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VIERNES SANTO 2005: HOMILÍA DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
 

VIERNES SANTO.
CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
(25 de Marzo de 2005)


HOMILÍA


- Isaías 52, 13-53, 19
- Salmo: 30
- Hbr. 4, 14-16; 5, 7-9
- Jn. Pasión del Señor

Queridos hermanos sacerdotes. Queridos Religiosos. Queridas hermanas y queridos hermanos:

Hoy, todo es silencio. Jesús muere en la cruz. Ha pasado la vida haciendo el bien. Ha hecho la voluntad del Padre. Ha proclamado la Buena Noticia. Ha lavado los pies a los discípulos. ¡Todo lo ha hecho bien!.

Y sin embargo, Judas, uno de los suyos, lo entrega. Otro de los suyos, lo niega tres veces. Sólo su Madre, María la de Cleofás, María Magdalena y Juan, está junto a la cruz. Los demás lo han abandonado.

Es la soledad del inocente que muere en la cruz, como un malhechor más, cargado con nuestros pecados, con su rostro desfigurado, pidiendo perdón para los que le crucifican, prometiendo el Cielo al ladrón arrepentido.

Y desde la cruz, un regalo a su Madre, a través de Juan, como nuestra Madre. Se siente abandonado, incluso de su Padre Bueno del Cielo, pero inmediatamente, pone en sus manso su espíritu, es un infinito acto de fe y de amor.

El misterio de la cruz es tan inmenso que jamás lo agotaremos. Es tan profundo que de él nunca podremos cansarnos. Es tan doloroso, que nunca podremos dejar de llorar. Es tan humano, que siempre lo comprenderemos. Pero es tan misterioso, que nunca acabaremos de entenderlo hasta que lleguemos al Cielo. Es tan divino, que nunca seremos capaces de abarcarlo.

Hubo misterio de la cruz en Jerusalén. Y sigue habiendo multitud de misterios de mil cruces, en cualquier tiempo, en cualquier lugar del mundo, allí donde el Señor sigue siendo crucificado, en cada muerte injusta, en cada dolor evitable, en cada sufrimiento humano sin sentido. Hay misterios de la cruz en todas las ciudades del mundo. Y en todas ellas, encontramos al Señor crucificado de nuevo.

Toda cruz, por sí misma, es insufrible. Pero si en la cruz está el Señor, todo cambia. Porque la clave de la crucifixión del Señor-Jesús, es un amor infinito. Una cruz sin amor, podrá reflejar el dolor de Jesús, pero por sí misma no es cristiana. Igual que un amor sin cruz, no es un amor verdadero. De ahí que nuestra misión, como discípulos de Jesús, sea poner amor en cada cruz, en toda cruz.

Hoy, en este Viernes Santo, todo es silencio. Todo debe ser silencio cargado de oración y de amor.

Hoy, en este Viernes Santo, en nuestro silencio, pidamos al Señor que sepamos acompañarle, como Juan y María, como aquellas santas mujeres, sufriendo pero amando, pero que no dejemos de mirarlo clavado en la cruz, que recordemos sus palabras, que besemos su cruz y sus heridas y llagas, que le demos gracias porque nos ha redimido, que le pidamos que le llevemos siempre en el corazón.

Vivamos este Viernes Santo en vela junto al Cuerpo de Jesús, con tristeza pero con esperanza, vislumbrando ya la inmensa luz de su resurrección.

En la cruz todo ha acabado. Pero todo empieza de nuevo.

Pidamos al Señor, por la intercesión de la Virgen María, que también para nosotros, todo lo que es pecado haya llegado a su término, y que todo lo que es gracia y amor, fluya en nosotros para siempre. ¡Que así sea!.


+ Ramón Echarren Ystúriz




Jueves Santo 2005: Homilía de la Cena del Señor | Vigilia Pascual 2005: Homilía

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