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MISA CRISMAL 2004: HOMILÍA DE NUESTRO OBISPO.
 

MISA CRISMAL
(Miércoles Santo)
(7 de Abril de 2004)

HOMILÍA


- Isaías 61, 1-3a. 6ª. 8, 6-9
- Salmo: 88
- Apoc. 1, 5-8
- Lc. 4, 16-21)


Queridos hermanos sacerdotes. Queridos religiosos y queridas religiosas. Queridas hermanas y queridos hermanos:

Todos somos conscientes de que estamos celebrando la llamada Misa Crismal, una Eucaristía en la que ocupan un lugar importante, tanto la bendición de los óleos y consagración del Santo Crisma, como la renovación de nuestras promesas sacerdotales, esas promesas que con tanta ilusión y alegría, cargados de esperanza, hicimos en nuestra ordenación sacerdotal.

El símbolo fundamental al que esta Eucaristía hace referencia, es el aceite o el óleo, o tal vez más exactamente, es la unción sagrada que se realiza con el óleo, a los que, como dice la oración consacratoria del crisma, con palabras de un canto lleno de espíritu profético del Rey David, es el fruto del olivo que ya fue símbolo de la paz con ocasión del diluvio universal.

El oleo es una imagen que puede tener muchos significados diferentes. Su origen es un árbol reseco y arrugado y que da un fruto pequeño y humilde, pero con muchas cualidades o posibilidades de empleo, más allá de su razón de ser como alimento. Según la antigua tradición, el aceite es un bálsamo para las llagas y da fuerza y vigor a los músculos debilitados. En la Sagrada Escritura, se nos habla del óleo de la oración y de la vigilancia (aquel aceite de las lámparas de las vírgenes prudentes), del óleo como símbolo también de la paz, del óleo como avivador de los conflictos (echar aceite al fuego), del ungüento perfumado de las fiestas, del óleo de la alegría, del óleo de la consagración de los sacerdotes (aquel que Moisés derramó sobre la cabeza de Aarón, óleo perfumado que desciende hasta la barba y hasta la orla de su vestido). Y por último, el óleo que unge a los reyes y que da el nombre de Mesías al Ungido de Dios.



Las lecturas que hemos escuchado y las oraciones de esta celebración, aluden todas ellas a esos diferentes significados de esa humilde realidad que es el óleo, que es el aceite.

Se inician las lecturas con el texto de Isaías, en la que el profeta nos dice que el Señor ha consagrado a su elegido con su unción (Is. 61, 1), y las palabras del profeta las escoge Jesús en la Sinagoga de Nazaret (Cf. Lc. 14, 18-21) y las aplica a sí mismo afirmando: “Hoy se cumple esta Escritura”. Y afirma que este elegido, consagrado por la unción, es el llamado a ofrecer el óleo de la alegría a los afligidos de Sión. La unción, proveniente del Espíritu, se extiende y alcanza después a los seguidores del elegido, los cuales, participando de su consagración, serán proclamados sacerdotes del Señor (Is. 61, 61), un reino de sacerdotes (Apc. 1, 6) o reino sacerdotal.

De hecho, el óleo que hoy consagramos, será empleado como signo sacramental de vida perfecta y de salvación, ya ahora, alcanzada por cuantos sean renovados con el baño espiritual del bautismo, tal como nos lo dirá la oración consacratoria del crisma.

Será, pues, el óleo de la unción bautismal. Será también el óleo con el que serán ungidas las manos de los nuevos sacerdotes. Y, también, aquellos que sean confirmados. Y junto a ello, bendecimos también en esta Eucaristía el óleo de los catecúmenos, signo de la fuerza divina que les permitirá asumir con generosidad los compromisos de la vida cristiana.

Finalmente, hoy bendecimos el óleo de los enfermos, rogando al Dios de todo consuelo que aquellos que lo reciban en la unción con este óleo, experimenten la salud en su cuerpo, en su alma, en su espíritu.

Por lo tanto, a partir de Jesús, consagrado con el óleo del Espíritu, a través nuestra, de sus obispos y presbíteros, escogidos por él, partícipes del misterio de la salvación, el óleo llega a todo el pueblo sacerdotal de los fieles y a todos los que sufren, y con él llega el misterio de la unción, esa unción que difunde un bálsamo de consuelo y de suavidad, para toda la Iglesia de Dios.

