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Homilía ordenación sacerdotal 6-11-2004

ORDENACIÓN SACERDOTAL

D. Pablo Prieto Cabrera
6 de Noviembre de 2004


HOMILÍA

- Hch. 26, 12-18
- Salmo: 15
- 2ª Pdr. 1, 16-18
- Mc. 9, 2-8

Queridos hermanos sacerdotes. Querido Pablo, que vas a ser ordenado presbítero en esta Eucaristía que estamos celebrando. Queridas religiosas. Hermanas y hermanos todos:

Me abrevo a pedir al Señor, Pablo, que de este día tan importante, para tí y para la Iglesia, de esta celebración eucarística, en la que vas a ser ordenado presbítero, queden resonando en tu corazón esas palabras que hemos escuchado en el Evangelio, referidas a Pedro, a Juan y a Santiago, que acababan de contemplar la transfiguración del Señor-Jesús: “De pronto, cuando miraron a su alrededor, vieron sólo a Jesús con ellos”.

Acababan efectivamente de contemplar el fulgor de la divinidad del Señor. Habían sido testigos de la conversación de Jesús con Elías y Moisés. Habían escuchado la voz del cielo: “este es mi Hijo amado: ¡escúchenle!”. Se habían sentido felices y, al mismo tiempo, asustados, hasta el punto que Pedro no sabía ni lo que decía. “Y de pronto, cuando miraron a su alrededor, vieron sólo a Jesús con ellos”.

Tú también, Pablo, vas a vivir en esta celebración una larga serie de gestos y de signos, vas a escuchar muchas palabras, por supuesto todo lleno de sentido evangélico y eclesial, vas también a sentirte acompañado de sacerdotes, familiares, amigos, religiosos y seglares, realmente creyentes. Y todo ello reflejará, en tí y en todos nosotros, la luz de una maravillosa intervención de Dios, en tu historia cristiana personal y en nuestra historia cristiana, tanto personal, como eclesial y comunitaria.

Pero quisiera repetirte, Pablo, que, me atrevería a pedirle al Padre Bueno del Cielo, que al final, sintieras en tu corazón el mismo sentimiento de los tres apóstoles testigos de la Transfiguración: que mirando a tu alrededor, Pablo, vieras sólo a Jesús contigo, recordando esa llamada y esa revelación de lo alto: “este es mi Hijo amado; ¡escúchalo!”. Es decir, que no vieras más que a Jesús, que vieras sólo a Jesús contigo. Se trataría, sin duda, de una constatación, de un anuncio y de un programa para tu sacerdocio, y al mismo tiempo y desde tu ministerio, para toda nuestra Iglesia.

Pero ello no obsta para que hoy, en esta Eucaristía, demos gracias de corazón al Señor por tu elección para el presbiterado. Y que te demos las gracias a tí, por tu libre y madura decisión de seguir a Jesús como presbítero. Y que demos las gracias, en nombre tuyo, en el del Señor y en el de la Iglesia, a cuantos te han ayudado en tu caminar hacia ésta ordenación: a tus familiares y amigos, a Manuel y no pocos sacerdotes y religiosas, a tus formadores del Seminario y compañeros, a tus profesores del Centro Teológico y a los que estudiaron contigo, y a tantos y tantos cristianos que han compartido su fe contigo, en Haría y en Canarias, y en los más diferentes lugares de la Iglesia y de la sociedad, sin olvidar a los que el Señor ha llevado ya consigo, y estarán, sin duda, intercediendo por tí, junto a Dios, junto a la Virgen María y junto a una multitud incontable de santos, en el Cielo felices por toda la eternidad.

En el texto de los Hechos de los Apóstoles, hemos escuchado como San Pablo, contándonos su conversión y llamada de parte del Señor, nos dice: “de repente brilló a mi alrededor una luz cegadora venida del Cielo”. Y también desde el Cielo, le llega una voz que anuncia y describe su futura misión: “te envío a los paganos para que les abras los ojos y pasen de las tinieblas a la luz”.

Efectivamente, Pablo vio a Jesús en una intensa luz que le dejó ciego durante días, y precisamente desde una tal luz, recibe la misión de abrir los ojos de muchos, para que salgan de las tinieblas, y puedan ver en su vida y en la historia, la luz de la acción salvadora de Dios.

La lectura de los Hechos, nos habla por tanto de un ver a Jesús desde el que procede la misión de hacer ver a Jesús a los demás.

La Carta de Pedro y el Evangelio, recogen un mismo acontecimiento: la transfiguración del Señor. Pedro confiesa haber sido testigo ocular de la grandeza de Jesús, de haber contemplado parte de su gloria. Marcos nos narra como los vestidos del Señor se volvieron resplandecientes, plenos de blancura. Y ambos nos recuerdan que a la luz le acompañó una voz que expresó el Mensaje central del Nuevo Testamento sobre el Señor-Jesús: “¡éste es mi Hijo amado: ¡escúchenlo!”, o, en palabras de Marcos, “¡éste es mi Hijo elegido o predilecto, escúchenlo!”.

De este modo, las tres lecturas que hemos escuchado, sitúan en el centro de la experiencia, cristiana el conocimiento de Jesús, el misterio de su rostro lleno de luz en cuanto Hijo de Dios y la intuición de la profundidad insondable de su Persona, plenamente humana, pero también plenamente divina.

