y profundo de las cosas.

Y también, en tiempo de Jesús, pequeños eran los que pertenecían a los llamados "el pueblo de la tierra", es decir, gente que trabajaba desde el amanecer hasta el ocaso, y que al llegar la tarde estaban cansados, tan agotados, que no eran capaces ya de estudiar, de leer, gente sin pretensiones ni aspiraciones.

En concreto, estos pequeños son los que constituyen el simple pueblo de Galilea, lo que sería la gente sencilla de nuestro tiempo, aquellos que sin haber estudiado mucho y sin conocimiento alguno de teología, son sin embargo, capaces de abrirse al misterio del Reino.

La expresión "has escondido estas cosas", es realmente fuerte. No dice, no las han comprendido, aunque hay que tener en cuenta que en la manera hebrea de hablar, el decir que el Padre ha escondido estas cosas, significa que ellos pensaban que ya sabían todo de todo, sobre Dios.

El Cardenal Martini dirá al respecto que no sería un error leer en este texto una cierta crítica a la teología, a esa ansia desmedida que en ocasiones nos entra a los sacerdotes en favor de la instrucción religiosa; una crítica a nuestros exagerado insistir muchas veces para que nuestra gente se instruya más, para que hagan el máximo esfuerzo para conocer mejor la Escritura, el Catecismo de la Iglesia Católica, los materiales catequéticos..., como si a todo ello estuviera inseparablemente unido el conocimiento de los misterios del Reino, y no dependiera ese conocimiento de un don del Espíritu Santo. No debemos olvidar nunca los sacerdotes, aunque animemos a nuestros fieles a crecer en un conocimiento mayor de la Persona y del Mensaje del Señor, que Jesús ha afirmado que el misterio del Reino es gratuito; que se trata de una verdad revelada y no es fruto de la razón o de la sabiduría humana; que ha sido revelada a los pequeños, a los humildes, a los que carecen de pretensiones, y que no es verdad que cuanto más instrucción se posee, tanto más se conoce el misterio del Reino y tanto más se crece en santidad. Y ello porque el estudio, en la medida que suscita pretensiones, seguridades personales cargadas de vanidad, suposiciones sobre el propio valor o sobre el propio saber, puede ser peligroso para la vida cristiana. El Cardenal Martini tiene razón al hacer estas afirmaciones, particularmente cuando convertimos las normas (que no digo que no sean necesarias...) referidas a la recepción de los Sacramentos, por ejemplo, en las exigencias, con un rigorismo tan sin excepciones, que acabamos actuando como los fariseos: olvidándonos que ni los rigorismos normativos, ni los laxismos cargados de pasividad, son evangélicos, son evangelizadores.

Las palabras del Señor nos dicen que no podemos tratar a nuestros fieles como si todos fueran iguales, que debemos discernir, que tenemos una gran responsabilidad de descubrir la situación religiosa de cada uno de nuestros fieles, que no podemos tratar a todos como si fueran idénticos, que debemos descubrir, de entre los que acuden a nosotros, los que son, para Jesús, los pequeños, los sencillos, y tratarlos de acuerdo con las palabras del Señor, dando gracias con él al Padre, porque ha escondido estas cosas a los sabios y prudentes y se les ha querido revelar a ellos, aunque en su pobreza y sencillez, no sean capaces de explicarse o de explicar los contenidos de su fe.

¿Nos planteamos, a la hora de hacer nuestros exámenes de conciencia, del contenido pastoral, si no estamos dando facilidades a los cultos, a los que valen, a los prudentes, a los mejores, y poniendo toda clase de dificultades, con nuestras rigurosas normas pastorales, a los sencillos, a los humildes, a los que no saben, a los más pequeños?. ¿No estaremos convirtiendo el acceso a los sacramentos, a la pertenencia a la Iglesia, en una especie de examen del saber, en una especie de examen de ingreso o de una reválida, en lugar de descubrir a aquellos que están más cerca de Dios en sus conciencias, a los predilectos de Dios, a aquellos por

os que Jesús da gracias al Padre?. Y todavía el pecado pastoral sería más grave, si a los más instruidos, a los más cultos e inteligentes, les demos toda clase de facilidades, sin discernir si fe.

