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HOMILÍA DE LA FESTIVIDAD DE NTRA. SRA. DEL PINO |
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NUESTRA SEÑORA LA VIRGEN DEL PINO (8 de Septiembre de 2003) HOMILÍA
Excmo. Sr. Representante de S.M. el Rey D. Juan Carlos. Muy estimadas y respetadas autoridades autonómicas, judiciales, insulares y municipales. Muy Honorable miembros del Cuerpo Consular. Hermanas y hermanos religiosos. Queridas amigas y queridos amigos todos:
Una vez más en nuestra vida, la Comunidad Diocesana de Canarias, viene a celebrar la eucaristía, junto a nuestra muy querida Patrona, junto a Ntra. Sra. la Virgen del Pino, aquí, en su casa, en esta Basílica de Teror, que durante todo el año, pero de un modo especial en este día de su festividad, se convierte en un verdadero faro de luz, de una luz que ilumina los corazones de todos los canarios y de todos cuantos aquí, en Canarias, han encontrado un verdadero hogar.
Hoy, particularmente los discípulos de Jesús, los que constituimos la familia de los hijos de Dios en esta nuestra Diócesis de Canarias, contemplamos, con los ojos y con el corazón cargados de esperanza, a la virgen María, bajo su advocación de Ntra. Sra. la Virgen del Pino, y le suplicamos que nos ayude en esas mil dificultades que acompañan nuestra vida, la vida de nuestros familiares y amigos, la existencia de tantos y tantos hombres y mujeres que conviven con nosotros en Canarias y muchos de los cuales se encuentran sumidos en el dolor y en la enfermedad, en la pobreza, o en el abandono de todos. Y acudimos a Ntra. Sra. la Virgen del Pino, nuestra Patrona, con el convencimiento de que en ella siempre encontraremos la mejor intercesora para alcanzar la misericordia y el cariño, la comprensión y el perdón, de Jesús, el Señor, del Padre Bueno del Cielo, y también esa asistencia del Espíritu Santo que, cada uno de nosotros, cada ser humano, toda nuestra sociedad canaria, siempre necesitamos para que la luz de Dios inunde nuestras conciencias, las estructuras sociales, la convivencia humana, para que seamos conducidos a la felicidad definitiva que todos anhelamos, en muchos casos sin ser conscientes de ello.
Todos sabemos que la humanidad está viviendo un hecho nuevo en su historia, un hecho inédito, que se verifica acaso por primera vez después de milenios: un profundo sentido de la libertad humana. Libertad sobre muchos condicionamientos naturales y que se alcanza a través de los descubrimientos tecnológicos que han disminuido o abreviado tanto el espacio como el tiempo, haciendo quelas relaciones humanas se multipliquen y sean más rápidas que nunca. Libertad, también, en su sentido de emancipación respecto a normas, costumbres y convenciones sociales. Nunca el ser humano ha vivido más liberado respecto a referencias que parecían necesarias, obligatorias y hasta evidentes.
Se trata de una explosión de libertad que realmente constituye un hecho totalmente nuevo. Pero al mismo tiempo que se da ese crecimiento poderoso e imparable de la libertad personal, no podemos menos de tomar conciencia y reconocer con humildad que jamás la libertad ha sido tan manipulada: los grandes instrumentos del consumo social que la adormecen y la conducen, mediante las técnicas más sofisticadas. La libertad que alcanza como una gran conquista la humanidad de hoy, particularmente en los países de occidente, nunca ha sido tan grande pero jamás ha sido tan frágil ni ha estado en un peligro mayor de ser mal empleada.
¿Cómo podemos los cristianos vivir y actuar en este mundo embriagado de libertad, pero al mismo tiempo tan amenazado en la verdad más profunda de esa libertad?
Los que creemos en Jesús debemos afrontar esta situación inédita, aprendiendo a caminar desde las raíces mismas de nuestra libertad, esas raíces que María y José nos muestran en el Evangelio.
En la Virgen María, la Madre de Dios, se da una triple relación con Dios. Cuando el Ángel se le presenta, en ocasión de la Anunciación, le dice a María: “Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo”. Es la expresión de la relación de María con el Padre del Cielo, una relación que implica alegría porque Dios la ha colmado de multitud de bienes gratuitos, de bendiciones espirituales especiales y excepcionales, previas a la misión que el Señor le va a encomendar.
Y el ángel añadirá: “no temas, María, puesto que Dios te ha concedido su favor. Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús”. Se trata de la plenitud de la participación materna en la concepción de Jesús, plenitud que une indisolublemente a María con Jesús, con una relación física, tangible, biológica. Y además, con una ligadura de responsabilidad ya que será ella la que dará el nombre a su hijo, de acuerdo con la voluntad de Dios, y no el padre legal, José, aquel hombre santo que estaba ya prometido a María.
Sin embargo y al mismo tiempo, la relación maternal y de responsabilidad inicial de María con el destino de su hijo, Jesús, estará subordinada a la total autonomía del Hijo: “él será grande, será llamado Hijo del Altísimo: el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la estirpe de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin”.
