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MISA CRISMAL 2005 : HOMILÍA DE MONSEÑOR ECHARREN
 

MISA CRISMAL
(23 de Marzo de 2005)

Si desea escuchar la homilía tal y como fue pronunciada por nuestro Obispo , pinche aquí:
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HOMILÍA

- Is. 61, 1-3a. 6a. 8b-9
- Salmo 88
- Apoc. 1, 5-8
- Lc. 4, 16-21



Queridos hermanos sacerdotes y diáconos. Queridos Religiosos y Religiosas. Hermanas y hermanos todos:

Las palabras de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura, nos hablan de una misión del Espíritu Santo, que habilita al elegido a realizar gestos de consuelo para los que sufren: se anuncia la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos, el anuncio del año de gracia del Señor a toda la humanidad.

Y con esas mismas palabras, Jesús anuncia su propia misión: ¡hoy se cumple esta Escritura que acaban de escuchar!.

Y nosotros, sacerdotes, reafirmamos lo que el día de nuestra ordenación constituyó nuestro alegre compromiso con el Señor y con su Iglesia, el alegre compromiso de un servicio para confortar a los que sufren y para reanimar espiritualmente a nuestros fieles y a cuantos nos necesiten. De ahí que también hoy, en esta Misa Crismal, podamos decir, con el Señor y gracias a su asistencia, que hoy se cumple o se renueva esa misma Escritura.


A la luz de las palabras del Profeta, a la luz de las bellísimas palabras del Libro del Apocalipsis, a la luz de las palabras de Jesús en la Sinagoga de Galilea, podemos y debemos hacer un esfuerzo para replantearnos lo que deben ser nuestras vivencias, en cuanto presbiterio, de un presbiterio que inevitablemente envejece, y en el que ya predominan los sacerdotes de mediana edad, sin que ello, si confiamos en el Señor, constituya un motivo, de alarma o de pesimismo, sino una llamada de Dios a vivir nuestra realidad presbiteral de una manera renovada y acaso con más ilusión que nunca. Y aunque estas reflexiones vayan especialmente dirigidas a los sacerdotes de mediana edad, que en nuestro presbiterio constituyen una mayoría, son igualmente válidas para los que están en la tercera edad y también para los sacerdotes jóvenes que todavía llevan poco tiempo ejerciendo el ministerio.

Pero es bueno que en esta Misa Crismal, desde la que irradiamos los óleos y el crisma, que serán materia de santificación para nuestros cristianos en la recepción de diferentes sacramentos, y en la que renovamos nuestros compromisos sacerdotales, subrayemos algunos aspectos positivos propios de los sacerdotes que viven en una edad madura, con el deseo, sin intentar agotar el tema, de invitarles a echar una mirada, dentro de sí mismos y en su entorno, para descubrir cuan inmenso y variado es el ámbito existencial que nos rodea y del cual formamos parte. Siempre es muy difícil descubrir la acción del Espíritu Santo, en los corazones y en la vida, porque se trata, con frecuencia, de realidades que apenas permiten descubrir sus límites, propios de realidades que presentan un sin fin de variaciones. Pero es importante que nos demos cuenta que el Espíritu está actuando realmente, en nosotros y en nuestros días, en toda la realidad que nos circunda y en cualquiera de las circunstancias que nos acompañan.

Contemplemos ahora algunas características propias de este clero ya maduro o de mediana edad, que responden sin duda a la acción del Espíritu, y que, en consecuencia, se pueden vivir como frutos espirituales que enriquecen nuestra vida sacerdotal, y que sin duda nos ayudarán a que nuestra renovación de las promesas de nuestra ordenación, adquieran una plenitud de sentido sacerdotal y de contenido evangélico.

Ante todo, la agilidad y la desenvoltura o soltura, propias del que ha aprendido a moverse bajo el soplo del Espíritu, algo que tiene su expresión en un dejarse conducir por él, en un modo lleno de sabiduría y moderación, propio del que no necesita estar siempre dudando de todo, sospechando de todo y de todos, preocupados por cada detalle de lo que tiene que hacer o decir, por ínfimo que sea.

