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HOMILÍA EN ACCIÓN DE GRACIAS POR BENEDICTO XVI
 

EUCARISTÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR LA ELECCIÓN DEL PAPA BENEDICTO XVI
(25 de Abril de 2005)

HOMILÍA


Versión en AUDIO:
Escuche esta homilía tal y como fue pronunciada por nuestro Obispo.
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- 1ª Pedro, 3, 8-17
- Salmo: 15 (Lunes de la Octava de Pascua)
- Mt. 20, 25-28


Queridos hermanos sacerdotes. Queridos religiosos y queridas religiosas. Queridas Autoridades Autonómicas, Insulares, civiles y militares. Queridos miembros del Cuerpo Consular. Hermanas y hermanos todos:

Todavía conservamos en el corazón el recuerdo de nuestros sentimientos de dolor, paro también de esperanza y de agradecimiento a Dios, con los que despedíamos a nuestro querido e inolvidable Papa Juan Pablo II, con ocasión de su fallecimiento, que tanto nos conmovió, que conmovió a la Iglesia y a la sociedad entera.

Es un recuerdo lleno de amor, que ya se ha convertido en historia, en historia de la salvación, como un eslabón más de los muchos que nos unen, a través de los siglos, con el Señor-Jesús y su elegido Pedro, y que nos unen, también, mirando al futuro, con la venida definitiva del Hijo de Dios, al final de los tiempos, cuando la creación entera sea recapitulada en Cristo-Jesús.

Ya en aquella Eucaristía, ofrecíamos la reflexión, plenamente cristiana, de que a nuestro inolvidable Juan Pablo II, sucedería otro Papa, también Sucesor de Pedro, y que bajo su cayado amoroso, la Iglesia Universal y cada Iglesia Diocesana, continuarían su misión, sin que les faltara jamás la asistencia del Espíritu Santo, avanzando “entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (L.G. 8), anunciando la Cruz y la Resurrección del Señor hasta que Él vuelva (Cf. L.G. 8).

Hoy, en eta Eucaristía, en profunda comunión con el Señor y con toda su Iglesia, nuestro corazón, encendido de alegría, eleva su agradecimiento a Dios, uno y trino, por la elección del nuevo Papa Benedicto XVI. Y lo hacemos con el total convencimiento de que recibirá todos los auxilios, dones y luces, del Espíritu Santo, para bien de la Iglesia entera, para bien de toda la humanidad, para bien particularmente de los pobres y excluidos, es decir, de los predilectos del Señor.

Como ha ocurrido a lo largo de más de 2000 años, con la muerte de un Papa, una mínima etapa de la vida de la Iglesia se cierra y otra mínima etapa de esa vida, comienza, es decir, cambia algo esencial en la estructura de la Iglesia, en cuanto que cada Papa, con su personal forma de ser, nos confirma en la fe, nos confirma en nuestra esperanza, es vínculo seguro de nuestra comunión, es nuestra Cabeza como Vicario visible de Cristo en la tierra, es garantía firme de las verdades de fe y de los caminos que nos dirigen hacia la salvación definitiva. Pero al mismo tiempo, podemos afirmar con toda certeza, con esa certeza que se apoya en el Hijo de Dios, en el que es la piedra angular de la Comunidad Eclesial, nada esencial cambia en la estructura de la Iglesia, porque Benedicto XVI, nuevo Sucesor de Pedro, sucesor inmediato de Juan Pablo II, realizará una idéntica misión, la misma misión que el Señor-Jesús encomendó a Pedro y a sus sucesores a través de los siglos. Y la realizará, con su estilo propio y personal. Pero bajo la idéntica inspiración del mismo y único Espíritu Santo.

Esta será la razón de que hoy, en esta Eucaristía, no sólo demos gracias a Dios por la elección de Benedicto XVI, sino que además, no nos asalte temor alguno, no caigamos en la pueril tentación de hacer cábalas y pronósticos, ni juguemos a las adivinanzas, como si la Iglesia fuera, en lugar de un misterio de salvación y sacramento o signo, e instrumento de la unión íntima con Dios y de la comunión a la que está llamado todo el género humano, como si la Iglesia fuera una de las tantas instituciones societarias que existen en el mundo, y como si el Papa fuera un poder absoluto, al frente de una gran empresa, de una multinacional, de un partido político o de un imperio del que los obispos fuéramos simples delegados o gobernadores de provincias. Como si el Papa fuera un monarca absolutista que, con su peculiar estilo, definiera el rumbo de la Iglesia, al igual que un monarca absoluto, podrá definir el rumbo de su reino.

