DOMINGO DE RAMOS ENCUENTRO CON LA JUVENTUD (Moya, 20 de Marzo de 2005)
HOMILÍA
- Is. 50, 4-7 - Salmo: 21 - Flp. 2, 6-11 - Mt. 21, 1-11
Queridos hermanos sacerdotes. Queridos jóvenes. Queridas Religiosas. Hermanas y hermanos todos:
Ante todo, deseo dar gracias a Dios por Vds., los jóvenes cristianos, que en una sociedad en la que lo religioso, lo cristiano, ha sido, no sólo arrinconado, sino desprestigiado y devaluado como si fuera un estorbo que impidiera el desarrollo integral del ser humano, han sabido Vds. responder con una inmensa valentía a ese desprecio, para manifestarse como discípulos de Jesús, como creyentes auténticos, participando en estas jornadas que ahora culminamos con la celebración de la Eucaristía del Domingo de Ramos. Han sabido Vds., los jóvenes, ser auténticos profetas y mostrarse ante nuestra sociedad como seguidores del Señor: han rezado; han hablado de los problemas de nuestro mundo, de sus injusticias, de los pobres y marginados, sin temor a desprecio alguno, con palabras que reflejan la voz de Dios y su amor, un amor por toda la humanidad, y más particularmente por los más olvidados a causa de sus miserias; han perfilado juicios cristianos y compromisos de solidaridad y de entrega a imitación del Señor-Jesús. Y ahora, participan de esta Eucaristía, llenos de fe, para actualizar la vida, la pasión, la muerte y también la resurrección, de Jesús, para alimentarse con su cuerpo roto y con su sangre derramada por amor a toda la humanidad.
Y con esas actitudes en su corazón, han escuchado no sin emoción, las lecturas que este Domingo de Ramos nos ofrece.
En el Evangelio se nos ha recordado la entrada clamorosa de Jesús en Jerusalén. Es una entrada envuelta en alegría y entusiasmo, hay lágrimas y aplausos, hay aclamaciones y cantos. Se trata realmente de un triunfo de Jesús. Pero un triunfo matizado. No es todavía “el día que hizo el Señor”, puesto que ese día será la Pascua. Es “un día” que hizo el Señor, una especie de preludio pascual, una especie de primera entronización mesiánica, esa entronización que el profeta Isaías contempla como la propia de Siervo de los siervos, el que ofrece la espalda al que le golpea, la mejilla a los que mesan su barba, el que no oculta su rosto a insultos y salivazos. Pero que a pesar de todo, no queda avergonzado Es un día en que aparece en todo su esplendor, el hecho de que Cristo, a pesar de su condición divina, no hace alarde de su categoría de Dios, sino que se despoja de su rango, toma la condición de esclavo, pasa por ser uno de tantos, actúa como un hombre cualquiera, se rebaja hasta caminar hacia ese sometimiento a la muerte, y a una muerte de cruz.
Jesús entra en la Ciudad Santa vitoreado por sus discípulos, por los jóvenes y por los niños, por los humildes y sencillos. Es el día del reconocimiento y de la alabanza, es el día de la procesión, de la manifestación, y de la acogida. Es un día de gloria para Jesús. Hasta entonces, siempre había rehuido que le hicieran rey. Pero en esta ocasión acepta las alabanzas y los humildes no pueden callar porque de hacerlo, hablarían hasta las piedras. Y llaman a Jesús bendito, hijo de David, el rey que viene en nombre del Señor.
Es, efectivamente, un día de gloria. Pero matizado. El triunfo de Jesús está rodeado de humildad y mansedumbre, de sencillez y ternura, de compasión y de presentimientos. Jesús entra en Jerusalén con la paz en sus manos y en su corazón, ofreciendo a todos la salvación. No necesita fuerzas humanas, ni guardaespaldas, ni tanques, ni helicópteros. Su fuerza es interior, es la fuerza del Espíritu. Es el triunfo del amor, el triunfo de Dios. Le bastan las cosas sencillas, los niños, los jóvenes, los olivos y las palmas, el burrito.