Y también se manifiesta la relación de María con el Espíritu Santo, el cual “vendrá sobre tí y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso lo que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios”. El mismo Espíritu que sobrevolaba sobre las aguas en el inicio de la creación, el que protegía como una nube al pueblo elegido en su camino de liberación por el desierto, ahora está con la Virgen María. Ella vive así, en aquel momento único de la Historia de la Salvación, en íntima relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.
Pero es bueno que contemplemos como María vive, en el interior de su conciencia esta triple relación.
El primer aspecto de la conciencia de la Virgen María, viene subrayado por el hecho de que María, al oír las palabras del ángel, se siente profundamente estremecida ante el misterio divino, el cual, aunque le fuera una realidad familiar, ella que había sido concebida sin pecado original, no le impide admitir la infinita distancia existente entre ella y Dios, convencida de que hay un más allá de toda humana capacidad de pensar, entender y comprender, algo que le produce temor y turbación.
Sin embargo, ello no le roba nada a su personalidad, una personalidad llena de firmeza y capaz de pedir una explicación: María se pregunta y pregunta, sobre qué sentido tenían aquellas palabras, aquel saludo del ángel. María no pierde la calma y frente al misterio de la intervención de Dis en su vida, manifiesta una conciencia realmente libre, capaz de solicitar luz, claridad, una explicación. De ahí que pregunte al ángel: “¿Cómo será eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?”. María, libre y con una decisión tomada, quiere comprender la posible relación entre su propósito virginal, y el plan de Dios sobre su vida. Y lo hace con toda atención y con total desenvoltura. Su libertad crece y se configura abiertamente ante el misterio de Dios, se llena de luz, de una luz que será cada vez más intensa.
María vive esa triple relación con Dios, con una conciencia profundamente firme y equilibrada, y, al mismo tiempo, capaz de ponerse o de abandonarse en las manos de Dios: “aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices” o que se haga según tu palabra...
Y se podría añadir que su relación con Dios, la vive no sólo pensando en ella misma, sino en nombre de su pueblo Israel, cuya fe ella encarna, y con esa fe, la espera secular del Mesías y la esperanza ilusionada de salvación. Es el Israel entero el que en ella responde a Dios. Y vive y responde todo ello, también en nombre de la Iglesia del Señor, de nuestra Iglesia, e igualmente en nombre de la humanidad entera, de la de todos los tiempos, lugares y razas. María habla y responde igualmente en nombre de todos nosotros, y vive ese momento, y vivirá siempre, en favor de todos nosotros. Y vive ese momento y vivirá siempre en favor de todos los hombres, en la cumbre de la libertad de cada uno, en la cumbre maravillosa de una adhesión libre y, al mismo tiempo, dócil y llena de reverencia, capaz de discernir, entregada sin miedo al misterio de Dios. Así es como la libertad humana alcanza su total plenitud: “mi alma glorifica al Señor -cantará María- porque ha mirado la humildad de su sierva. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso. Su nombre es santo y es siempre misericordioso con aquellos que le honran. Desplegó la fuerza de su brazo y dispersó a los de corazón soberbio. Derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada”.
Y algo parecido habría que decir de José. También él ha tomado libremente una decisión. Y la ha tomado porque no se ve digno de intervenir en un ámbito propio de María y de su concepción, que ha comprendido que pertenece al Espíritu Santo, es decir, a Dios, razón para él suficiente para retirarse. El ángel del Señor le pedirá que no tema, que no tenga reparo en recibir a María porque la creatura que hay en ella viene del Espíritu Santo, que la reciba, que de el nombre de Jesús a aquel niño y que aquel niño que va a nacer salvará a su pueblo de los pecados. Y José, como María, acepta libremente la misión que Dios le encomienda.
Dios ha respetado la libertad de María y de José. Y María y José ha respetado la libertad de Dios. Y Dios hará el milagro de que aquellas realidades contradictorias para la razón humana, se hagan compatibles en el interior de un misterio que nunca podremos comprender, pero que podemos vivir plenamente desde la inteligencia de nuestra fe: María es Madre sin dejar de ser Virgen; José es padre y esposo, sin serlo según las normas humanas.
María, la Virgen, es efectivamente una creatura humana plenamente libre, capaz de responder libremente a la interpelación divina, capaz de ejercer su libertad en su relación personal con el misterio de Dios. Es realmente un modelo ejemplar de libertad. Una libertad, además, no simplemente espontánea, que se contenta con ofrecer una total docilidad, sino que la ejerce en una libre relación con el Padre del Cielo que la declara bendita, con el Hijo de Dios que va a engendrar como hombre, con el Espíritu Santo que la va a cubrir con su sombra. Y la riqueza de estas relaciones se extiende al ángel, a la historia de su pueblo, a la Iglesia y a la humanidad entera. Es una libertad que no se expresa en un replegarse sobre sí misma, sino que se realiza en una extraordinaria riqueza de auténticas y muy significativas relaciones más allá de su propia persona. Es, por tanto, una libertad que se entrega a los demás, que se abre a toda realidad humana y divina, pero que, simultáneamente, se fundamenta en una equilibrada conciencia de sí misma, es decir, en la más verdadera posesión de sí misma. María y su libertad no se dejan arrastrar, arrullar, entusiasmar, sino que sabe discernir y reconocer su dependencia. Es, por tanto, una libertad humilde, que se confía al misterio de Dios, una libertad que se une a su perfección como persona humana.
