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JUEVES SANTO 2005: HOMILÍA DE LA CENA DEL SEÑOR |
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JUEVES SANTO EUCARISTÍA DE LA CENA DEL SEÑOR (24 de Marzo de 2005)
HOMILÍA
- Ex. 12, 1-8. 11-14 - Salmo 115 - 1ª Cor. 11, 23-26 - Jn. 13, 1-5
Queridos hermanos sacerdotes. Queridos religiosos. Queridas hermanas y queridos hermanos todos:
Jesús, el Señor, en la última Cena con sus discípulos, transciende la Pascua Judía, anticipando su propia Pascua. Para ello instaura la Eucaristía. Y en ella y con ella, sigue pasando entre nosotros y para nosotros, para llenarnos de libertad, de vida y de amor.
Y en este año, que por voluntad de nuestro Papa, es el Año de la Eucaristía, debemos recordar que la celebración de la Eucaristía es la más maravillosa tradición que ha llegado hasta nosotros, la más importante tradición que tiene la Iglesia, y también, la mejor conservada. La Eucaristía de aquella tarde que Jesús celebra con los suyos, sigue siendo el Sacramento de vida, el memorial de la muerte y de la resurrección del Señor, la prenda segura de la Parusía, de su retorno definitivo. Por eso mismo nos dejará dicho: “¡Hagan esto en memoria mía!”. Y así lo seguimos haciendo: día tras día, año tras año, siglo tras siglo, hasta que vuelva.
Todos los días han de ser días de amor para nosotros. Pero el Jueves Santo ha de ser el gran día del amor, el día en el que el amor se impone a todo. Un día sin amor es un día vacío, un día muerto, un día que nunca contará en el calendario de nuestra vida. Pero no amar intensamente en el Jueves Santo, es un absurdo, un contrasentido, una profanación.
Jueves Santo es el día en que Jesucristo amó a los suyos, a toda la humanidad, hasta el fin. Fue y es el culmen de toda una trayectoria, de una existencia dedicada a hacer el bien, y, al mismo tiempo, el arranque de un tiempo nuevo, el principio de todos los encuentros del hombre con Dios a través de Jesús.
Jesús llama amigos a sus discípulos y entre los amigos no puede menos que haber una total comunicación, una total intimidad, una plena permanencia. Y esa amistad de Jesús se realiza de una manera misteriosa y maravillosa, en esa Cena de amor. Toda cena compartida es signo de unidad. Pero en esta Cena Santa, Cristo mismo se hace alimento, se hace comida y bebida para que sus amigos puedan alimentarse de su Cuerpo y de su Sangre. No es posible una mayor amistad, una comunicación mayor. Después de comulgar, podemos ya decir que nuestra vida es Cristo, que es el Señor el que vive en nosotros, que ya no queremos nada más que aquello que el Espíritu nos ofrezca.
El Señor-Jesús optó por una vida de servicio. Su misión fue la de evangelizar, liberar, amar. No tenía tiempo para sí, ni vivía para sí mismo. Y para que la lección les entrara por los ojos, se puso a lavarles los pies. Lavar los pies era un oficio propio de los esclavos. Y Jesús se hace esclavo. Es un gesto que nos debiera impresionar porque nos revela su humildad, su delicadeza, su servicialidad. Jesús se pone a los pies del ser humano, se abaja, se despoja, y todo lo hace por amor.
Es una de sus grandes lecciones. Con ella nos pide que también nosotros aprendamos a lavar los pies de nuestros hermanos; que visitemos a los enfermos y los acompañemos; que estemos cerca de los reclusos; que demos nuestra mano a los ciegos; que hagamos compañía a los ancianos; que recibamos a los inmigrantes; que ayudemos a los más pobres. Así también nosotros nos haremos, con nuestro amor, comestibles, gastaremos nuestra vida haciendo el bien, aprenderemos a darnos a los demás.
Esta es la razón de que la Eucaristía y el lavatorio, se complementen, se iluminen mutuamente, que nos iluminen a nosotros.
En la última Cena, Jesús anticipa la entrega de su vida, una vida que ha ido entregando, que se entrega en el lavatorio de los pies, que se entrega de acogida en acogida, de trabajo en trabajo, que se entrega del todo, en la Eucaristía y en la cruz. Escoge el pan y el vino para significar visiblemente esa entrega como pan que se parte y se come; un vino que rebosa y se bebe. Cristo también será roto y su cuerpo herido hasta la muerte, su sangre derramada hasta la última gota. Todo ello será el precio de la Redención, el alimento de la salvación, la medicina de la inmortalidad, la fuente de la vida definitiva. Y de esa fuente primera, brotarán todos los amores generosos.
Ya nunca podremos dudar que nuestra vida está fundamentada y enraizada en el amor de Dios; que hemos nacido de un gran amor; que estamos protegidos por un Dios-Amor; que estamos destinados a una eternidad de amor; que nadie puede ya sentirse excluido del amor de Dios.
La comunión de Cristo entregado, nos capacita y nos urge a vivir una vida entregada al prójimo y a Dios. Nos permite hacernos manos y pies los unos para los otros, curarnos las heridas, perdonarnos las ofensas, acompañar las soledades, encender la esperanza en los desesperados. Así podremos salir al mundo para dar testimonio de que Dios nos ama infinitamente.
Hoy, Jueves Santo, pedimos al Señor, por la intercesión de la Virgen María, que seamos capaces de contemplar a los pobres con los ojos compasivos de Dios; que seamos capaces de padecer con los que sufren, que su dolor sea el nuestro, que hagamos nuestras también sus esperanzas; que seamos capaces de compartir con ellos lo que tenemos y lo que somos, que nadie se sienta triste y abandonado a nuestro lado, que todos descubran el amor de Dios en nuestro propio amor. ¡Que así sea!.
+ Ramón Echarren Ystúriz
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Misa Crismal 2005 : Homilía de Monseñor Echarren | Viernes Santo 2005: Homilía de la Pasión del Señor
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