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ORDENACIÓN SACERDOTAL 9 JULIO 2005: HOMILÍA
 

Ordenaciones en la S.I.B. Catedral de Canarias.- D. Juan María Mena Hernández y D. Víctor Domínguez González con nuestro Obispo en un momento de la celebración el día 9 de julio de 2005. (Fotos: Jonathan José Almeida Romero).




 

Vea también:
- Versión sonora de esta homilía: Fonoteca
- Álbum fotográfico de la ordenación:
Fototeca



ORDENACIÓN PRESBITERAL


de D. Víctor Domínguez González y D. Juan María Mena Hernández
(9 de Julio de 2005)


HOMILÍA

- Isaías 61, 1-3
- 2 Tim. 4, 1-8
- Jn. 2, 1-12



Queridos hermanos sacerdotes. Queridos Diáconos Victor y Juan María. Queridas religiosas. Hermanas y hermanos todos:

Los diáconos Victor y Juan María, que hoy, con la Iglesia, todos ponemos ante el Señor, para ser ordenados presbíteros, representan un regalo que Dios hace, a nuestra Iglesia diocesana y a toda la Iglesia Universal. De ahí que nuestra primera palabra, sea de agradecimiento al Señor. Porque no son ellos los que han elegido al Señor, sino que ha sido el Señor el que los ha escogidos a ellos para el ministerio presbiteral.

Pero ello no obsta para que también les demos las gracias a ellos: porque han sabido estar disponibles a la voluntad de Dios; han sabido decir “sí”, a la llamada que Dios y su Iglesia les ha hecho; han sabido decir, como la Virgen María, “¡hágase en mí según tu palabra!”. Y lo han hecho todos desde su más total libertad, fiándose del Señor, sabiendo muy bien el camino que elegían, con una profunda generosidad.

Y, por supuesto, que debemos dar las gracias también, en nombre del Señor y de su Iglesia, a cuantos les han ayudado, cristiana y humanamente, a dar este paso tan definitivo: a sus familiares y amigos, a no pocos sacerdotes, religiosos y religiosas; a muchos auténticos cristianos que han convivido con ellos y que con ellos han compartido su fe; a sus Formadores y compañeros del Seminario; a sus profesores y compañeros del Instituto Superior de Teología... ¡y a tantos y tantos más con los que han convivido en Parroquias o en otros ámbitos de la Iglesia y de la sociedad!. Y no olvidemos en estos momentos de rezar por cuantos les han ayudado a dar el paso que hoy dan, y que estarán con el Padre del Cielo, intercediendo por ellos, por nuestra Diócesis, por cuantos aquí estamos congregados, por las vocaciones sacerdotales y consagradas...



Desde hoy, desde dentro de unos instantes, Victor y Juan María, se van a convertir en dignos cooperadores del orden episcopal, para que la Palabra del Evangelio, mediante su predicación, con la gracia del Espíritu Santo, fructifique en el corazón de multitud de hombres y de mujeres y llegue así, hasta los confines del orbe.

Y en su vida sacerdotal, queridos amigos, aparecerá una tensión que deberá caracterizar ya toda su existencia: la tensión hacia la santidad, la permanente invitación que el Señor les hace a la santidad. Porque la santidad sacerdotal, siempre será una condición fundamental, para que los sacerdotes, demos gloria a Dios y para que nuestro ministerio sea más fructífero para la humanidad. Nuestra santidad personal, no condiciona, por supuesto, la acción salvífica de Dios, pero ayudará siempre a nuestros fieles para que se encuentren personalmente con la Persona del Señor, con la Buena Noticia, para que sigan más de cerca a Jesús, para que sean sus testigos, en la Iglesia y en el mundo. Porque la santidad del sacerdote siempre ayudará a que anunciemos con más fidelidad la Palabra y la realicemos en nuestras vidas, a través de un comportamiento que constantemente tendrá presente el de Jesús, que pasó la vida haciendo el bien.

Las palabras de la Virgen María que hemos escuchado en el Evangelio, les puede servir a Vds. como lema, tanto para su ordenación, como para toda su vida sacerdotal: “hagan lo que él les diga” (Jn. 2, 5).

Son palabras que manifiestan sobre todo una confianza anterior a la autoridad de aquel que está a punto de dar una orden. Manifiestan la certidumbre de que Jesús nos conduce por el camino justo y adecuado, y que cuanto nos pedirá que hagamos, será sin duda para nuestro bien y para el bien de todos los seres humanos. Serán también motivo de alegría y de fiesta, para los esposos e invitados de Caná. Será algo en lo que resplandecerá la gloria del Señor: “así se manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él” (Jn. 2, 11).

Con esta misma confianza en Jesús, Vds. se fían de la gracia del Espíritu Santo y se confían al Señor, en la obediencia a la Iglesia y al Evangelio, con la seguridad de que el Señor-Jesús hará que abunde el vino bueno en su vida presbiteral, para la alegría de muchos.

Ese confiarse a él, en su ministerio, para hacer lo que él les diga, les ofrecerá unas actitudes que alcanzan a la totalidad de su existencia ministerial y que Vds. renovarán cada día en la celebración de la Eucaristía, teniendo entre sus manos a aquel que nos da la vida y que da su vida por nosotros. En el fondo, el Señor reduce nuestros deberes ministeriales a un sólo precepto: “el buen pastor da la vida por su ovejas”.

