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CORPUS CHRISTI 2005: HOMILÍA DE MONS.ECHARREN
 

FESTIVIDAD DEL CORPUS CHRISTI

(29 de Mayo de 2005)
HOMILÍA


- Deut. 8, 2-3. 14b-16a
- Salmo 147
- 1ª Cor. 10, 16-17
- Jn. 6, 51-59


Queridos hermanos sacerdotes. Queridas Religiosas. Queridas hermanas y queridos hermanos todos:

Debemos recordar, hoy, en esta celebración de la Festividad del Corpus Christi, que por voluntad del que fue nuestro Papa, Juan Pablo II, estamos viviendo, llenos de alegría y de agradecimiento a Dios, el Año de la Eucaristía, un año en el que como el Santo Padre nos indicó en su momento, no debemos alterar nuestro proyectos y programas pastorales, pero en el que debemos vivir la Eucaristía y cuanto representa, con una especial intensidad de fe, de esperanza y de amor, como una particular acción de gracias, como una llamada que Dios nos hace a participar en ella, de un modo especial, los Domingos y Festividades, pero también cada día del año si nos es posible.

Y hoy, antes de salir a nuestras calles y plazas acompañando al Cuerpo de Cristo, en esta festividad del Corpus Christi; celebramos la Santa Eucaristía, el memorial de la vida, pasión, muerte y resurrección del Señor-Jesús, el centro y cumbre de toda nuestra vida cristiana, esta celebración en la que se cumple plenamente la promesa de Jesús de que, siendo el pan vivo que ha bajado del Cielo, se nos da como alimento para vida de la humanidad entera.

Y participamos de la Eucaristía con el firme convencimiento de que si no comemos la carne del Hijo del Hombre y no bebemos su sangre, jamás tendremos vida en nosotros, no tendremos vida eterna y no resucitaremos en el último día, porque sólo los que comen su carne y beben su sangre, habitan en él y él habita en ellos.


Al final de esta Eucaristía, efectivamente, saldremos a la calle rodeando el Cuerpo del Señor. Pero no lo haremos de cualquier modo. Lo haremos teniendo un sólo corazón y una sola alma, llenos de amor mutuo y llenos de amor a todos los seres humanos, llenos de amor a los más pobres e incluso a nuestros enemigos. Saldremos en procesión a la calle unidos en la Sangre de Cristo, unidos en el Cuerpo de Cristo y ello porque el pan es uno y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un sólo cuerpo porque todos comemos del mismo pan que es el Cuerpo de Cristo y bebemos del mismo Cáliz, del mismo vino que es la Sangre de Cristo.

En esta festividad del Corpus Christi, como siempre pero tal vez más que nunca, debamos vivir intensamente, ante todo el significado profundo de la Eucaristía, pero también el significado de la procesión en la que salimos a continuación.

En cada Eucaristía, queridas hermanas y queridos hermanos, podemos y debemos, descubrir tres dimensiones importantes: la memoria de la cruz; el banquete fraterno que realiza la Iglesia, y la presencia viva del Resucitado el cual nos da una vida nueva.

Ante todo, el memorial de la cruz, es decir, del amor que ha impulsado a Jesús a afrontar su muerte, y muerte de cruz, porque habiéndonos amado, nos ha amado y nos ama hasta el extremo. Se trata de la entrega, de la dedicación, de la consagración, sin límite alguno, en la cual nos ofrece su cuerpo y su sangre hasta el fin para nuestra salvación.

Pero además, celebramos la Cena del Señor, es decir, el banquete, la oferta de una mesa en la que nos alimentamos de Jesús, de su Cuerpo y de su Sangre, de tal modo que él hace de nosotros un sólo Cuerpo, con él y entre nosotros, que hace de nuestra Iglesia una comunidad de hermanos y de hermanas, la más auténtica familia de Dios.

Y por último, en cada Eucaristía, celebramos la presencia real de Jesús resucitado que hace nacer en nosotros una vida nueva y que nos da la maravillosa posibilidad de amarnos como él nos ha amado y nos ama, de luchar por la justicia y la fraternidad, de comprometernos por la verdad y la paz.

Las tres dimensiones de la Eucaristía son profundamente necesarias para nuestra sociedad actual, para la canaria, para la española y europea, para la sociedad del mundo entero. Porque tal vez en nuestro tiempo más que en épocas pasadas, se da la incertidumbre y el replegarse sobre lo personal o los propios intereses, olvidando al resto de la humanidad, olvidando todo esfuerzo por el bien común que, bien entendido, siempre será el bien de todos y de cada uno de los seres humanos, y no tan sólo de unos privilegiados.