Este será un aspecto de aquello que indiqué al principio, cuando hablaba del "alma" de la Pastoral. Y no caigamos en la tentación de escudarnos en los programas o en las normas diocesanas. Porque si nos examinamos bien, veremos que aceptamos lo que representan cargas para los demás, incluso para los más pobres y sencillos, pero hacemos caso omiso de otras normas que nos afectan más personalmente (p.e. el rezo del Breviario, las normas litúrgicas, las normas sobre la economía, las relaciones con los compañeros...). Hacen falta normas y programas diocesanos, por supuesto. Pero su aplicación, con talante evangélico, está en las manos de cada sacerdote, de los propios agentes de pastoral, y no en manos de los que tienen el servicio de dirigir la Diócesis y establecer criterios y normas generales, mirando el bien común de la Iglesia, en manos de los que tienen ese servicio, y no el poder.

Las palabras de Jesús nos sitúan frente a palabras que expresan una paradoja. No son palabras que inciten a no estudiar, a prescindir de la instrucción religiosa, aunque nos adviertan que el verdadero conocimiento de Dios no es parangonable a la cultura religiosa. Es muy claro que aquel que ama a Jesús, desea instruirse. Pero por encima de ello, es prioritaria la aceptación de Jesús crucificado y resucitado, es prioritaria la acogida, con un corazón humilde, de la Palabra de Dios, de un Dios que se nos revela con la palabra. A ello puede y debe seguir, en muchos casos, el deseo de profundizar en el conocimiento de la Palabra, incluso de estudiarla científicamente, pero no al revés.

La conclusión de la oración de Jesús es precisa: "Si, Padre, así te ha parecido bien". Es una expresión que nos compromete y que nos conmueve, que nos sacude en nuestra conciencia ya que nos hace comprender que el misterio, tanto de rechazar como de acoger, forma también parte del designio divino, porque Dios respeta siempre nuestra libertad. El mismo rechazo se convierte en motivo de alabanza, en cuanto que se opone a la acogida, o nos muestra el valor de la acogida de aquellos en los cuales jamás hubiéramos pensado: ahí se halla contenido el carácter providencial de la cruz, la gratuidad del Evangelio, lo imprevisible de los designios de Dios: son verdades de las que continuamente tenemos necesidad, ya que casi instintivamente, se nos empuja hacia los medios educativos o formativos, esos que configuran nuestro pensamiento y que miden sus resultados por el "sí" al mensaje que nos ofrecen, sea educativo, sea publicitario, sea propagandístico, y según procedimientos propios del "marketing", para la obtención del consenso, o del pensamiento único. Por el contrario, el Señor, alaba a Dios porque no se da consenso alguno, e incluso contempla también en el rechazo de su Mensaje, una forma de cumplirse el misterio de la salvación, y ello aunque la voluntad de Dios sea la salvación de todos y cada uno de los seres humanos, aunque respetando siempre la libertad del hombre.

A nosotros nos ocurre que alcanzamos a penetrar superficialmente en las palabras de Jesús y, en consecuencia, no penetramos realmente en el misterio de la cruz, en el rechazo de algunos al Mensaje del Señor, rechazo que Dios acepta para sacar a la luz su amor infinito y sin límites. En consecuencia, debemos comprender que el misterio de la cruz está también presente en ese rechazo de algunos al Mensaje de Cristo, de ese rechazo de los sabios y prudentes que, como dirá San Pablo, "han crucificado al Señor de la gloria" (1 Cor. 2, 8), en tanto que los pobres y los sencillos lo acogen y aceptan.

Una segunda revelación está recogida en esas preciosas palabras de Jesús: "todo me lo ha entregado mi Padre". En ellas se subraya el maravilloso conocimiento de Jesús: "nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".