Como es lógico, ese “dar la vida” asume multitud de matices y de formas, de acuerdo con las circunstancias de los tiempos y lugares: es algo que podrá ir desde el martirio, hasta la acogida cariñosa a los que llaman a la puerta de nuestro corazón. No sobra recordar aquí lo que escribía, pocos días antes de su martirio, uno de los siete monjes asesinados en Argelia hace ya años: “si me ocurriese un día, y podrá ser hoy mismo, que fuera víctima del terrorismo, me gustaría que mi comunidad, mi Iglesia, recordase que mi vida ha sido ya entregada a Dios y a cuantos viven junto a nosotros”.

El Señor no nos pide tanto, tan suprema entrega, a todos nosotros, a todos los sacerdotes. Pero la vida entregada, tal como nos lo pide el Señor, es algo válido para todos los presbíteros: que nuestra vida sea entregada por el Señor y por su Iglesia, para la salvación de la humanidad entera, para los más pobres y excluídos, para los que carecen de todo, tengan al menos vida y vida abundante.

También San Pablo contemplaba así su existencia, tal como hemos escuchado en la segunda lectura: “yo ya estoy a punto de ser derramado en libación... he combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he guardado la fe”...

Y las palabras de San Pablo a Timoteo, constituyen una perfecta expresión de las de la Virgen María, cuando dice que hagan lo que el Señor les diga: “predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, corrige, reprende y exhorta, usando la paciencia y la doctrina...; soporta el sufrimiento, proclama el Evangelio y conságrate al ministerio...”; así recibiremos al corona de la salvación todos los que esperamos con amor, su venida gloriosa.

El buen combate del que nos habla San Pablo, es el pacífico empeño por la alegría, por el consuelo, para la esperanza de muchos. Y así nos lo ha ofrecido también al lectura de Isaías, subrayando que el consagrado deberá ser el portador del alegre anuncio para los pobres, el que cura los corazones desgarrados, el que anuncia la liberación de los cautivos y a los prisioneros la libertad, el que consuela a los afligidos... En una palabra, el presbítero deberá repetir la vida de Jesús que pasó la vida haciendo el bien, que vino a servir y a no ser servido.

El que ha recibido el Espíritu Santo y lo posee en él, anuncia la más verdadera libertad a aquellos que corren el riesgo de perder la propia identidad y su autoconciencia, bajo la carga o el peso de sus frustraciones: los pobres, los que tienen el corazón desgarrado, los esclavos o cautivos, los prisioneros y afligidos. La misión del consagrado, según el Profeta, es similar a la que entraña la proclamación de un jubileo: “proclamar un año de gracia del Señor”.

También el sacerdote del Señor, participa de las más diversas posibilidades de opciones de vida, que le supondrán sufrimientos y alegrías, desilusiones y esperanzas. Y al respecto, el Papa nos decía hace pocos años, con ocasión de la Misa Crismal: “el sacerdote, en cada situación, tiene la misión de mostrar a Dios al hombre, como lo que es, el fin último y definitivo de su existencia. El sacerdote se convierte así en aquel en el que los seres humanos confían los más valioso de ellos y también sus secretos, tantas veces dolorosos. Se convierte también en la esperanza de los enfermos, de los ancianos y de los moribundos, sabedores de que sólo el sacerdote, como partícipe del sacerdocio de Cristo, puede ayudarles en el último tramo del camino que les conducirá a Dios”.

En consecuencia, queridos Victor y Juan María, la santidad sacerdotal, que se expresará sobre todos en el don de la propia vida, es fuente de consuelo y de gracia para muchos de los que entran y entrarán en contacto con su ministerio.

Y es precisamente esa gracia de Dios, del Espíritu, la que invocamos ahora, para que descienda sobre Vds. y pueda redundar en beneficio de muchos, en beneficio de multitud de pobres e indigentes, en beneficio también de tantos y tantos jóvenes que gracias a Vds. o a lo que el Señor hace hoy en Vds, podrán orientar su existencia por los caminos de la salvación que el Señor nos ha revelado colaborando con su testimonio en la construcción de un mundo mejor que el actual, y colaborando en la construcción de una Iglesia más fiel a la voluntad del Señor-Jesús.

Cuando a continuación de su aceptación solemne y pública de sus compromisos, recitemos por Vds. las letanías de los Santos, tendremos en el corazón aquella invocación que expresó Juan Pablo II para los sacerdotes: “Ven Espíritu creador; Ven a suscitar nuevas generaciones de jóvenes dispuestos a trabajar en la viña del Señor, para difundir el Reino de Dios hasta los confines de la tierra”.

Y repitiendo las palabras de la Virgen María, “hagan lo que él les diga”, volvemos nuestros ojos hacia ella y le decimos con toda confianza: “¡Ayúdales Virgen María, a cumplir hasta el final la voluntad de Jesús, nacido de tí para la salvación de toda la humanidad!. ¡Y tú Señor, se siempre su esperanza!”.

¡Que Dios les bendiga siempre y en todo, Victor y Juan María!. ¡Que bendiga su sacerdocio!. ¡Que bendiga a toda nuestra Iglesia Diocesana!. ¡Que bendiga a sus familiares y amigos, a nuestro Seminario y a nuestra Pastoral Vocacional, a nuestro presbiterio y a cuantos Vds. atenderán a lo largo de su vida, en cuanto presbíteros del Señor y de su Iglesia!.

¡Que así sea!.

+ Ramón Echarren Ystúriz
Obispo de Canarias




Corpus Christi 2005: Homilía de Mons.Echarren | Ntra.Sra.del Pino 2005: Homilía

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