JUEVES SANTO DÍA DEL AMOR FRATERNO (8 de Abril de 2004) CARTA PASTORAL
Queridos hermanos:
La Iglesia, nuestra Iglesia, y todos nosotros, cristianos, con ella, conmemoramos en este Jueves Santo, en la celebración de la Cena del Señor, ese acontecimiento tan inmenso que es la institución de la Eucaristía por Cristo-Jesús, la institución de lo que siempre será el momento y el lugar, privilegiado y central, culminante, de nuestro ser cristiano y de nuestro ser Iglesia.
Jesús, el Señor, habiendo amado a los suyos, es decir, a toda la humanidad, la amó hasta el extremo. Nadie ama más que aquel que da la vida por los suyos. Y Jesús, el Señor, que no vino al mundo para juzgar y condenar, sino para servir y dar vida, nos ofrece en cada Eucaristía, su Cuerpo roto y su Sangre derramada, como conmemoración y como actualización, de una entrega total del que era y es verdadero Dios y verdadero hombre, una entrega que significa un misterio que sólo se puede desentrañar desde esa clave que nos ofrece la maravillosa realidad de que Dios es Amor.
La Eucaristía es la fuente, el corazón de nuestra fe, el alimento cotidiano de nuestro amor, de nuestra caridad: comulgando unidos al Pan de la vida, nos convertimos en Cuerpo de Cristo, no en muchos cuerpos, sino en un sólo Cuerpo, del cual Cristo es la Cabeza; comulgando unidos al Pan de la vida, confesamos que Dios es nuestro Padre del Cielo, y nos sentimos lo que realmente somos, es decir, hermanos de todos los seres humanos, porque todos han sido creado a imagen y semejanza de Dios y por todos ha entregado su vida el Señor-Jesús.
La clave de todo este misterio no es otra que la revelación de la naturaleza profunda de Dios, de Dios que es amor, espíritu y luz, la revelación de la naturaleza del Hijo de Dios, que es camino, verdad y vida. De ahí que “nos debemos amar los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”, “en tanto que el que no ama, no conoce a Dios, puesto que Dios es amor”. Y “el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y nos envió a su Hijo”, para salvarnos, “para liberarnos de nuestros pecados”. Creer en ello, aceptarlo, asumirlo, como María aceptó y asumió el ser la Madre de Jesús, entraña necesariamente el que también nosotros nos amemos los unos a los otros, tanto como discípulos de Jesús, como en cuanto seres humanos, porque en la medida en que amamos y que nos amamos, “Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado a su perfección”. “Si alguno dice: yo amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso; porque quién no ama a su hermano a quién ve, no puede amar a Dios a quién no ve”. El mandato que hemos recibido de Jesús es “que el que ama a Dios, ame también a su hermano”, sea de la raza que sea, sea del pueblo que sea, sea amigo o sea enemigo, sea cual fuere su estado y condición.
Todo ello nos explica que en este Jueves Santo, a la luz de la Eucaristía. Supremo acto de amor del Señor, celebremos el Día del Amor Fraterno. En este Jueves Santo, de un modo especialmente intenso, la Iglesia a través de Cáritas, nos recuerda que “quién no práctica la justicia y quién no ama a su hermano, no es de Dios”, que “hemos conocido lo que es el amor, en que Jesús ha dado su vida por nosotros”, y que, en consecuencia, también nosotros, si nos consideramos discípulos de Jesús y participamos de su Cuerpo y de su Sangre en la Eucaristía, “debemos dar la vida por nuestros hermanos”, puesto que “si alguno que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano en necesidad y no se apiada de él, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?”.
Amar a los amigos, amar a los nuestros, amar a los que el mundo considera dignos de todo amor y admiración, amar a los importantes, también lo hacen los paganos, los indiferentes, los agnósticos y los ateos. Lo propio de los que creemos en Jesús, lo más específico, lo que define el Amor Fraterno, tal como se nos ha revelado, consistirá precisamente en amar a los más pobres y sencillos, a los más insignificantes y excluidos, a los que el mundo desprecia, amar a los enemigos y a los que nos odian, a los que nos desprecian y persiguen. El amor Fraterno así entendido, supone amar a todos los hijos de Dios, sin excepción alguna, sin hacer acepción de personas. Y ese Amor Fraterno será “la señal de que amamos a Dios y de que cumplimos sus mandamientos”.
Hoy, en este Jueves Santo, la Iglesia a través de Cáritas, nos pide que seamos conscientes de que Jesús, el Señor, cuyo Cuerpo y Sangre comulgamos, se nos hace presente también en los más pobres, pequeños y débiles, de tal manera que, tal como él nos lo ha dejado dicho, lo que hagamos o dejemos de hacer a ellos, se lo hacemos o se lo dejamos de hacer al mismo Cristo., hasta el punto de que “en el ocaso de nuestras vidas, se nos juzgará de amor”.
Pidamos al Señor, por la intercesión de la Virgen María, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, nuestra Madre del Cielo, que bendiga a nuestras Cáritas y a cuantos colaboran con ellas, que bendiga a los más pobres y necesitados a través de nuestro amor, que nos llene de su amor y de su generosidad para que el Amor Fraterno, hoy y siempre, sea una realidad en cada cristiano, en cada comunidad cristiana, en toda nuestra Iglesia, en el mundo entero y para toda la humanidad. Pidamos al Señor, por la intercesión de Ntra. Sra. la Virgen del Pino, que el amor Fraterno transforme de tal modo nuestra comunidad diocesana y a la humanidad entera, que la paz y la comprensión, el amor y la justicia, la verdad y la igualdad, el respeto a la dignidad humana y la fraternidad, se hagan realidad para todos y cada uno de los seres humanos, en Canarias y a lo largo y ancho del mundo, de tal forma que el Amor Fraterno reine en todas las conciencias y en todas las estructuras, haciendo desaparecer para siempre esos “mecanismos malévolos y esas estructuras de pecado” (Juan Pablo II) que tanto dolor e injusticia producen en millones de personas y en multitud de pueblos empobrecidos.
Las Palmas de Gran Canaria, 17 de Abril de 2004.
Ramón Echarren Ystúriz Obispo de Canarias
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