Su contenido es realmente profundo y luminoso:

- a Jesús se le ha concedido el pleno conocimiento del misterio de la salvación y toda la realeza o majestad, con un poder que no existe ni en el cielo ni en la tierra, como explicará el propio Señor. Betsaida y Cafarnaúm han rechazado a aquel que tiene en sus manos, tanto el misterio del Reino, como las relaciones del hombre con el Padre del Cielo.

- Jesús, como Hijo, existe en la profundidad de Dios, y mantiene o posee unas relaciones mutuas y recíprocas con el Padre

- Y Jesús revela al Padre

Estamos, pues, ante una perfecta síntesis de la historia de la salvación, en la que brilla la primacía de Jesús, su divinidad, su relación con el Padre, su existencia en el seno de la Trinidad. Es una afirmación que no la advierte un mundo escéptico y racionalista, que puede llegar a ver a Jesús como el mayor de los profetas, pero no como al Hijo de Dios e igual al Padre.

Se trata de un misterio que solamente a través de la superación de la razón e introduciéndonos en el infinito océano de Dios, podremos aceptar. Y cuando nos hacemos recalcitrantes contra los proyectos de Dios respecto a nuestra vida, contra la manera con la que el Señor nos trata, de hecho no aceptamos que Jesús nos revela al Padre, que nos lo revela en la humillación y en la cruz, es decir, no aceptamos esas relaciones privilegiadas de Jesús con el Padre, no aceptamos que Jesús es Dios verdadero, además de ser verdadero hombre.

De ahí que nos debamos sentir siempre llamados a la conversión con las palabras de Jesús, sabiendo que estamos siempre tentados a rechazar ese misterio, de situarlo en zonas nebulosas, de no dejar que se introduzca en nuestra existencia y que la modifique, llevándonos así a la conversión, a aceptar el misterio de Jesús, con sus pruebas y con los cansancios y dificultades que nos puede suponer.

La tercera revelación del Señor, es una invitación llena de amor y amistad: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus vidas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera".

Una palabra clave de este texto, tal vez sea la palabra "descanso" o "respiro"; si vienen a mí, encontrarán descanso, alivio, respiro, tranquilidad.

Y otra palabra clave es la palabra "yugo": carguen con mi yugo; mi yugo es suave. Y la tercera palabra clave es la palabra "carga": Vds. que son oprimidos, sometidos a pesos insoportables. Y, finalmente, la afirmación que su carga es ligera.

Es una revelación que se nos dirige a todos: sacerdotes y seglares, a todos los seres humanos. ¿Quién hay en este mundo que no sienta el cansancio de vivir, de ser padre o madre de familia, el cansancio del trabajo, de la enfermedad, del trabajo pastoral, en nuestro caso de la dedicación ministerial, la fatiga de la siembra, nunca fácil y muchas veces árida, del sembrador del Evangelio?.

Pues bien: Jesús nos invita a todos a dejarnos aliviar por él.

Los fatigados, los agobiados, en la palabra de Jesús, acaso se refirieran en primer lugar, a los que soportaban el yugo de la ley mosaica, la observancia estricta de esa ley de la que San Pedro afirma: "un yugo que nosotros ni nuestros padres hemos sido capaces de cumplir o soportar" (Hch. 15, 10).

Pero de una manera más general, las palabras de Jesús se refieren a los que soportan una vida que, para realizarla honrada, laboriosa y seriamente, comporta un precio muy duro.

Y ante ello, Jesús ofrece su promesa: "yo les aliviaré", les daré respiro... Y ello se concreta en una invitación interior muy importante: "carguen con mi yugo y aprendan de mí", Vds. que soportan un peso que tanto les fatiga, prueben a cargar con uno más, es decir, con el de Jesús, la carga evangélica, y podrán comprobar los resultados; a Vds. que desean liberarse del yugo que llevan en sus espaldas, les propongo otro yugo con el que cargar.

Se trata de un gran reto, el que Jesús nos hace: Jesús nos invita, no a dejar caer los otros yugos, no nos invita a dejar de ser honrados y buenos, o a divertirnos, sino a cargar con su yugo.