Es, en consecuencia, y como en el caso de José, un modelo del siempre fatigoso camino que la libertad humana debe recorrer para convertirse en una libertad más auténtica, más plena, mejor realizada, en relación con el misterio de Dios, y, en consecuencia, con el misterio de la Iglesia, con la historia y con todas aquellas realidades que acompañaron a la historia de la salvación del ser humano por Dios.
Este será el fruto que podemos alcanzar, cuando todos estamos recorriendo, en nuestras vidas, el nada fácil camino de la libertad, a veces zigzagueando , puesto que no queremos emplear nuestra libertad de una manera real, y nos dejamos dominar por cualquier instinto, por odios y rencores, o porque preferimos la pasividad de hacer lo que nos dictan otros a los que imitamos sin crítica alguna, o porque usamos de la libertad encerrados en nuestro egoísmo, o porque somos caprichosos e irresponsables, o porque llamamos libertad a hacer lo que a cada uno nos viene en gana, más allá de todo razonamiento realmente humano.
Las consecuencias de participar de la libertad de María y del propio José, suponen, si los imitamos y en cuanto cristianos, una auténtica maduración en el más rigurosos y atento ejercicio de nuestra propia libertad.
En primer lugar: en la medida en que sepamos partir de Dios y hacer partir nuestra libertad de Dios, la Trinidad Santa habitará en nosotros. Es lo que dará plenitud y seguridad a nuestras vidas. Nuestros cambios con los años, los acontecimientos, todo lo que puede afectar a nuestras existencias, nunca serán dramas o traumas que nos conduzcan a depresiones o pérdidas de esperanza: el Padre Bueno del Cielo siempre habitará en nuestro corazón.
En segundo lugar: de la presencia de Dios en nosotros, brotará siempre el consuelo del Espíritu Santo, el Espíritu enviado por el Padre en nombre de Jesús, el cual siempre nos iluminará y nos recordará cuanto el Señor nos ha dejado dicho. No tenemos que hacer inmensos esfuerzos de memoria respecto a lo que debemos hacer en cada momento. Será el Espíritu consolador el que nos ayudará en todo momento a decir “sí” a Dios, como María dijo “sí” a la voluntad de Dios, y como José dijo “sí” a la propuesta de Dios.
Y el Espíritu Consolador, puesto que es el Espíritu de la Verdad, nos impulsará a proclamar el Evangelio, la buena Noticia de la Salvación, del perdón y de la misericordia de Dios, del Reino de Dios y de su justicia, a cuantos nos rodean en nuestro caminar por la vida.
Y por último: encontraremos la madurez de la paz, la paz del Señor, esa paz que el mundo no sólo no ofrece, sino que continuamente destruye con sus violencias, egoísmos e injusticias. No es la paz de los satisfechos egoístas. No es tampoco la silenciosa paz de los cementerios. Es la paz de Dios, que vence miedos e inseguridades, que destruye en su raíz depresiones y antagonismos, odios y rencores, agresividades y nostalgias tristes del pasado. Es la paz que libera el corazón humano de la esclavitud del amor al dinero; de la esclavitud de una sexualidad enloquecida, egoísta y alienante; de la esclavitud del sometimiento a los más ricos, poderosos o prepotentes; de la esclavitud de estar sometidos a cualquier materialismo que destruye el valor de la persona humana y nos lleva a olvidar a los más pobres, humildes y excluidos de todo bienestar. Hoy, como siempre y tal vez más que nunca, la gente tiene una inmensa necesidad de personas que con su propia manera, serena, convencida y pacífica de hacer las cosas, muestren a los demás que existen valores por los que merece la pena vivir, conocer a Cristo-Jesús y comprometerse por su Evangelio y por su Iglesia.
Que la Virgen María, que Ntra. Sra. la Virgen del Pino, nos ayude a alcanzar esa libertad, fruto del Espíritu, que ella, con San José, supo vivir como maravilloso ejemplo para cuantos creemos en el Señor y para la humanidad entera.
¡Que el Señor, por la intercesión de Ntra. Sra. la Virgen del Pino y de San José, nos bendiga a todos, a los que estamos aquí presentes celebrando esta Eucaristía, y a cuantos no han podido acompañarnos, y, de un modo especial, a los enfermos, a los que hoy trabajan, a los que sufren la pobreza y también a aquellos que no conocen al Señor o se han apartado de él y de su Iglesia!.
¡Que a todos nos conceda el mejor uso posible de la libertad, junto con la paz y los consuelos de Dios!.
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Carta Pastoral: A los turistas | Retiro sacerdotal de Adviento 2003
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