Y desde la Eucaristía, podemos y debemos extraer sus mensajes permanentes, propios de toda celebración eucarística, que deben dar sentido a la procesión que realizaremos al final de la Misa, acompañando al Cuerpo del Señor, y que representa nuestro compromiso de situar a Jesús Sacramentado en nuestras calles y plazas.

La procesión nos debe recordar en todo momento, la fuerza inagotable de la Eucaristía, como conmemoración y actualización de la fuerza salvadora de la cruz del Señor. La cruz es poder salvador y la Eucaristía, nacida de la cruz, siempre tiene la capacidad de convertir en pueblo de Dios a la multitud dispersa que habita en nuestros pueblos y ciudades. De ahí que el pan eucarístico que adoramos, sea fuente de unidad y de fraternidad, garantía de solidaridad, estímulo para compartir lo que somos y lo que poseemos, tal como la Iglesia, hoy, a través de nuestra Cáritas nos pide que hagamos con los más pobres y marginados, en esta fecha en la que celebramos el Día de la Caridad, y en la que realizamos una colecta especial para que todos podamos expresar nuestro amor lleno de generosidad, por los más olvidados, los más abandonados de todos, por los que carecen de lo mínimo para subsistir dignamente, es decir, para que podamos expresar nuestro amor por los que nos hacen presente al Señor-Jesús, tal como él nos lo dejó dicho en la Profecía del Juicio Final.

Nuestra sociedad actual, todos lo sabemos, tiende a alejarnos de los grandes valores de la solidaridad, por más que se hable de justicia y de diálogo y compasión. Nuestra sociedad es cada día más permisiva, pero más egoísta. De ahí que la procesión del Cuerpo de Cristo en nuestras calles, deba representar una especie de pacto de solidaridad auténtica, de mutua ayuda, de pacífica convivencia, de un generoso compartir lo que tenemos con los que nada poseen.

La procesión del Corpus, debe ser, pues, una intensa llamada a todos para que descubramos el inmenso valor que siempre tendrán nuestros esfuerzos para vivir en comunión y por considerar con responsabilidad los problemas sociales que sufren tantos hermanos nuestros y que, entre todos, podríamos resolver.

La procesión del Corpus Christi, además, nos debe recordar la primacía de Dios también en la gran ciudad. Una ciudad es sólida cuando se apoya en sólidos cimientos. Y estos cimientos deberán ser los valores compartidos y transcendentes, aquellos que no se pueden ni comprar ni pesar, que nada tienen que ver con el relativismo y el positivismo, con el hedonismo y el egoísmo, pero que son capaces de ofrecer a la existencia humana un horizonte y una esperanza.

La procesión del Corpus Christi nos recuerda que Dios camina también hoy por las calles de nuestra ciudad; que entra en las casas; que sabe estar junto en los lugares de trabajo, de estudio, de sufrimiento; que siempre está y estará en los barrios donde se da la marginación, la miseria y hasta la soledad. Es el Dios con nosotros que nos invita a vivir los unos para con los otros, en la construcción de una convivencia fundada en el amor y en la justicia.

La procesión del Corpus Christi, es por último, una llamada a la reconciliación y a la paz, a una convivencia sin odios ni necesitados; una llamada al diálogo y al respeto mutuo; a la superación de críticas y enfrentamientos, de murmuraciones y de calumnias. Es una llamada al amor.

¡Que el Señor, por la intercesión de la Virgen María, nos ayude a todos los que creemos en Jesús, a vivir de forma consciente y llenos de fe, cada Eucaristía, y dejándonos llenar del amor de Cristo-Jesús, salgamos a nuestras calles y plazas como auténticos portadores del Evangelio del Señor, para la salvación de todos los que se crucen con nosotros en los caminos de nuestras vidas!. ¡Que bendiga a nuestra Cáritas y a nuestros hermanos sumidos en la pobreza!. ¡Que bendiga a toda la Iglesia, a nuestra Diócesis y a cuantos forman parte de ella!. ¡Que así sea!.




Sacerdotes: Homilía Bodas de Oro y Plata 2005 | Ordenación sacerdotal 9 julio 2005: Homilía

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