Y nos lo propone él, que es sencillo y humilde de corazón, y lo hace porque él mismo realiza la bienaventuranza evangélica de los sencillos y de los pobres.

En consecuencia, ello quiere decir que el alivio prometido a los cansados o fatigados, está vinculado a la asunción de ese yugo dulce y ligero. Significa que ello es posible pero cuando tenemos una confianza total en el Señor. El no añade un nuevo peso a nuestra vida, como piensan cuantos han tenido miedo de vivir más radicalmente el Evangelio, cuantos tienen miedo de comprometerse más, de rezar más, de amar más... Jesús ha prometido que quién pierda su vida por el Evangelio, la encontrará, que quién entrega el ciento por ciento de sí mismo por el Evangelio, le será devuelto sobradamente.

Perder la vida no hay que entenderlo como asumir pruebas dificilísimas y llenas de oscuridad. Significa amar a Jesús, y tener unas relaciones personales y directas con él. Es un yugo, el de Jesús, fundado en el amor y en la identificación con Cristo. No se trata de un código que es preciso observar, sino de una amistad que consiste en vivir unidos con el Hijo del Padre, el cual es humilde, manso de corazón, lleno de bondad, generoso y compasivo, afectuoso, solícito para con nosotros...

Merece la pena vivir el cristianismo, y también nuestro ministerio, como amistad con Jesús, de intentarlo como un reto. Entonces y sólo entonces comprobaremos que se nos ofrezca como un renovado respiro para nuestra existencia y que el peso o la carga propia de toda vida humana, se pueden convertir en realidades plenas de sentido, soportables, capaces de ser llevadas. La vida llena de amistad con el Señor, llena de compasión, de una humildad que nos permite someternos libremente al misterio del Padre, nos infunde realmente una nueva forma de ser y de vivir.

Como cierre de esta meditación me voy a permitir sugerirles cinco pistas que pueden ayudarles para su oración personal, en orden siempre a lo que puede y debe ser nuestra conversión cuaresmal, en cuanto sacerdotes:

1ª.- "Yo te alabo, Padre". Se trata de leer, en el grito de alegría del Señor-Jesús, una invitación a alegrarnos de verdad por los designios de Dios, también cuando estos comportan realidades que a veces pueden pesar como una losa sobre nosotros y sobre nuestras vidas sacerdotales. Y ello ocurre de una manera particular cuando vemos imprescindible, por razones pastorales, ministeriales o morales, evangélicas, rehusar exigencias propias de la cultura dominante. Por ejemplo, a causa de los valores y anhelos que muchos de nosotros sentimos en el corazón, a causa del cine, de la TV., de la publicidad, de lo que nos ofrecen algunos intelectuales en sus escritos, de los espectáculos, del modo común de pensar hoy dominante, que rechazan al Señor y a su Evangelio, y que el Señor condena como realidades contrarias al Reino y sus valores.

Nos debemos alegrar, sobre todo, al ver como Jesús exulta de gozo, por el plan de Dios que también se realiza en el tal rechazo. No nos dejemos vencer por el miedo, al igual que Jesús no ha tenido temor alguno por el hecho de ser rechazado por Betsaida, Corozaín y Cafarnaúm.


2ª.- "Las has dado a conocer a los sencillos... porque así te ha parecido bien". Ello significa que debemos valorar, estimar, querer de verdad, a los sencillos, a los más simples, a los pequeños, en lugar se sufrir y escandalizarnos porque los mejores artistas, o escritores, o ricos y poderosos, o los políticos más valorados, o los cantantes de moda, o los intelectuales mejor considerados..., no estén en nuestra Iglesia. En los pobres y sencillos, debemos descubrir una presencia especial de Cristo. Acogerles y servirlos, es acoger y servir a Cristo. No estamos haciendo poesía. Ese amor preferencial por los pobres, debe ser una dimensión preferencial y necesaria de nuestra espiritualidad. Evangelizar a los pobres es un signo característico de la misión de Jesús, signo que ahora prolonga su Iglesia (Cf. Nota Pastoral de los Obispos Italianos).

