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SACERDOTES: HOMILÍA BODAS DE ORO Y PLATA 2005
 

BODAS DE ORO Y PLATA SACERDOTALES SAN JUAN DE ÁVILA
(10 de Mayo de 2005)

HOMILÍA

- 2 Cor. 5, 14-20 (IV Común de Pastores)
- Salmo: 116 (VI Común de Pastores)
- Jn. 15, 9-17 (X Común de Pastores)


Queridos hermanos sacerdotes. Queridos sacerdotes que celebran sus Bodas de Oro y de Plata Sacerdotales, Paco Marrero, Antonio Santamaría, Luis González, Ricardo Medina y Antonio Ibañez (Paules). Queridos amigos que se han jubilado: Pepe Cirilo, Pepe Díaz alemán, Vicente Rivero, Pancho López, Juan Marrero, Martín García Álamo y Paco Melián. Hermanas y hermanos todos y aunque ya estará en el Cielo, querido Leonilo:

Una vez más en nuestras vidas, nos reúne en esta Eucaristía, en la festividad de nuestro Patrono del Clero, San Juan de Ávila, a la práctica totalidad de los sacerdotes de nuestra Diócesis. Nos reúne, por supuesto, el hecho de que celebremos la Santa Eucaristía, centro y cumbre de toda la vida cristiana, también centro y cumbre de nuestra vida sacerdotal, a la vez que conmemoración de la vida, pasión, muerte y resurrección del Señor-Jesús. Pero a ello hemos de añadir un motivo más: en esta Eucaristía y con esta Eucaristía, rendimos un especial homenaje de cariño y de admiración, de amistad y de fraternidad, a nuestros sacerdotes que este año cumplen su 50 o su 25 aniversario de su ordenación sacerdotal y a aquellos que se han jubilado; y en esta Eucaristía y con esta Eucaristía, damos gracias a Dios por ellos, por su entrega ministerial y por su perseverancia, por lo mucho que nos han ayudado y por el servicio que han hecho y siguen haciendo a nuestra Iglesia Diocesana. Le damos gracias a Dios por ellos y les damos a ellos las gracias, por su cercanía a todos nosotros, a los sacerdotes que le precedieron a ellos y nos han precedido a nosotros, en la conformación y pervivencia de nuestro presbiterio diocesano.

Damos gracias a Dios y le damos las gracias a ellos, desde el Señor y con el Señor, desde la Iglesia y con la Iglesia, desde la Diócesis y con la Diócesis, desde la Virgen María y con la Virgen María, y también desde aquel admirable y santo sacerdote que fue Juan de Ávila, que tanto bien hizo al clero de su tiempo y que con tanta entrega sacerdotal supo evangelizar y supo ayudar a los más pobres y necesitados de su época.

Esta celebración tiene, pues, un especial significado para todos nosotros, en cuanto sacerdotes, y, en consecuencia, en cuanto presbiterio. Acaso debido a una formación que todos hemos recibido no sin una serie de carencias o de vacíos, el hecho es que nuestra conciencia de constituir un presbiterio diocesano, no deja de ser demasiado débil.

Incluso con frecuencia, se da en nosotros una conciencia mucho más fuerte de pertenencia, por encima de la pertenencia al presbiterio, a grupos concretos, a escuelas de espiritualidad determinadas, a tendencia compartidas de carácter ideológico, a tertulias amistosas de sacerdotes... ¡y a tantas realidades de convivencia más!.

Y de este modo, olvidamos con frecuencia, que desde una buena teología del ministerio, la misión presbiteral basada en el N.T. y desarrollada a través de la historia de la Iglesia, tiene un carácter esencialmente comunitario, es decir, es una realidad colegial.

Recordemos que Jesús envía a sus discípulos de dos en dos, es decir, en una forma colegial para anunciar y proclamar el Reino de Dios, de palabra y de obra. Jesús saca a los discípulos de la familia natural constituida por lazos de sangre, para integrarlos en la nueva familia de hermanos y hermanas, que son los que escuchan su Palabra y la cumplen. Tal vez sea también significativo que ante el fracaso del Señor, “todos los discípulos” lo abandonaron (Mt. 25, 56), pero posteriormente, el Espíritu Santo creó una nueva concordia en la misión (Hch. 2, 1 y sig.) que se mantendría ya permanentemente en la Iglesia primitiva.

En el texto de San Pablo de 2ª Cor. (2 Cor. 5), tan importante para su idea del ministerio, el apóstol se expresa en primera persona del plural: “nosotros...”, apóstoles; “nosotros...”, enviados en nombre de Cristo. De hecho, en el N.T. se alude a que los pastores ejercen su ministerio de forma solidaria, con las visitas fraternas que se hacen (Hch, 21, 17-18; Gal. 2, 1-10), con los intercambios epistolares (Col. 4, 16), con el envío de ministros a las comunidades nacientes (Hch. 11, 19-26; 13, 1-3), con las colectas organizadas en favor de las Iglesias que sufren (2ª Cor. 8-9), con las asambleas que les permiten tomar acuerdos comunes, como en Concilio de Jerusalén (Hch. 15, 1-35). Todo ello nos dice que se es presbítero en el presbiterio, y nunca al margen de él. El servicio ministerial de representar a Cristo-Jesús, necesita inscribirse en una comunidad: el sacerdote está en el presbiterio, en comunión con el obispo y el obispo está en el colegio episcopal, en comunión con el Sucesor de Pedro.