Ello es normal en el sacerdote que comienza su andadura, para el que es importante, sin duda, adquirir comportamientos bien meditados y bien madurados, cuidarse de ilusiones superficiales o de dejarse instrumentalizar, adquirir actitudes adecuadas... Y lo mismo hay que decir respecto a la preparación, hasta meticulosa, de la predicación, o de las celebraciones, o de las catequesis..., hasta hacerlo con un cierto temor y una cierta ansiedad. Todo ello por supuesto, es bueno, ya que deja un poso positivo que perdura con los años. Pero habiendo producido ya unos hábitos adquiridos, el sacerdote ya maduro puede actuar y actúa, con una mayor desenvoltura, sin ansiedades, con paz, con una mayor simplicidad, con la naturalidad propia del que lleva “un yugo suave y una carga ligera”. Y no se trata de una pura rutina, sino de una gracia de Dios renovada cada día, de un auténtico don del Espíritu, que convierte la vida del sacerdote en algo más sencillo, más sencillo y fluido, que es a lo que nos llama el Señor.

En segundo lugar, la calma, el sosiego y hasta una cierta dosis de buen humor, o de alegría. Cuando se han visto tantas cosas, cuando se han atravesado no pocas pruebas, propias o de los demás, cuando se han contemplado tantos proyectos y se han escuchado tantísimas recomendaciones y exigencias de todo tipo, sin que por ello el sacerdote caiga en un vulgar “pasotismo”, aprende sin embargo del Espíritu Santo que rara vez hay que dramatizar, y que la mayoría de las dificultades y problemas se superan más fácilmente si se afrontan con serenidad y con objetividad. El Espíritu enseña al sacerdote ya maduro, a creer de verdad en la Providencia, aunque sin caer por ello en la pasividad. Es lo contrario de lo que ocurre con los medios de comunicación social, en los que siempre se subraya el lado dramático, urgente, catastrófico..., hasta del más mínimo acontecimiento. Es una tentación muy frecuente también en nuestro mundo eclesial. Pero frente a ella, la mayoría de nuestros sacerdotes, en su edad madura, realizan su función, y la obediencia a la gracia de Dios, demostrándonos que con un mínimo de confianza en la Providencia y sabiendo abandonarnos en las manos de Dios, se acaba encontrando el camino adecuado para resolver los problemas que nos parecen tantas veces insolubles. Se trata de vivir dejándonos llevar de un fino sentido del humor, de una cierta noble argucia o astucia, casi espontánea, de un modo ver, (incluso las situaciones más difíciles), a la luz de la Providencia.

En tercer lugar, una cierta auto-ironía y la paz interior, como consecuencia de todo lo dicho aplicado a la propia vida, al propio caminar, a las propias reacciones personales. El sacerdote maduro, que ha tomado muy en serio a Dios y a su Reino, es más capaz de reestructurar su propio proyecto a la luz del Evangelio, y tiene mucho menos peligro de caer en la angustia o en la depresión. Ha aprendido que cada cosa tiene su tiempo, que cada aparente o real fracaso entraña la participación en la humillación de Jesús que salva al mundo, que es preciso hacer alguna penitencia por los propios pecados, pero que ello no está reñido con el buen humor y con la alegría. Y con una cierta capacidad de reírse de uno mismo, se logra una paz y un equilibrio, tanto humano como cristiano y ministerial, que nos ayuda a superar los mil problemas personales y pastorales, que nos ayuda a superar incluso determinadas crisis.

También es característico del sacerdote maduro, una cierta y amorosa capacidad para penetrar en las conciencias, en los corazones de nuestros fieles, algo que es siempre fruto de esa sabiduría práctica que se adquiere con los años, de la experiencia, y de ese don del Espíritu que permite descubrir cualquier brizna de buena voluntad, incluso en las personas más refractarias a todo lo religioso. No se trata de ser “bonachones” o de “fácil acomodación” a cualquiera que acuda a nosotros. Se trata de no caer en rigorismos, sino de vivir lo que los Padres Griegos llamaron “el conocimiento propio del corazón”, un conocimiento que muestra la siempre misteriosa acción del Espíritu en cualquier persona.