Y todos sabemos cuanto necesita nuestra sociedad, de forma urgente, el consuelo del Espíritu, y dentro de esta nuestra sociedad, canaria y universal, cuanto lo necesitamos cada uno de nosotros. Porque vivimos en efecto, un tiempo de grave crisis moral y social, un tiempo en que se da, como una plaga, multitud de corazones rotos que es preciso recomponer, un tiempo en el que es preciso consolar a multitud de afligidos, de alentar a los afligidos de Sión, de ofrecer una corona de olivo en lugar de ceniza, el óleo de la alegría en lugar del óleo del luto y la tristeza, el del canto de alabanza en lugar del propio de un corazón triste. Se trata, queridas hermanas y queridos hermanos, de tareas a realizar en nombre del Señor, que ningún cristiano, ningún sacerdote, podemos rehuir.

No son pocos los hombres de Dios, que desde el mismo Antiguo Testamento, han llevado a cabo obras impresionantes en orden a alentar o a animar y a sostener, o a mantener la vida del Pueblo de Dios en momentos llenos de dificultad: desde Abrahán, intercediendo tantas veces al Señor por personas y ciudades, y José, que conforta a sus hermanos, hasta Moisés, Samuel, David, Isaías, Jeremías, Ezequiel, y, posteriormente, hasta los Apóstoles, San Pablo y al autor del Apocalipsis.

Pero tal vez sea Moisés el que expresa de una manera más cercana a nosotros, lo que representa la unción, una unción con el óleo de la humildad y de la piedad, de la profecía y de la mansedumbre. Moisés es un ejemplo muy próximo a nosotros, sacerdotes que hoy renovamos las promesas que hicimos en nuestra ordenación sacerdotal, en cuanto llamada a confortar a un pueblo sumido en multitud de dificultades de todo tipo.

Moisés, apoyo para su pueblo, es sin embargo un hombre frágil, que necesita ser sostenido por otros, que participa de los temores de los demás, de sus sufrimientos, de los cansancios de los suyos. Efectivamente, su óleo es, sobre todo, el óleo de la humildad, de la conciencia de su propia debilidad y de sus limitaciones, con una conciencia que oscila entre el miedo y la pusilanimidad, que anima a su pueblo a liberarse y a seguir el camino, pero también se lamenta ante Dios de que aquel pueblo suyo era un pueblo de dura cerviz sin que ello le impidiera interceder ante el Señor para salvar a los Israelitas.

La gran lección para nosotros, sacerdotes, es que Moisés es un confortador que necesita ser confortado, un apoyo para su pueblo que necesita que le apoyen, un consolador que necesita ser consolado. Es una gran figura de referencia para nosotros, sacerdotes de hoy, que habiendo sido ungidos con el óleo de la alegría, comprobamos día a día el peso de los acontecimientos humanos y sufrimos la tentación de caer en la depresión y en la tristeza. Acaso, precisamente por ello, nuestro papel de guías y de apoyo de nuestro pueblo, necesita más que nunca de nuestra enseña pastoral o ministerial.

Es una primera enseñanza que podemos extraer de Moisés y de los grandes consoladores de las Escrituras: para infundir fortaleza a nuestros fieles no necesitamos ser fuertes. Para ofrecer esperanza, no es preciso sentirnos seguros de nuestros caminos. Para infundir alegría, no es necesario que nos sintamos al margen de toda prueba y de toda dificultad.

Las Escrituras nos presentan figuras de sacerdotes heridos; de consoladores, afligidos; de médicos que cargan con las enfermedades de los demás: de los que curan las llagas, llagados; de pastores, golpeados. Jesús mismo se ha aplicado la figura del pastor herido, citando al profeta Zacarías, del que cura a los enfermos pero que toma sobre sí nuestras flaquezas y carga con nuestras enfermedades (Dt. 8, 17). Y San Pedro lo presenta como aquel gracias al cual hemos sido sanados a costa de sus heridas (1 Ped. 2, 24). Jesús nos ha invitado a encontrar en él nuestro reposo cuando estemos cansados y agobiados (Cf. Mt. 11, 28), y él mismo se ha sentado junto al pozo, cansado del camino (Cf. Jn. 4, 6), para salvar a la samaritana.

Nuestra sincera participación en los sufrimientos de la gente, en las humillaciones de los pobres, en las fatigas y cansancios de nuestro pueblo, siempre será la primera garantía de que estamos con el Señor, de que somos pastores como es él mismo, que podemos ofrecer el óleo de la alegría precisamente cuando somos los primeros en necesitarlo, y que invoquemos al Señor en este día, rogándole que reanime en nosotros el don que ya poseemos como regalo suyo.

Los grandes personajes bíblicos nos invitan a no aturdirnos si participamos de las pruebas de los demás. Pero es importante que nos planteemos el modo como lo hacemos. Moisés lo hizo permaneciendo en constante escucha y diálogo con Dios: pidiéndole ayuda, lamentándose, intercediendo, pero siempre escuchando a Dios con toda confianza.

