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JUEVES SANTO: HOMILÍA DE LA CENA DEL SEÑOR |
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MISA DE LA CENA DEL SEÑOR JUEVES SANTO (8 de Abril de 2004)
HOMILÍA
- Ex. 12, 1-8. 11-14 - Salmo: 115 - 1 Cor. 11, 23-26 - Jn. 13, 1-15
Queridos hermanos sacerdotes. Queridas religiosas y queridos hermanos:
Con esta celebración de la Misa de la Cena del Señor, iniciamos el Triduo Sacro, ese Triduo Pascual que nos permite volver a vivir la pasión, la muerte y la resurrección del Señor-Jesús, ese Triduo que culminaremos con la Vigilia Pascual.
Todos estos acontecimientos que actualizamos, desde la noche de la agonía de Jesús en Getsemaní, hasta la crucifixión y su muerte, hasta aquella triste noche del sepulcro, para alcanzar la noche llena de luz de la resurrección, se resumen en este único gran misterio de la Eucaristía, ante el cual inclinamos la cabeza, nos arrodillamos adorando al Señor-Jesús en lo más profundo de nuestro corazón, en el silencio cargado de admiración, de todo nuestro ser.
En la última Cena, en efecto, Jesús ha sellado, con la entrega de sí mismo a la muerte, la historia de su amor infinito, un amor que ninguna traición ha podido detener, ningún canto de gallo ha podido impedir. Su hora, la hora que concentra todas las horas de su vida y todas las horas de la historia de la humanidad, la hora de su suprema entrega, de su entrega total y gratuita, se contiene en la Eucaristía, la cual todo lo anticipa y todo lo reasume.
Todos nosotros somos invitados, por las lecturas que hemos escuchado, por ese gesto del lavatorio de los píes de que nos ha narrado el Evangelio, a contemplar el misericordioso actuar de Dios, el cual, en Jesús, supera todo obstáculo para salir al encuentro del ser humano. Y somos invitados, también, a considerar todas las posibles respuestas de los hombres a ese actuar misericordioso de Dios, en esta hora de Getsemaní, en la hora de la muerte y de la resurrección de Jesús, en la hora de la Eucaristía.
La iniciativa misericordiosa de Dios se describe tanto en las tres lecturas, como en la narración del lavatorio de los pies, que se nos ofrecen en tres puntos llenos de contenido:
- Dios amonesta y corrige a la comunidad de Corinto, que no acaba de comprender el significado profundo de la Eucaristía. - Jesús se hace servidor de sus discípulos y les lava los pies, para mostrar que habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo - Jesús acepta el beso de la traición de Judas, y ello porque ofrece su amor, incluso a quién le traiciona y reniega de él.
Se trata de tres mensajes que nos revelan un único modo de actuar de Dios, un modo lleno de amor y de misericordia, un modo que se expresa en la Eucaristía mediante el signo de su Cuerpo roto y de su Sangre derramada.
La liturgia de esta tarde nos transmite esas palabras del Señor, recogidas por San Pablo: “hagan esto en memoria mía”, palabras que repetimos en cada Eucaristía y palabras que adquieren un significado particularmente intenso en este Jueves Santo, en el día que conmemoramos la institución del sacramento de la presencia real de Cristo.
Se trata de una liturgia llena de riqueza, en símbolos, en gestos, en significados, que expresa un único grandioso misterio: el misterio del inmenso amor de Dios por el ser humano.
Contemplando el Cuerpo y la Sangre del Señor, bajo las especies visibles del pan y del vino, no podemos menos que estremecernos ante su indefensión. Siendo el Hijo de Dios, se pone en las manos del sacerdote dejándose hacer por estas manos humanas. Podríamos hacer con él lo que quisiéramos, y él no reaccionaría, como no reacciona en su Pasión. Y, sin embargo, es el Señor de la gloria, el Omnipotente, aquel que tiene en sus manos el destino de todos los pueblos.
Se trata del misterio de la fragilidad y de la gloria de la debilidad, de su amor hasta el extremo, un misterio que ahora contemplamos en su mismo manantial, en la institución de la Eucaristía, en aquella última Cena que hoy conmemoramos.
Contemplamos, pues, la Eucaristía como imagen admirable de la indefensión y de la infinita condescendencia de Dios, de ese ser amigo para cada ser humano. La contemplamos en una debilidad que sale al encuentro también de lo que se ha denominado “pensamiento débil” de nuestro tiempo, que se asusta siempre ante cualquier sistema rígido y duro, que se asusta también ante la grandeza de Dios, del que es el ser por excelencia. En la Eucaristía, Jesús no se encierra en su poder como Hijo de Dios, ni tampoco se presenta con el esplendor de su gloria. Por el contrario y como dirá San Pablo, se ha vaciado, se ha hecho débil, se ha hecho insignificante, para que nosotros seamos conquistados por su amor, un amor del todo indefenso.
La Eucaristía es por ello mismo, alimento para nuestra debilidad. Se hace débil bajo las especies del pan y del vino, precisamente para hacernos fuertes.
