DOMINGO DE RESURRECCIÓN (27 de Marzo de 2005)
HOMILÍA
- Hch. 10, 34ª. 37-43 - Salmo: 117 - Col. 3, 1-4 - Jn. 20, 1-9
Queridos hermanos sacerdotes. Queridas Religiosas. Hermanas y hermanos todos:
Para Pedro, el que le había negado tres veces, pero que ya arrepentido y por tres veces, pone su amor en Jesús, para los apóstoles y discípulos, para los creyentes, el Señor-Jesús ya será y por siempre, el verdadero punto de referencia. El Señor-Jesús ha resucitado, ha vencido la muerte, la suya y la de todos nosotros. De ahí que Pedro, explicando su experiencia de Jesús, muerto y resucitado, a Cornelio y su familia, los primeros paganos que se abren al Evangelio, inicie su testimonio afirmando: “me refiero a Jesús de Nazaret”.
Y Pedro habla del paso de Jesús, como el paso de Dios por la tierra, del que pasó la vida haciendo el bien. A Jesús lo mataron, lo crucificaron, pero Dios, tal como lo conmemorábamos ayer, en la Vigilia Pascual, lo resucitó al tercer día. ¡Esta es la Buena Noticia que también hoy, en esta Eucaristía, la proclamamos con alegría y esperanza!. Y ya desde ahora lo importante será creer siempre en Él, porque todo el que crea en Él se salvará.
San Pablo, por su parte, nos ha dicho que la Pascua es vida eterna, para Cristo-Jesús, ya resucitado, y para cuantos creamos en Él. Por ello, celebrar la Pascua es “barrer la levadura vieja”, cuanto en nosotros hay de viejo, de maldad y de pecado, y empezar a ser “masa nueva”, pan de amor y de verdad, pan de justicia y de solidaridad. Es un reto que tenemos que afrontar con alegría y esperanza, sin angustias, un reto para cada Pascua, para cada Domingo, para cada Eucaristía, para cada día de nuestra vida. Se trata de un proceso de renovación que no acaba jamás.
Y ell Evangelio nos ofrece un hecho extraordinario, particularmente en aquel tiempo: la primera noticia de la Resurrección es para María Magdalena, la que más buscaba al Señor, la que acaso después de la Virgen María fuera ,la que más amaba al Señor porque había sido la que más había experimentado el perdón y la misericordia de Jesús.
Todo fue al amanecer, porque siempre que es Pascua, amanece, todo se hace luz. Los primeros signos pascuales fueron tres: la losa removida, la tumba vacía y las vendas y el sudario apartados. Si recordamos los primeros signos de la Navidad, “pesebre, pañales y un niño”, comprenderemos que Dios siempre nos habla a través de realidades pequeñas, pero que apuntan muy lejos, a lo más alto, a los más excelso.
Después, correrán hacia el sepulcro, los dos apóstoles predilectos del Señor: aquel al que Jesús más amaba que, porque también él amaba más, llega el primero y es el primero en creer, Juan; a continuación, tal vez el que más creía, Pedro, el cual al ver los signos, también creerá en que Jesús ha resucitado. Los dos han creído movidos por el amor y la esperanza. Y también para ellos empieza el amanecer, un nuevo amanecer de una vida nueva, que crecerá junto a su fe, a la luz de Jesús Resucitado.
De la fuerza de Cristo resucitado, nos llega a todos una nueva capacidad de regeneración y de renovación. También para nosotros, todo empieza a ser nuevo a partir de la Resurrección del Señor. Todo huele a primavera a partir de la pascua. Todos los signos de la Pascua, de la Vigilia Pascual, son nuevos y renovadores: el fuego, la luz, el óleo, el pan y el vino, la oración, la alegría de los aleluyas..., todos ya son el soporte de nuestra fe.
Cada Pascua entraña nuevas exigencias, renovarnos y revestirnos del hombre nuevo que es Jesucristo, y limpiarnos con la Sangre del Cordero, de todo aquello que debemos lavar, curar, liberar, renovar, o embellecer y santificar.
Ayer, hoy y siempre, acompañando a la Virgen María, a los Apóstoles, a todos los santos de todos los tiempos y lugares, confesamos que Jesús ha Resucitado y vive, que esta es la gran noticia, que el Espíritu nos está llenando de alegría y de amor, de libertad y fortaleza, de fe y de esperanza, de santidad, para que unidos al Señor, llevemos la Buena Noticia a cuantos nos rodean.
Cristo-Jesús está en medio de nosotros. Vive y nos acompaña, nos alegra y nos renueva. Con él, podemos vencer pecados y enemistades, tristezas y miedos. Ya no creemos en la muerte sin resurrección. Creemos que la vida ha vencido a la muerte, que el verdugo ya no triunfa sobre la víctima, que lo último ya no es el vacío, sino la plenitud de la vida eterna y feliz con Dios.
¡Feliz Pascua de Resurrección, queridas hermanas y queridos hermanos!. ¡Que Dios les bendiga en todo!. ¡Que nos bendiga a todos!. ¡Que así sea!.
+ Ramón Echarren Ystúriz
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