Y junto a ello, la ecuanimidad, casi instintiva, a la hora de aplicar las leyes, normas y preceptos, fruto de la madurez y de la profundidad espiritual, y que supone descubrir el fin de la ley, más allá de su letra, sin dejarse asustar o esclavizar por la multitud de normas, algunas sin apenas importancia y sin saber exactamente lo que ellas pretenden. Supone contemplar la vida y la propia Iglesia con serenidad, con el convencimiento de que es el Espíritu el que nos va a ayudar, más allá de nuestros posibles caprichos o de nuestras tendencias impositivas; a distinguir lo que es más importante de lo que lo es menos; lo urgente que es preciso cumplir hoy, de aquello que tal vez sea útil mañana, o de aquello que fue necesario ayer. Y ello sin despreciar lo que es bueno y lo que es debido, sin ningún sentido de superioridad, en sincera comunión con la Diócesis y con toda la Iglesia, obedeciendo al Señor día tras día, al Señor que nos dejó dicho, “misericordia quiero y no sacrificios” (Mt. 9, 13), repitiendo las palabras del profeta Oseas (6, 6), “porque quiero amor, no sacrificios, conocimiento de Dios y no holocaustos”.

No menos importante es el testimonio de tantos sacerdotes ya maduros, respecto a la capacidad admirable de saber vivir, sin angustias, en la incertidumbre y en la indeterminación, tanto en lo que respecta a la Iglesia y a su Pastoral, como en lo referente a la sociedad. Es algo que sólo se puede explicar porque llevan en el corazón una profunda adhesión personal, convencida, al Evangelio, y lo viven sin extraviarse en un contexto, humano y a veces pastoral, confuso, incierto, sin ceder a las tentaciones de pánico y de huida, permaneciendo en diálogo vigilante, con Dios y con los demás, con la confianza propia del centinela que espera la aurora.

Y por último, resaltemos la capacidad de tantos sacerdotes nuestros, de mediana edad, para convivir con las novedades y con la diversidad de posturas de no pocos sacerdotes, teólogos, religiosos y seglares de nuestro tiempo. Saber vivir en paz, muchas veces en un humilde silencio, rodeado de la intransigencia de algunos, sean conservadores o sean progresistas, y rodeados también de ese cierto pseudo-profetismo que identifica la verdad entera, con aquello que ha llegado a pensar desde sí mismo, o a partir de unos pocos con los que convive.
En nuestros sacerdotes de mediana edad, predomina esa sabiduría más amplia de la vida, que resulta del conjunto de perspectivas diversas, desde las cuales se encuentra la propia verdad, pero comprendida como uno de los diferentes caminos que conducen a la misma meta. Se trata de un amor a la verdad más amplio y comprensivo, más inteligente en el fondo, aunque no se sepa explicar, y por tanto más libre a la hora de escoger entre valores similares aunque se expresen de formas muy diversas. También ello es importante para vivir serenamente, pero con fe, nuestro tiempo y nuestro ministerio.

Queridos hermanos sacerdotes. Con la mirada puesta en Vds., en todos Vds., aunque de un modo particular en los muchos de Vds. que viven en la madurez de esa mediana edad de la que hemos hablado, en esta Misa Crismal, creo de verdad que también puedo exclamar, en nombre del Señor, que hoy se cumplen estas Escrituras. La misma presencia de Vds., lo atestigua.

A través de todos Vds., los óleos y el crisma que hoy bendecimos y consagramos, llegarán hasta los últimos rincones de nuestra Iglesia Diocesana de Canarias. A través de todos Vds. que renovarán con alegría las promesas que un día hicieron cuando fueron ordenados sacerdotes.

¡Que el Señor, por la intercesión de la Virgen María, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, les bendiga en todo, a Vds., y a todos los que, con tanto amor y tanta entrega, atienden con su ministerio!. ¡Que nos bendiga a todos!.


+ Ramón Echarren Ystúriz
Obispo de Canarias




Echarren: Encuentro de Juventud 2005: Homilía | Jueves Santo 2005: Homilía de la Cena del Señor

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