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VIGILIA PASCUAL 2005: HOMILÍA
 

VIGILIA PASCUAL
(26 de Marzo de 2005)


HOMILÍA


- Rm. 6, 3-11
- Salmo: 117
- Mt. 28, 1-10


Queridos hermanos sacerdotes. Queridas Religiosas. Queridas hermanas y hermanos todos:

Si ayer, Viernes Santo, todo era silencio, hoy todo es alegría y luz. ¡El Señor ha resucitado!. ¡La muerte ha sido vencida, el pecado derrotado!.

La Resurrección del Señor es un acontecimiento de tales dimensiones y resonancias que la palabra humana no es suficiente para expresarlo. Un acontecimiento que acogemos en esta Vigilia Pascual, la más solemne de las Vigilias, la madre de todas las celebraciones cristianas, a través de símbolos, gestos, oraciones, de lecturas de la Palabra de Dios, que recibimos con el corazón, con nuestro cuerpo y nuestra mente, con nuestro espíritu, dejándonos sumergir en la vida de la Iglesia y vibrando con ella para la gloria de Dios.

Hemos comenzado la Vigilia con la bendición del fuego, símbolo de Cristo luz del mundo, y con el fuego bendecido hemos encendido el Cirio Pascual: hemos escuchado el precioso Pregón que nos ha recordado algunos de los símbolos del Misterio Pascual de Cristo; hemos escuchado las lecturas bíblicas con las que hemos recorrido el camino liberador trazado por Dios para Israel y para la Iglesia, el itinerario de la esperanza hacia la plenitud eterna.

Y entusiasmados por la alegría, hemos escuchado el anuncio de que Cristo, el Señor, ha resucitado. Para ello, para escuchar este anuncio, hemos venido a esta Vigilia. Porque sin esa certeza, toda predicación quedaría vacía, todo nuestro creer quedaría sin fundamento, vana sería nuestra fe.

El acontecimiento de la Resurrección no contempla sólo al Señor-Jesús, sino que irrumpe en la historia, crea y re-crea la vida, y por tanto nos atañe a cada uno de nosotros. Es la misma irrupción creadora de Dios, que nos ha descrito el Libro del Génesis, que vuelve a ocurrir todavía ahora, que continúa ocurriendo ahora: Dios restituye la vida a Cristo muerto en la cruz y sepultado en el sepulcro, y con él restituye la vida, una vida nueva, al mundo y a la creación, a la humanidad. Por ello la Iglesia de Jesús canta alegre los “aleluyas”.

En esta noche santa, proclamamos esa vida nueva y lo hacemos en el contexto de la entera historia humana, de la totalidad de la aventura humana, en ese contexto que contiene guerras y paces, amores y odios, luces y sombras, en ese contexto del cual toda la liturgia cristiana se hace eco.

Resucitando, Jesús nos ha inmerso en el Reino del Padre, ese Reino que también madura en cada uno de nosotros, aunque lo intuyamos solamente en pequeños acontecimientos de nuestra vida cristiana y humana: todo, en el mundo y en la historia, es atraído por el Resucitado, todo es atraído por el Crucificado elevado sobre la tierra y vivificado por el Padre Bueno del Cielo.

Y todo ello es posible, lo podemos vivir en esta Noche Santa, gracias a nuestra fe y gracias a nuestro Bautismo. Gracias a que creemos, gracias al Bautismo que recibimos un día, Cristo el Señor sigue viniendo a nosotros, camina con nosotros, nos pide que entremos con él en la historia de la humanidad para transfigurarla, renunciando a todo egoísmo, abriéndonos a la acogida de todos, al amor, al perdón, a la paciencia, a la humildad, a la longanimidad, a la benevolencia y a muchas otras realidades que podemos resumir en una sola palabra: abriéndonos a la santidad. Nos llama a la santidad siempre, y acaso de un modo especial en esta Vigilia con ocasión de la renovación de las Promesas del Bautismo, una renovación que deberemos hacer con la certeza propia de la fe de que Jesús es el Señor de nuestra vida y de nuestra muerte. Porque Jesús quiere despertar nuestra fe, tantas veces adormecida, y quiere reavivar nuestro pobre corazón; quiere que dejemos desarrollarse en nosotros el germen de santidad que fue sembrado en nuestro Bautismo, una santidad que supone vivir en plenitud amando auténticamente, sufriendo por los demás, trabajando seriamente por construir una sociedad llena de paz, de concordia y de armonía, rezando sin descanso, amando y defendiendo a su Iglesia, a nuestra Iglesia. Es una santidad que nos regala Dios y que es posible para todos los bautizados, para los fuertes y para los débiles, para los alegres y para los tristes, para los buenos y para los pecadores. Es la santidad que brota en la Resurrección y que se opone al mal, a la tristeza egoísta, a la frustración, a la carencia de esperanza, al odio y a la venganza... ¡y a toda forma de mal y de pecado!.
Si creemos de verdad que el crucificado ha resucitado, se liberará en nosotros la fuerza de la Resurrección y seremos capaces de irradiarla, como una luz, en la noche de tantas hermanas y de tantos hermanos, a los que les falta la claridad de la fe, de la esperanza y del amor.

En esta noche santa, damos gracias a Dios, unidos a la Virgen María, porque Jesús, resucitando, nos ha abierto el camino de la inmortalidad, inaugurando para nosotros el camino de la verdad y del amor, de la santidad y de la fidelidad a Dios, de la esperanza y de la misericordia.

¡Muy felices Pascuas de Resurrección para todos Vds., para sus familiares y amigos!. Hoy, unidos a María, a todos los santos, preparándonos para la comunión, podemos decir de corazón: ¡Jesús bendito, ayer morí contigo en la cruz; hoy resucito contigo; contigo he abandonado el sepulcro; hoy resucito contigo!. ¡Bendito seas por siempre, Señor!. ¡Amén, Aleluya!.

+ Ramón Echarren Ystúriz




Viernes Santo 2005: Homilía de la Pasión del Señor | Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor 05

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