Desde esa experiencia, de una o de otra manera propia de todo discípulo de Jesús que se ha encontrado personalmente con el Señor y ha creído, ha de nacer también tu ministerio presbiteral, Pablo, hasta el punto de que podrán desaparecer esas mil circunstancias que han acompañado tu vida hasta hoy, y esas otras que te irán acompañando en multitud de momentos de tu existencia ministerial. Pero al final de cada instante, de cada día, en cada etapa de tu ministerio, incluso al final de tu vida, lo fundamental será que veas que sólo Jesús está contigo.

Es importante, Pablo, que aprendas a contemplar el rostro lleno de luz del Señor, que profundices cada día en el conocimiento de su Persona, que no dejes nunca de escuchar su palabra. Que contemples al Señor manso y humilde, servidor de todos los seres humanos, para que así puedas reproducir en tí y en los fieles a los que servirás, en todos nosotros, el rostro de la Iglesia de los Apóstoles que tan de cerca reflejaba el rostro de Jesús. Con el presbiterado recibes, Pablo, una especial configuración de tu persona con la Persona del Señor, una especie de particular identificación con Jesús que camina hacia Jerusalén para entregar su vida por todos nosotros.

Acaso sea ésto lo que hoy la gente busca con ilusión en la Iglesia: que le muestre el rostro del Señor-Jesús. Nadie se resiste a la fascinación que produce el auténtico rostro de Jesús, su sinceridad, su lealtad, su disponibilidad, su cercanía y su comprensión, su amor a la paz. Me atrevería a pedirte, Pablo, que tus anhelos y motivaciones, de hoy en adelante, se centraran casi exclusivamente en los muchos que te esperan en cuanto sacerdote: y que ellos, también, sólo vean a Jesús, vean en tí el rostro del Señor que sigue recorriendo los caminos de la tierra entera saliendo al encuentro de cada ser humano, de cada pobre e indigente de un modo especial, para tu salvación.

Sería la primera gracia que hoy, llenos de amor y confianza, todos pediríamos al Espíritu Santo para tí: que cuantos entren en contacto con tu ministerio, que cuantos asistan a tus celebraciones, que cuantos te vean rezar, absolver, bautizar, consolar, acompañar y acoger, atender a los más pobres... puedan decir que hay en tu rostro un reflejo del rostro del Señor, que hay en tí mucho de su verdad y de su vida, de su audacia y de su humildad. Que viéndote a tí sea como si le vieran a él.

Esas palabras, “no vieron más que a Jesús”, suponen muchas cosas: suponen un frecuentar, cargado de atención y de oración, los Evangelios, de forma que también tú llegues a ser capaz de ver el rostro del Señor en cada persona que encuentres, sean cuales fueren sus circunstancias, alegres o tristes, que esté viviendo. Se consciente, Pablo, que los que te esperan te pedirán mil cosas. Probablemente ya lo sabes por experiencia. Pero que ello no te lleve a la tentación de abandonar la oración silenciosa y gratuita, con la excusa de hacer más cosas, por buenas que sean. Esas “más cosas” que te pidan pueden contener una apariencia engañosa. Esas “más cosas que hacer”, deben nacer del corazón, de los diálogos con Jesús, de tu amor gratuito a Dios y a todos los seres humanos, de la luz que tus ojos han contemplado en el rostro del Señor.

Con tu ministerio, Pablo, vas a contribuir a que nuestra Iglesia Diocesana recorra el camino de encontrarse con Jesús que hace nuevas todas las cosas. En cada Eucaristía que celebres, vivida lleno de amor, Jesús imprimirá su rostro en el tuyo y te hará partícipe de los pensamientos de su corazón, y así nos ayudarás a todos para que seamos capaces de seguir compadeciéndonos de esa multitud que junto a nosotros andan como ovejas sin pastor. La gente necesita salir del anonimato y del miedo, necesita ser conocida y llamada por su nombre, necesita caminar con seguridad por los senderos de la vida. Y el Señor que hace nuevas todas las cosas, estará en tí si le has confiado a él la novedad de tu vida, ya que él, como nadie, la regenerará cada día en la celebración de la Eucaristía.

No dejes de intentar siempre conseguir que las palabras que los tres apóstoles escucharon en el monte, “¡éste es mi Hijo único, escúchelo!”, continúen resonando en tu vida, en tu predicación, en tus pensamientos y trabajos, para que todos puedan ver a aquel Jesús que es el único cumplimiento pleno de todo buen deseo.

María, que fue la primera en ver a Jesús con sus ojos maternos cargados de fe y de amor, por obra y gracia del Espíritu Santo, abra tus ojos y los nuestros, abra los ojos de nuestros corazones, para que veamos en los signos y símbolos que estamos viviendo en esta celebración, la presencia llena del poder divino de su Hijo, que actúa por el Espíritu nuestra santificación, y que realiza hoy de un modo especial, Pablo, tu santificación sacerdotal para gloria del Padre.

¡Que Dios te bendiga, Pablo!. ¡Que bendiga por la intercesión de la Virgen María a nuestra Iglesia Diocesana y a cuantos la componemos!. ¡ Que bendiga nuestro Presbiterio, nuestro seminario y multiplique nuestras vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada!. ¡Que bendiga a nuestras familias y matrimonios, nuestras Parroquias y Movimientos!. ¡Que nos bendiga a todos!. ¡Que así sea!.


Ramón Echarren Ystúriz
Obispo de Canarias.

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