Es cierto que el sentido primero de la colegialidad del ministro es integrar la comunidad o la diócesis, representada por sus presidentes, en el conjunto de la comunión eclesial. Pero la colegialidad significa también que el responsable individual (el presbítero o el obispo) se presenta ante su comunidad como alguien que forma parte o pertenece a la comunidad fraterna de los discípulos de Cristo, ministerialmente insertados y precisamente así remiten al Señor y Maestro del discípulo, a la fuente y meta de toda fraternidad. En una sociedad cada vez más secular, el sacerdote necesita, más que nunca o como siempre, una vinculación personal más estrecha con todo el presbiterio y con su obispo. Necesita también un espacio vital caracterizado por unas relaciones de amistad fraterna. Jesús no sacó a sus discípulos de sus familias para aislarlos, sino para asignarles una nueva familia, la familia de los hijos de Dios. Esa nueva familia, para el sacerdote, será la comunidad cristiana donde ejerce su ministerio, y su presbiterio.

El Concilio Vaticano II nos ofrece en el Decreto “Presbiterorum Ordinis” no pocas referencias al respecto y en relación con el presbiterio:

“Los que son de más edad deben acoger a los más jóvenes como a hermanos y ayudarles en las primeras responsabilidades del ministerio. Han de hacer lo posible por comprender su manera de pensar, aunque sea distinta a la suya y acompañar con comprensión su trabajo. Los jóvenes, a su vez, deben respetar la edad y la experiencia de los mayores e intercambiar con ellos sus opiniones respecto a la pastoral y también colaborar gustosamente con ellos. Han de reunirse gustosos y alegres, incluso para descansar, recordando las palabras del Señor que invitaba a sus apóstoles cansados: “vengan Vds. solos, a un lugar desierto, y descansen un poco” (Mc. 6, 31). Deben, pues, ayudarse mutuamente, tanto en el cultivo de la vida espiritual e intelectual, como para colaborar más adecuadamente en el ministerio, para librarse de los peligros de la soledad, e incluso para comunicarse los bienes” (Cf. P.O. 8).

De todo lo dicho se derivan una serie de preguntas que todos nos debemos de hacer. ¿Por qué la vida de algunos sacerdotes es una existencia aislada?. ¿Por qué se dan críticas y divisiones en grupos entre nosotros?. ¿Por qué la colaboración entre los sacerdotes, en los Arciprestazgos y en la Diócesis, es tan difícilmente alcanzable?. ¿Por qué, con frecuencia, es tan difícil el diálogo espiritual entre nosotros?

San Pablo no dudó en reconocer cómo fue consolado en sus dificultades y tribulaciones, por otros compañero de evangelización o por los colaboradores apostólicos, por las comunidades que había evangelizado y por otros cristianos (Cf. p.e.: 2ª Cor. 7, 6 y sig.). En el consuelo fraterno mutuo se transmite el consuelo mismo de Dios (Cf. 2ª Cor. 1, 3 y sig).
Queridos hermanos sacerdotes: pidamos al Señor, por la intercesión de la Virgen María y de nuestro Santo Patrono San Juan de Ávila, que todos los sacerdotes tengamos un sólo corazón y una sola alma; que aprendamos a sentirnos de verdad miembros de nuestro presbiterio; que demos ejemplo de diálogo, generosidad y trabajo en equipo; que seamos capaces de superar divisiones y críticas, y que nuestro mutuo amor sea un ejemplo vivo para que también nuestros fieles se quieran y se ayuden mutuamente; que por encima de gustos y tendencias, brille la unidad en nuestro presbiterio y su comunión mutua y con el Obispo y con sus colaboradores más directos; que seamos un testimonio claro de la autenticidad de nuestra entrega a Dios y al prójimo, a los más pobres y débiles, mediante nuestra fe común, nuestro idéntico ministerio, nuestra misma esperanza, nuestro único amor que el Espíritu ha difundido en nuestros corazones. ¡Que llene de felicidad y bendiga a nuestros sacerdotes que este año celebran sus bodas de oro y plata de su ordenación y a aquellos que se han jubilado!.

¡Que el Señor, por la intercesión de la Virgen María y de San Juan de Ávila, lleve a una eternidad feliz, a cuantos compañeros nuestros han fallecido en estos últimos años, para que desde el Cielo intercedan por la unidad y comunión de nuestro presbiterio!. ¡Que multiplique las vocaciones sacerdotales y dé consuelo a nuestros sacerdotes enfermos o impedidos!. ¡Que bendiga a nuestra Diócesis y nos bendiga a todos!. ¡Que así sea!.

+Ramón Echarren Ystúriz
Obispo de Canarias

Ver también:




Homilía en Acción de Gracias por Benedicto XVI | Corpus Christi 2005: Homilía de Mons.Echarren

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