A LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS Y SEGLARES DE LA DIÓCESIS DE CANARIAS 13 de Noviembre de 2004 CARTA PASTORAL
Queridas hermanas y queridos hermanos:
Hoy, 13 de Noviembre de 2004, cumplo los 75 años de edad. Debido a ello y tal como nos lo dijo el Concilio Vaticano II y de acuerdo con lo que nos prescribe el C.I.C. , con esta fecha he escrito ya a S.S. Juan Pablo II, nuestro Papa, presentando mi renuncia como Obispo de Canarias.
Lo he hecho lleno de agradecimiento al Señor por mis casi 36 años de Obispo, por los 25 años de Obispo de esta nuestra Diócesis, y por los 46 años de sacerdote.
Mi agradecimiento, además de dirigirse al Señor y a su iglesia, se dirige, de un modo especial y lleno de amor, a los sacerdotes de nuestra Diócesis, a los que tanto debo y en los que siempre encontré una amistad y un deseo de colaborar con mi Ministerio que sólo el Señor les podrá recompensar; y también se dirige a Vds., mis diocesanos, con los que tan feliz me he sentido siempre, y que desde que llegué, me acogieron como a un hermano, y que en su inmensa mayoría, tantas muestras me han ofrecido de amistad y de cariño: les doy las gracias a todos Vds., a los que viven y también a los que ya estarán con el Padre Bueno del Cielo. Y, por supuesto, le doy las gracias a Dios, porque en mi servicio episcopal a la Diócesis de Canarias, me ha permitido conservar la fe, crecer en caridad pastoral, a reafirmarme en mi esperanza, a amar intensamente a la Iglesia del Señor, y a confiar plenamente en la misericordia del Señor.
Por supuesto que esta carta no supone una despedida. Seguiré viviendo en nuestra Diócesis, incluso cuando el Santo Padre nombre a mi sucesor, alternando mi estancia aquí, con Vds., mis hermanos, con algunos tiempos de dedicación a mis familiares que viven en Madrid, y a algunas tareas propias de la Conferencia Episcopal.
Mi agradecimiento quiere extenderse también, no sólo a los cristianos, sino también a tantos y tantos amigos no cristianos, a los estupendos amigos de otras Confesiones ( particularmente cristianas, pero también no cristianas), al gran número de políticos y de autoridades que he conocido a lo largo de estos años (autoridades civiles, militares, judiciales, de los Cuerpos de Seguridad y también municipales), a trabajadores de medios de comunicación social, a los miembros del Cuerpo Consular, a profesionales liberales, empleados, empresarios y obreros, a profesores de la Universidad y de otros centros de enseñanza, a empleados de distintas compañías de viajes y agencias y a multitud de funcionarios... ¡y a tantos y tantos más!: ¡a todos gracias muy de corazón! Por todos los citados y por tantos otros no citados, he rezado, rezo y seguiré rezando cada día, recordando siempre a los que ya han dejado este mundo.
Y no puedo menos que tener un recuerdo muy especial y agradecido a todos aquellos de Vds. que han colaborado de una forma especialmente cercana a mi ministerio episcopal, en mi Secretaría, en el Consejo Episcopal, en la Curia Diocesana y al personal de la casa de Hijas de la Caridad, en los Consejos Pastoral y Presbiteral, en la Secretaría General de Pastoral, en el ámbito de la economía, en el Seminario y en la Pastoral Vocacional, en el Centro Teológico, en el ámbito del Patrimonio Histórico y Artístico, al frente de los Arciprestazgos, en Movimientos Apostólicos, en el Cabildo Catedral... ¡y en tantos puestos de responsabilidad más!. ¡Mi más profundo agradecimiento a todos!.
Gracias igualmente a los Religiosos, Religiosas, a los miembros de Institutos Seculares, a los Contemplativos y Contemplativas..., ¡a todos los que con su oración y entrega apostólica, tanto hacen por la Diócesis y por el Evangelio!.
No creo necesario, conociendo la calidad cristiana de Vds., insistirles que, cuando llegue el momento, reciban con todo su amor al Obispo que me suceda en la Diócesis, y que lo acojan con todo su respeto y cariño, como me acogieron a mí, o mejor si cabe: viene en nombre del Señor, enviado por la Iglesia, a realizar su servicio evangélico a nuestra Diócesis. ¡No caigan en la tentación de querer ocupar el lugar que sólo corresponde al Espíritu, aunque éste actúe a través de mediaciones humanas, exigiendo el modelo de Obispo que a cada uno se le pueda ocurrir!. ¡Seamos humildes, recemos y confiemos en Dios y en la intercesión de la Virgen!. Nadie como el Señor sabe lo que nuestra Diócesis necesita: más aún, es el único que lo sabe....
Y no quiero acabar sin pedirles a todos Vds. su perdón y su comprensión, por tantos y tantos fallos, incoherencias, actitudes poco evangélicas, faltas de acción y de omisión, que haya podido cometer. Les ruego a todos Vds. me concedan su perdón, no sin asegurarles que yo también, gracias a la ayuda del Señor, he perdonado muy de corazón a cuantos, acaso sin darse cuenta, me han ofendido en alguna ocasión.
¡Que el Señor, por la intercesión de la Virgen María, de Nuestra Señora la Virgen del Pino, los siga bendiciendo a todos y en todo!. ¡Y tengan la seguridad que en mí siempre seguirán teniendo un hermano!. Y reciban, con mi bendición más de corazón, un abrazo lleno de afecto!
Ramón Echarren Ystúriz Obispo de Canarias
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