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VIERNES SANTO 2004: HOMILÍA DE NUESTRO OBISPO
 

VIERNES SANTO
(9 de Abril de 2004)

HOMILÍA




- Isaías 52, 13-53, 12
- Salmo: 30
- Hbr. 4, 14-16; 5, 7-9
- Jn. 18, 1-19, 42

Queridos hermanos sacerdotes. Queridas religiosas y queridos religiosos. Hermanas y hermanos todos:

Desde ayer, desde la celebración de la Eucaristía de la Cena del Señor del Jueves Santo, en la que ya se nos anunciaba la muerte y resurrección del Señor, hemos velado en nuestro corazón con él, en el Huerto de Getsemaní, participando espiritualmente en los dolores de su agonía, para ya en este día, en este Viernes Santo, acompañarlo en el camino del Calvario, hacia su muerte en la cruz.

Ahora, en este momento, la Iglesia nos invita a contemplar ese misterio insondable de la cruz.

Y podemos contemplarlo de dos maneras:

Desde un punto de vista humano, la cruz condensa todo dolor, todo horror, toda injusticia, todo derramamiento injusto de sangre humana. Es un torbellino de maldad, que expresa y sintetiza todos los males del mundo y de la historia.

Desde el punto de vista de Dios, por el contrario, es un misterio de amor, de compasión, de redención y perdón. Jesús, exaltado en la cruz, es la Palabra de Dios pronunciada en el silencio de la eternidad. Y en su silencio y en su soledad del sacrificio, Jesús afirma la absoluta transcendencia de Dios sobre todos los bienes creados, vence en su carne todos nuestros pecados, y atrae hacia sí a cada hombre y mujer, ofreciendo a cada uno la vida nueva de la resurrección (Juan Pablo II).



Desde el punto de vista humano, contemplando los dolores y sufrimientos, las injusticias y humillaciones sufridas por Jesús, también puede nacer en nosotros una auténtica contemplación. En el Señor crucificado, se concentran todas las muertes y gemidos, los de los hombres de los siglos pasados y también los del futuro, causados por el envilecimiento, fruto del pecado, de toda alegría, causantes de toda aflicción y de todo dolor, de los humildes, de los abandonados y perseguidos, de los despreciados. En Jesús crucificado se concentran la desgracias que han existido, que existen, y que existirán en la tierra, hasta la hora del fin del mundo.

Y a los pies de la cruz, permanece María, la Madre de Jesús.

Los dos modos de contemplar la cruz, la divina y la humana, se unifican misteriosamente en la Virgen María, la Madre de los dolores. Ella está como en el centro de las dos contemplaciones. Ella siente como nadie los dolores de su Hijo, toda la injusticia y el horror de la cruz. Y al mismo tiempo, recibe de su Hijo, toda la fuerza espiritual y redentora que dimana del aquel acontecimiento único e irrepetible de la historia.

Y desde su dolor, desde su sufrimiento, Jesús contempla a su Madre y la declara madre de Juan, del discípulo al que tanto quería, haciéndola así nuestra madre, la madre de toda la humanidad, la Madre de la Iglesia. Y a Juan, y con él a todos nosotros, a la humanidad entera, nos dicen que en María tenemos a nuestra madre, que ya jamás seremos huérfanos, que nunca ya nos faltará un amor de Madre.

Desde el inicio del mundo, la historia del hombre es una historia de pecado. Se abre con el asesinato de Abel, y toda ella está marcada por un continuo sucederse de males y desgracias, personales, sociales o causadas por la naturaleza. Y cuando llega la plenitud de los tiempos y de la historia, todos los males se concentran en la pasión de Jesús. Jesús vive la angustia de la humanidad, la soledad del ser humano, nuestros sufrimientos; se estremece sintiendo sobre sí las violencias ya las crueldades, los cautiverios y atropellos, los engaños y las maledicencias, que siguen ocurriendo a lo largo de la historia. Todavía hoy, Jesús sigue siendo escarnecido, burlado, ultrajado, perseguido, flagelado... ¡y sigue callando por amor!.

¿Qué hubiéramos pensado si ante la insistencia de algunos que le invitaban a bajar de la cruz, para demostrar que era el Cristo, Jesús les hubiera hecho caso?. Hubiera sido la confirmación de una imagen de Dios hecha a la medida del hombre, y por tanto, totalmente falsa. Y sin embargo, todavía hoy, incluso no pocos cristianos, desearían un Dios que hiciera continuos milagros, que corrigiera todo el desorden que hay en el mundo con un gesto mágico, que nos ofreciera recetas para la solución de cada problema, que hiciera desaparecer las fuerzas del mal que actuar en el mundo.

Pero no son esos los caminos de Dios. El Señor ha querido probarnos su amor muriendo en la cruz, una muerte que se convierte en la suprema revelación del maravilloso e infinito amor de Dios. La muerte en la cruz es realmente la victoria del amor, una victoria de la vida sobre la muerte, sobre toda muerte.

La solidaridad de Jesús con nosotros, no ha tenido límites: se ha puesto en nuestro lugar, en el de cada uno de nosotros, rescatando así en la cruz, lo que merecían nuestros males y pecados. Ha querido extraer del mal, el máximo bien, mostrándonos el verdadero rostro del Padre.

Adorando la cruz, pidamos al Señor, por la intercesión de la Virgen María, que nos permita descansar en la contemplación silenciosa del Señor clavado en la cruz; que nos haga comprender quién es Jesús y lo que somos nosotros; que nos permita intuir el valor infinito y el sentido de las pruebas por las que Jesús ha pasado para que comprendamos, también, el pequeño valor de las nuestras; pidiéndole que nos ayude a conocer quién es el Padre, y quién es el Hijo que nos revela al Padre, particularmente en la cruz; pidámosle, también, que nos unamos a la Virgen María, a las santas mujeres y al Apóstol San Juan, y contemplemos con ellos, para nuestra salvación, el misterio insondable de la cruz.

¡Que el Señor nos permita morir de amor, por amor a él y al prójimo, ya que él también ha muerto de amor, por amor a todos nosotros!.




Jueves Santo: Homilía de la Cena del Señor | Viernes Santo: Colecta para los Santos Lugares

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