Los pobres y pequeños no son sólo objeto de nuestras obras de misericordia y de la acción de nuestras Cáritas. Jesús nos dice que ellos, por el hecho de ser pequeños y de su pobreza, están ya abiertos al mensaje evangélico, y nos invita por supuesto a ayudarles, pero sobre todo nos invita a amar a los sencillos, a los humildes, a los que sufren, a todos aquellos que cuentan muy poco o nada para la historia, en la sociedad, pero que según la lógica de Dios, poseen una maravillosa intuición del misterio de Dios. Es precisamente a éstos a los que el Señor se abre perfectamente con su amor y también nosotros, sacerdotes, hemos de hacerlo.

¿Qué significa todo esto en relación con lo que llamamos "pastoral de la cultura"?. Siempre la pastoral ha tenido un valor cultural, porque la fe misma posee una ligazón vital con sus expresiones culturales. Así lo ha dicho el Concilio. Y hoy, tal vez más que nunca, es necesario que tomemos una mayor conciencia de la relación fe y cultura. Hacer más vigilante y consciente esa atención, es un objetivo pastoral importante.

¿Y qué relación tiene ésto con el texto evangélico que hemos escuchado?. Existe esa relación porque la pastoral de la cultura es también fruto del amor y por lo tanto está en el corazón del Evangelio. El problema que hemos de vigilar es el de la tentación de convertir la pastoral de la cultura en una especie de estrategia de conquista. El riesgo siempre será el de pensar que si conquistamos para nuestra causa a las clases altas (a los sabios, a los poderosos...), conquistaremos también, a través de ellos, a los simples, sencillos y pequeños. Es un razonamiento frontalmente opuesto al Evangelio. (Este fue el "dogma" de los cursillos de cristiandad, de los Jesuitas, de los Marianistas, de no pocas Asociaciones Confesionales... y que siempre fracasó pastoral y apostólicamente.).

Es bueno o positivo convertir el Evangelio en cultura, en la medida en que sea escuchado, recibido, amado, pensado, de forma que se refleje en todas las formas de la vida cultural y de la sociedad. Pero la idea de "capturar", mediante una especie de pacto con la cultura dominante, los corazones de los sencillos, no está de acuerdo con el Evangelio y siempre ha fracasado. Tal vez el camino sea el contrario: evangelizando a los sencillos, evangelizaremos la cultura y a los poderosos, a los sabios y a los prudentes...


3ª.- "Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquel a quién el Hijo se lo quiera revelar". Se trata de una invitación que el Señor nos hace a contemplar con confianza los misterios de la Encarnación y de la Trinidad , como alimento de la más auténtica piedad o espiritualidad cristiana y sacerdotal.

El catecismo siempre ha enseñado a hablar exactamente de la Trinidad (tres personas iguales aunque distintas, y un sólo Dios verdadero, no tres dioses...) y de la Encarnación (Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre), sin profundizar más.

En realidad, el rechazo que la cultura vigente y dominante de hoy, opone a Dios, esa especie de "noche de la fe" que hoy atraviesa el mundo, nos obliga a repensar mejor el misterio de la Trinidad , especialmente revelado en la cruz.

Es un hecho que los grandes teólogos contemporáneos (Von Balthasar, Rahner, Kasper, De Luback, Congar...), nos están ayudando a profundizar en esas relaciones como son las de la cruz con la Trinidad, las de la humildad evangélica y la Trinidad, el rechazo de Dios por el mundo de hoy y el misterio del amor trinitario... temas desconocidos en los pasados siglos.

De ahí que las palabras de Jesús (el Hijo revela al Padre...) son por tanto del todo válidas y verdaderas, también para nuestro tiempo, este tiempo en el que los acontecimientos culturales, que han conducido a la separación o alejamiento de la razón y de la inteligencia, respecto a la fe, nos permiten acoger los aspectos misteriosos o mistéricos de un Dios que se nos revela en la humillación de la cruz y que, en su mente, ya nos está manifestando aspectos centrales de esa realidad que es la Trinidad.