A nosotros, sacerdotes, ungidos del Señor, se nos pide que permanezcamos siempre vigilantes en la escucha de la Palabra, en el diálogo de la oración y en la petición de luz. Hablamos de mil problema sociales y humanos, discutimos de ellos, y muchas veces nos olvidamos de llevar ante el Señor, en nuestra oración esos problemas de todo tipo que sufre nuestra sociedad, nuestra Iglesia, la humanidad entera.

Una segunda enseñanza de esta Misa Crismal, será que no nos faltará nunca el óleo de la oración y de la escucha de la Palabra de Dios.

En el Libro de los Hechos, se nos dice que “Moisés abandonó Egipto, sin miedo al furor del rey y se mantuvo tan firme como si estuviera unido al Dios invisible!” (Hch. 11, 27).

Y así fue un guía profético, al que Dios dio autoridad sobre su pueblo, capacidad para conducir a los suyos por los caminos de Dios, porque era capaz de ver más allá de lo visible. Su óleo era un óleo propio de la profecía vigilante.

Lo invisible no está lejos de nosotros. Está a nuestro puerta. Se nos hace misteriosamente presente en la Eucaristía y en los sacramentos, nos sostiene con la ayuda visible de la Iglesia del Señor. Como ungidos del Señor, contamos con multitud de referencias seguras para cumplir la misión que se nos ha confiado mediante el sacramento del Orden. Poseemos el óleo de la audacia profética, precisamente porque hemos sido ungidos por el Señor.

Y, por último, poseemos también el óleo de la bondad, de la mansedumbre, el bálsamo propio de los constructores de la paz. En el Libro de los Números, se nos dice que Moisés era más manso y pacífico que cualquier hombre sobre la tierra (Num. 12, 3). Jesús el Señor, nos dice que aprendamos de él que es manso y humilde de corazón (Mt. 11, 29).

Tal vez hoy, como nunca, somos llamados, en cuanto sacerdotes, a ser constructores de la paz, en el presbiterio, en la Iglesia y en el mundo; a ser ministros de la mansedumbre, cooperadores de la alegría de nuestros fieles (Cf. 2 Cor. 1, 24), a ser misericordiosos con todo ser humano.

Esta unción, este óleo, significa que debemos sembrar calma, sentido de la objetividad, capacidad para mirar las cosas de lo alto, para contemplar con esperanza el futuro no tan inmediato. Debemos y podemos ayudar a todos, a no dejarse condicionar por los intereses más inmediatos y egoístas, sino a buscar todos el bien común y lo que representan los intereses generales y, en particular, los de los más pobres. Debemos promover, en cualquier situación, la reconciliación y la compasión, el perdón y la misericordia, la conversión de los corazones. Debemos sembrar paciencia y capacidad de entrega a nuestros colaboradores pastorales, para esperar con confianza los frutos de nuestros esfuerzos que acaso otros recogerán años después.

Nosotros, los ungidos del Señor, y con nosotros, nuestros colaboradores y fieles, no tenemos razón alguna para impacientarnos, particularmente si no nos cansamos de sembrar. Nuestra actitud ministerial siempre tiene sentido, aunque no veamos sus frutos. Es la espera la que tiene sentido si nace de una auténtica esperanza y no de la desesperación o de las prisas; si nace de la fe y no de la desconfianza; si nace de la humildad y no del miedo; si nace de la paciencia y no de nuestra vanidad.

La oración y las lágrimas, con la Palabra de Dios, son las grandes armas de la Iglesia. A partir de la fe, de la Eucaristía y los sacramentos, de la Revelación... ¡y de tantas cosas mas que Dios nos regala!, podemos obtener de Dios que ilumine nuestras decisiones; que no actuemos con ligereza o desde resentimientos y críticas; que no nos dejemos guiar de mentiras y de errores; que no caigamos en violencias de pensamiento, palabra y obras, que no caigamos en vanidades que nos conducen a romper la comunión presbiteral y eclesial, impidiendo que el mundo crea.

Con los ojos puestos en la Virgen María, la consagrada al Señor por excelencia, pidamos al Señor que la renovación de nuestras promesas sacerdotales , signifiquen también hoy, en esta Misa Crismal, el que seamos ungidos por el óleo de la humildad, de la oración y de la escucha de la Palabra, de la profecía y de la paciencia y mansedumbre, por el óleo de la verdadera paz, tal como el Señor nos lo prometió.

¡Que el Señor, por la intercesión de Ntra. Sra. la Virgen del Pino, bendiga a nuestro presbiterio, bendiga a nuestros Seminarios, bendiga a todos nuestros diocesanos, bendiga a nuestra Iglesia Diocesana y a toda la Iglesia Universal!. ¡Que nos bendiga a todos!.




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