La entrada del Señor en Jerusalén, es la expresión más perfecta de lo que representa la sabiduría de Dios, frente a los criterios propios de nuestro mundo, fruto a lo que nuestra sociedad considera como lo mejor y más valioso. En una palabra, la entrada de Jesús en Jerusalén es la demostración palpable de que hemos de creer, aceptar y vivir las bienaventuranzas. Que los pobres de espíritu, los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia, los insultados, perseguidos y calumniados por causa de Jesús..., no son, como piensa nuestra sociedad, los más desgraciados, los despreciados por cobardes, los dignos de lástima, los que no valen para nada, los que sólo son dignos de una vanidosa compasión, los equivocados e ignorantes... El Señor, nos dice, y Vds. lo han reflexionado y rezado, que Dios los contempla, como los mejores, como los más valiosos a sus ojos, como los verdaderamente dignos del Reino de los Cielos, del consuelo de Dios, del alimento que viene de los alto, de la misericordia del Padre Bueno, de los más dignos de ver a Dios y de ser hijos de Dios, de la alegría y de la felicidad de tener segura una recompensa que sólo el Señor puede conceder. En una palabra, esos a los que el mundo desprecia, son los realmente dichosos, los verdaderamente bienaventurados.
¡No tenga Vds. miedo y acepten la lógica de Dios que nada tiene que ver con la lógica de nuestro mundo!. ¡Y no caigan en la tentación de querer entender racionalmente, lo que la razón humana jamás conseguirá desentrañar: la visión que Dios tiene del pasado, del presente y del futuro, de los corazones humanos, sólo se puede intuir desde la fe, desde la esperanza, desde el amor y la solidaridad!. ¡No tengan miedo!, ¡fíensen de Jesús de Nazaret!: al final se convencerán de que no hay otros caminos para ser felices que los que ofrece el Señor-Jesús, el que es, ha sido y siempre será, el Camino, la Verdad y la Vida, el que no nos impone las bienaventuranzas como logros que hay que cumplir, como normas de obligado cumplimiento, sino como una revelación de la visión que Dios tiene del mundo y de la humanidad, es decir, como una llamada a la esperanza en un mundo, como el nuestro, lleno de miseria, de dificultades, de injusticias, de violencias, de odios y de rencores, de guerras y de falta de amor, de materialismo y de orgullos estúpidos, de ansias de poseer todo (dinero, poder, prestigio, sexo...), aunque nos deje el corazón vacío.
Y como es lógico, no todo Jerusalén recibe a Jesús. Ni siquiera las personas más significativas. Jesús lo sabe. El tiene conciencia que incluso algunos de los que le aclaman, pedirán días después a Pilato que lo crucifique. Esa conciencia del rechazo de su pueblo, le hizo llorar en otra ocasión, y no porque Jerusalén le rechazara sino porque rechazaba su propia salvación, porque rechazaba su propio reino. Rechazarán el amor más grande que se puede soñar. Y no hay mayor dolor que un amor rechazado, un amor que les hubiera producido vida, felicidad, libertad.
Contemplando la entrada de Jesús en Jerusalén, podemos decir que es imposible ver a un Dios más humano, más humilde, más respetuoso. Y a la vez, más fuerte. Vemos la grandeza de Dios, en la pequeñez y en la humildad; vemos el poder de Dios, en la no violencia; vemos la fuerza de Dios en el amor.
En este Domingo de Ramos , ya se anuncia la Pasión del Señor. Jesús es el Siervo de Dios, el que sabe escuchar siempre, el que sabe ofrecer palabras de aliento, el que es capaz de curar y sanar, el que carga con nuestros pecados, el que nos cura con sus heridas. Por eso pudo anunciar a los pobres que Dios les ama preferencialmente, que nunca los abandona aunque nosotros los abandonemos y le abandonamos a él, que les ofrece un mensaje de confianza y de esperanza, que les dice que Dios está con ellos y que tienen la salvación asegurada.
Todo ello se lo dice también a Vds., jóvenes cristianos, para que aunque en sus vida haya fallos e incoherencias, sepan que él siempre les está esperando, siempre les perdonará, siempre les llamará para que le ayuden a cumplir su misión, en la Iglesia y en el mundo.
En el nombre de Jesús, ¡gracias queridos jóvenes por su entrega al Evangelio y su presencia en esta Eucaristía!. ¡Que el Señor, por la intercesión de la Virgen María, les bendiga siempre y en todo!. ¡Que así sea!.
+ Ramón Echarren Ystúriz
|