4ª.- "Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados". Actualmente, nosotros sacerdotes, no nos avergonzamos de reconocernos dentro de esta categoría de personas. Incluso, en ocasiones, presumimos de ello, acaso con no poca vanidad.

De ahí la pregunta: ¿me reconozco yo también como formando parte de los que constituyen la categoría de los que encuentran alivio en el Señor?. ¿Encuentro de verdad, de hecho, ese alivio, ese respiro que tanto necesito o digo necesitar?. ¿Soy capaz de recordar los caminos mediante los cuales el Señor ha sido para mí, en el pasado, descanso y alivio?. ¿Conozco los caminos mediante los cuales, también hoy, el Señor quiere ser mi alivio y reposo?. Son preguntas fundamentales para un buen examen de conciencia de nosotros, los sacerdotes, en lugar de situarnos, acaso cómodamente, sin más, entre los cansados y agobiados..., sin acordarnos del Señor y de su oferta llena de amor.

Porque acaso sea preciso que cada uno de nosotros aprendamos a abrazar con toda valentía su cruz, su yugo y su carga (que no es otra cosa que amar...) para que, paradójicamente, encontremos el más alegre alivio, sabiendo además, que su yugo es suave y su carga ligera.

O por el contrario, y repitiendo lo que acabo de decir, ¿me gozo en la tristeza, en el cansancio, en el agobio, como apoyo de mi vanidad, razón para no amar, disculpa para criticar, justificación de mis perezas y falta de entrega y de disponibilidad..., olvidando al Señor y sus palabras?.


5ª.- Finalmente: "aprendan de mí, que soy sencillo y humilde de corazón", o "manso y humilde corazón".

La pregunta que nos hemos de hacer es esta: ¿me preocupo de aprender de aquellos que son sencillos o mansos y humildes de corazón?. Y mis relaciones con mis feligreses, con los fieles y con los demás sacerdotes, ¿están marcados por la sencillez, por la mansedumbre y por la humildad de mi corazón?.

Todos conocemos hombres y mujeres que se apartaron de la práctica religiosa y que se quejan, porque, un día, cercano o lejano, fueron tratados mal por un sacerdote. Puede ocurrir que exageren, que tuvieran pretensiones equivocadas, que exigieran del sacerdote lo que el sacerdote no podía ni debía hacer. En algunas ocasiones se escucha decir: "estuve enfermo y el cura ni me visitó, ni se preocupó de mí"; o "le pedía hablar con él, y el cura me contestó de mala manera y se negó a recibirme"; o "pedí al cura el bautizo de mi hijo y me lo negó, por no sé qué razones pastorales que no me quiso explicar con claridad, en relación con la fecha y los padrinos"...

No pienso en absoluto que los fieles tengan siempre razón. Pero el problema no son las razones que el sacerdote pueda dar o no dar, para justificar su postura. Lo que se trata es que seamos capaces de contemplar e imitar al Señor-Jesús, manso y humilde de corazón, capaz de ser exigente, de decir a cada uno la verdad, pero, al mismo tiempo, capaz de confortarlo y consolarlo, capaz de aliviar a todos. Esa es la gran lección para nosotros. Y ello es lo que debemos examinar en conciencia.

Con la Virgen María, Madre de Jesús y Madre nuestra, Madre de la Iglesia, damos gracias al Señor, ya que a través del Evangelio, continúa hablándonos y nos invita a re-encontrar la riqueza de su Palabra y el significado más profundo que ella tiene para nuestra vida sacerdotal. Pidámosle, también, ayudados por la intercesión de la Virgen María, que nos ilumine para que, en esta Cuaresma, seamos capaces de hacer un buen examen de conciencia, en orden a nuestra más completa conversión, pastoral, ministerial y personal.

¡Que el Señor-Jesús nos bendiga a todos, que bendiga a nuestro presbiterio, y que nos conceda la gracia de ser mansos y humildes de corazón, teniendo todos un sólo corazón y una sola alma, para que el mundo crea!




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