La Iglesia, con nuestro Papa Benedicto XVI como Cabeza, apoyada en Cristo-Jesús, inspirada por el Espíritu, ralizará el carisma que el Señor le ha entregado, dentro de la estructura colegial de la que Jesús la ha dotado, dentro de esa su naturaleza como misterio de salvación que siempre será, a pesar de nuestros pecados, de nuestras incoherencias y de nuestra infidelidades, y a pesar también de las incomprensiones, críticas y descalificaciones que pueda recibir, de los que se piensan los más inteligentes, poderosos y superiores a todos.

¡Gracias a Dios, y aunque los que no creen no puedan jamás comprenderlo, la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, no depende esencialmente en su andadura a través de los siglos, de los personalismos del Sucesor del Pedro, de forma que él pueda modificar, a su gusto y en función de su ideología, los rasgos esenciales de identidad del cristianismo, tanto en el campo de la verdad revelada, como en el campo de la Moral que se deriva del Evangelio!. El Señor, como hizo con sus discípulos, también nos dice en estos momentos a nosotros que no tengamos miedo, que confiemos en Él, que confiemos en la asistencia que el Espíritu va a prestar a Benedicto XVI, como se la prestó a Juan Pablo II y a sus predecesores, que no se turbe vuestro corazón, ni con optimismos desmesurados, ni con pesimismos incontrolados. Nos dice que recemos intensamente por nuestro Papa Benedicto XVI, que lo amemos y lo respetemos, que nos dejemos conducir por él y por su magisterio, en comunión con nuestra Diócesis y con su obispo, que no nos sorprenda que como también ocurrió con los Papas más recientes, la opinión pública, los medios de comunicación, determinados políticos y legisladores, grupos de presión, ideólogos y notables de la economía y de las artes, incluso determinados cristianos que se creen poseedores en exclusiva del Evangelio..., hagan una crítica inmisericorde y hasta calumniosa, contra nuestro nuevo Papa y contra su Iglesia y sus más legítimos representantes, contra las verdades reveladas y contra la moral establecida por el Señor-Jesús. ¡No tengamos miedo, devolvamos bien por mal, recemos por los que nos persiguen y calumnian, perdonemos las ofensas, amemos de todo corazón a los que se declaran nuestros enemigos, y amemos de forma privilegiada a los mas pobres, a los más débiles, a las víctimas de guerras sin sentido y a todos los que sufren por mil causas!. Amándolos a ellos, estaremos amando al Señor, sin esperar más recompensa que la que Dios nos concederá al final de los tiempos y con la certeza de que Jesús nos acompaña siempre y que la Virgen María nunca cesa de interceder por la Iglesia y por el Papa, por todos nosotros y por toda la humanidad. Efectivamente, San Pedro, en su Epístola, y nuestro Papa Benedicto XVI nos lo recordará, con su palabra y con su vida, cómo ha de ser nuestra vida cristiana si, llenos de fe, esperanza y amor, vivimos en comunión con todos los discípulos de Jesús, nuestros hermanos, con nuestro Santo Padre y con cuantos conviven con nosotros, sean creyentes o no, pertenezcan a nuestra Iglesia o a otras confesiones, cristianas o no.

Y podemos tener la certeza de que nuestro Papa Benedicto XVI, habrá meditado y seguirá meditando, las palabras de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio, y las hará razón de su existencia, en cuanto Vicario de Cristo en la tierra: “el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos”. Benedicto XVI vivirá convencido que también él ha sido elegido, no para ser servido, sino para servir y dar su vida por todos.

¡Gracias, Señor, por el regalo que nos has hecho con S.S. Benedicto XVI!.

¡Que el Señor, por la intercesión de la Virgen María, le bendiga en todo, nos bendiga a todos, cuantos creemos en el Señor, bendiga a su Iglesia, bendiga a nuestra Diócesis de Canarias y nos bendiga a todos!. ¡Que así sea!.

+ Ramón Echarren
Obispo de Canarias




Elección de S.S. Benedicto XVI | Sacerdotes: Homilía Bodas de Oro y Plata 2005

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