Todo ello nos permite sacar dos consecuencias:
Una de carácter moral: el corazón de la experiencia moral cristiana se encuentra en el amor, en salir de uno mismo y de sus propios intereses, en la primacía de entregarnos a los demás, de ser más que de tener, en la donación gratuita de lo que se es y de lo que se posee.
Y otra consecuencia de carácter eclesiológico. Es la que se expresa en el lavatorio de los pies de los discípulos que hemos escuchado en el Evangelio. Se trata no sólo de recordar lo que hizo Jesús, sino de vivirlo en la práctica, algo que exige su misericordia y nuestra conversión. Se trata de servir y de amar al prójimo, dando nuestra vida, venciendo nuestra repugnancia y superando pretextos y excusas, imitando a Jesús que lava los pies de sus discípulos.
Hemos de reconocer con humildad nuestra lejanía respecto al amor de Jesús, y pedir al Señor que nos conceda el sentir la necesidad de tener su amor, de vivirlo y que nos conceda el pedirlo en nuestra oración.
La Última Cena representa un momento fundamental en la vida terrena de Jesús, un momento que subraya su profunda aceptación de la muerte a cuyo encuentro se dirige, de la definitividad de esa muerte, y también su voluntad libre de caminar al encuentro de nuestro amor, de acoger las exigencias de este amor que le conduce a dejarse crucificar.
Y dentro de este ámbito de la Cena, el signo sencillo y humilde del lavatorio anticipa la entrega de Jesús en el pan y en el vino, expresión de su más íntima disposición de querer ser hasta el fin, fiel a Dios que sirve al hombre. Y Jesús invita a sus discípulos, nos invita, a comprender la necesidad de su muerte y les exhorta y nos exhorta, a lavarnos mutuamente los pies, es decir, el pasar de la fe a la acción, de la comprensión del gesto de Jesús a nuestra vida práctica y cotidiana.
Lo que Jesús realiza en la Eucaristía, coincide con su capacidad de amar a la humanidad y expresa su libertad humana a amarla como el Padre nos ama a todos, a perdonarla como Dios nos perdona a todos, a ser generosos y pacientes como lo es el Padre, a liberarnos a nosotros, sus amigos, e incluso a sus enemigos, al igual que Dios nos ha creado libres por amor. La acción del Padre, consistente en amar y darse totalmente a la humanidad, se la confía al Hijo, el cual la realiza en su carne humana y cargando con todo el peso de su entrega a la muerte y muerte de cruz, de su entrega como alimento y bebida de su Cuerpo y de su Sangre.
De ahí que el Jueves Santo sea el día del mayor Sacramento de Dios: Jesús, el Mesías y el Señor, el amor encarnado del Padre, realmente se hace nuestro alimento y bebida entregándose totalmente a nosotros, a cada uno de nosotros.
Por esa misma razón celebramos hoy, con la Iglesia, con nuestra Cáritas, el día del Amor Fraterno. Si el Señor nos ha amado así, no podemos menos que amar y que amarnos como hermanos, de amar a los más pobres y excluidos de todo bienestar, que nos hacen presente a Jesús, de amar incluso a nuestro enemigos y a los que nos persiguen.
Contemplemos en este Jueves Santo, al Dios del amor y de la vida, el cual, en Jesús, asume nuestra debilidad y acepta su muerte. Contemplemos al Padre que, por amor, nos ofrece al Hijo que se entrega por amor a cada ser humano.
En cada Eucaristía que celebramos, se anuncia y se actualiza este misterio, es decir, se proclama y actualiza la muerte por amor de Jesús, el Cristo, que así ha destruido la maldad humana y ha vencido nuestro miedo a la muerte. En cada Eucaristía se nos comunica y se realiza para nosotros y para siempre, y también de nuevo cada vez, la Alianza, creando o reforzando nuestra relación de hijos y nuestra amistad con Dios, al mismo tiempo y como consecuencia, que se proclama el futuro del ser humano y de la humanidad, y el día en el que nos sentaremos a la mesa con Dios y viviremos con él la más completa familiaridad.
La Eucaristía de este Jueves Santo, la de la Cena del Señor, las Eucaristías que celebramos durante todo el año, todas son obediencia y fidelidad a ese mandato del Señor: “Hagan esto en memoria mía”. Todas las Eucaristías entrañan una profunda comunión con el Señor-Jesús y, simultáneamente, con los hermanos en la fe, en total apertura al amor a todos los seres humanos de la tierra, a los más pobres y desvalidos, en plenitud de amor fraterno con ellos, como anticipo y signo de la futura gloria eterna que un día nos regalará el Señor, para que seamos felices, con la Virgen María, con él y con todos los santos, por siempre jamás.
Que el Señor, por la intercesión de la Madre de Jesús y Madre nuestra, haga el milagro en esta Semana Santa de que, acogiendo en nuestro corazón, el corazón del Señor-Jesús y su maravillosa libertad, nos haga capaces de lavar los pies de nuestros hermanos, de forma que nos llene de entusiasmo para realizar el servicio recíproco en el amor mutuo y la alegría de vivir todos teniendo un sólo corazón y una sola alma. ¡Que así sea!.
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Misa Crismal 2004: Homilía de nuestro obispo. | Viernes Santo 2004: Homilía de nuestro Obispo
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