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ECHARREN DOMINGO DE RESURRECCIÓN 2004: HOMILÍA
 

DOMINGO DE RESURRECCIÓN
(11 de Abril de 2004)



HOMILÍA


- Hch. 10, 34ª, 37-43
- Salmo 119
- Col. 3, 1-4
- Jn. 20, 1-9



Queridos hermanos sacerdotes. Queridas religiosas y queridos religiosos. Hermanas y hermanos todos:

¡Jesús, el Señor, ha resucitado de entre los muertos!. Este es el hecho maravilloso que abre la celebración de esta Eucaristía y que enlaza con la vigilia Pascual que ayer noche celebramos llenos de alegría, de luz y de esperanza.

¡Jesús, el Señor, ha resucitado según las Escrituras!, proclamarían Pedro y los Apóstoles, como núcleo central de su predicación primera, fundamento de la fe cristiana, fundamento de nuestra fe.

La Resurrección del Señor, tal como Pedro la proclama a los propios gentiles es el gran acontecimiento que abarca e ilumina todo el misterio de Cristo-Jesús. Todo lo que el Señor dijo e hizo en su vida mortal, adquiere su verdadera dimensión salvadora precisamente a la luz de su Resurrección. La venida del Espíritu sobre Jesús y la manifestación de su poder, en ese pasar por la vida haciendo el bien, en ese su curar a los enfermos y oprimidos, en esa su victoria sobre el diablo, todo ello alcanza su plenitud en la Resurrección, por lo cual ya sabemos que había sido constituido como el Mesías, que era y es el Hijo de Dios, que Dios siempre había estado con él, desde toda la eternidad, y que ya podemos creer en plenitud puesto que el Padre ha vencido en él y por él, el mal, el pecado y la muerte.



Esa es la razón de que aquellos testigos cualificados, den razón, no sólo de la muerte de Jesús en la cruz, no sólo de su resurrección y de su encuentro con el Resucitado, sino de todo el ministerio del Señor, de cuanto había dicho y hecho, prolongando así el testimonio de todos los profetas. Y así cumplen el mandato del Señor proclamando ante el pueblo la salvación universal. En la resurrección, por la que Cristo recibe el nombre sobre todo nombre, la salvación por él obtenida tiende ya a su consecución definitiva, a ese final en el que se manifestará el señorío universal de Cristo-Jesús, Juez y Salvador para toda la humanidad de todo tiempo y lugar.

Este será el motivo de que hayamos proclamado en el Salmo, que hoy vivimos el día en que actuó el Señor, para nuestra alegría y para nuestro gozo.

El Bautismo, un día de nuestro pasado, nos dio la vida nueva, en virtud de la incorporación de nuestra vida a la del Señor resucitado. Nuestra existencia ya se ha convertido en una existencia escondida, sumergida, con Cristo en Dios. Ya podemos, gracias al Señor Resucitado, porque por el bautismo hemos resucitado también nosotros con Cristo, buscar los bienes de allá arriba, donde está el Señor sentado a la derecha de Dios, sin dejarnos esclavizar por los bienes de la tierra, que nos prometen una felicidad que jamás se alcanza. Nuestra vida está ya escondida con Cristo, en Dios, y ello nos llena de esperanza de que un día también nosotros apareceremos con el Señor-Jesús, en la gloria que no tiene fin.

El Evangelio nos ha narrado la búsqueda de María Magdalena, del cuerpo muerto del Señor.

Es la imagen de nuestras búsquedas, tantas veces imperfectas y confusas. Como ella, también nosotros vemos el sepulcro, no comprendemos y acudimos a los apóstoles, a la Iglesia, pensando que nos han quitado al Señor, que no sabemos donde lo han puesto.

Porque como ella, querríamos tener una evidencia del más allá, en lugar de creer, esperar y amar. Pero al igual que María Magdalena, también en nosotros el Señor ha puesto una fuerza interior, un anhelo de esperanza, que en el fondo es un grito, una llamada al Resucitado, aunque como ella, vayamos al sepulcro sin saber muy bien lo que buscamos.

Pedro y Juan, también van al sepulcro. Tampoco ellos saben muy bien lo que buscan. Pero corren hacia él porque, a pesar de todo, esperan sin saber lo que esperan, creen sin saber lo que creen, y aman aunque sin tener conciencia de que están amando, no al que han visto morir en la cruz, sino al que ya vive porque ha resucitado.
Juan, el más joven, llega el primero y contempla los signos propios del que había muerto. También Pedro los ve, entra en el sepulcro, pero no comprende. Cuando Juan entra, ve las vendas y el sudario, y su corazón se abre a la fe: vio y creyó. Creyó que Jesús había resucitado, que vivía, que ya jamás lo encontraría en el lugar de la muerte, sino en el de la vida.

Tanto Juan como Pedro, ya creen. Hasta entonces no habían comprendido la Escritura. Ahora ya recuerdan lo que Jesús les había anunciado tantas veces: que él tenía que morir en la cruz, pero que él había de resucitar de entre los muertos. Y ya todo será luz y gozo para ellos. Como después lo será para María Magdalena.

Realmente María Magdalena representa a la humanidad, en su búsqueda de Jesús. Debemos reflexionar sobre el hecho de que son las mujeres las primeras en testificar la resurrección del Señor. María Magdalena no puede menos que llevarnos a la contemplación de la mejor creyente que ha existido, a la contemplación de la Virgen María, Madre de Jesús, la que nunca dudó, aquella que en nombre de la humanidad pronunció su “sí “ a Dios haciendo así posible la Encarnación, el Nacimiento, la muerte y la Resurrección del Hijo de Dios, de Jesús de Nazaret. Como nos ha dejado escrito nuestro Papa Juan Pablo II, tiene razón la tradición oriental, que pone a la Virgen María a la par o por encima de los Apóstoles, en la seguridad de que ella fue la primera en encontrarse con el Señor Resucitado y de anunciar la realidad de la Resurrección.

Pidamos al Señor, por la intercesión de la Virgen María, que nos conceda una plenitud de fe que nos permita ver a Jesús resucitado, vivo y presente en medio de nosotros, vivo y presente en su Iglesia, y que nos conceda también la valentía de expresar y testimoniar la resurrección del Señor y con él, la plenitud de amor y de paz, que la Madre de Jesús experimentó sin duda viendo a su Hijo Resucitado.

¡Muy felices Pascuas de Resurrección a todos Vds.!. Que el Señor Resucitado nos llene de fe, de esperanza y de caridad, para que seamos siempre, con nuestras palabras y nuestras obras, testigos de Jesús Resucitado y de su Evangelio!.

¡Que así sea!.




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